Postal 99. De cara a las tormentas

por Erika Arroyo
@WooWooRancher

Un velo suave y algodonado ha avanzado en cuestión de minutos eclipsando los últimos rayos de luz de la tarde, los colores de los mosaicos venecianos en los edificios se van apagando como velas sobre la mesa ante una ráfaga de viento. La escala de grises se va expandiendo, las grietas en las banquetas destacan entre coladeras y jardineras, las ratas huyen en fila india rumbo a las madrigueras que han creado entre muros y ruinas. Los autos encienden sus luces y las partículas que confirman la brisa caen histriónicamente, bañando a los perros que se olfatean los rabos y los humanos que se olfatean las axilas a discreción.

Bienvenidos sean todos ustedes a Postales.

Las risas perfectamente delineadas se degradan a plastas, los flecos revolotean como aves encadenadas a las cabezas y los ojos se cierran en negación. No obstante, la tormenta cae y los paraguas se abren rindiéndole un tributo impermeable, moteado, cuadriculado, giratorio. La gente retiene las palabras entre los dientes, temerosa de que se ahoguen en los charcos o en el llanto de quien espera el transporte público en algún paraje solitario. Parejas se refugian en abrazos y besos largos que parecen hebras de carne y queso rehusándose a morir de un solo bocado.

Las ropas blancas, relucientes son bañadas en lodo, esa mágica mezcla entre agua y tierra que le pone carácter a los tenis recién lavados y los trajes de lino y seda. Admitámoslo, algunos de nuestros pasadizos higiénicos son realmente repugnantes, bienvenida seas, mugre con olor fresco, con olor a vida.

Detrás de los vidrios empañados, los niños aburridos dibujan arcoíris, caras felices y señas obscenas con sus dedos en medio de embotellamientos viales y advertencias de sus padres que rebotan en el retrovisor.

Minifaldas, sandalias y camisetas sin mangas se cubren debajo de los puestos y paradas de autobuses. Los reportes meteorológicos han fallado una vez más.

-Señora, ¿usted que piensa del huracán Lilí?
-Que tiene lindo nombre, ¿qué cree usted que piense él de mí?

No hay necesidad de abrir un boquete en la ventana para intuir a qué huela la ciudad mojada. Huele a niños que no alcanzaron a bañarse esta mañana, a señores molestos porque hace tres segundos que no avanza el metro, a eucalipto mojado, a grandes cantidades de talco atrapadas en calcetas escolares, a sueños envueltos en pañuelos que antes ya habían sido usados para limpiar narices sucias. Se puede oler el café en los deseos de algunos y el olor a suavizante de telas en los suéteres de otros, se pueden oler todas esas imágenes.

Borrosas y fugaces son las presencias bajo la lluvia, a uno le gustaría dejar presionado permanentemente el disparador para capturarlas todas con detalle en una carrera interminable por no olvidarlas, espero que estas imágenes que seleccioné de esta tarde lluviosa les hayan resultado evocadoras, incluyendo los olores. Bienaventurados sean los que sonríen a cántaros de cara a las tormentas.

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