Quien esté libre de ansiedad, que lance la primera piedra. ¿Decir ansiedad es decir capitalismo?

por Daniela Orlando
@danieltitlan
AQUÍ PUEDES LEER Hello anxiety my old friend. ¿Qué es la ansiedad y de dónde viene? Ansiedad 1.1

Ansiedad 1.2

Anna: You look so unhappy.
Oliver: Well are you happy? Here?
Anna: Maybe I’m not perfect at it. I don’t really know what I’m doing, but I want to be here.

Beginners

There’s a little place, a place called space

La vida sucede en el espacio-tiempo (quedémonos en la parte concreta de esta afirmación antes de preguntar por el Universo o si Dark tiene sentido), y nuestra perspectiva está asociada a la cantidad de años promedio que una persona puede permanecer viva y consciente. Como mencioné anteriormente, la capacidad de adaptación y cambio del cuerpo se modifican constantemente, por lo que nuestras nociones de tiempo y espacio también van cambiando.

En la danza existe el concepto kinesfera para hablar del espacio mínimo vital. Hace referencia al espacio donde es posible movernos en libertad y en todas las posibilidades, como si pudiéramos estar dentro de una esfera que nos cubre 360º. Es un concepto que se creó para la teoría del movimiento, pero que se refuerza en el aspecto sensitivo gracias a la propiocepción, haciendo notar que las fronteras del cuerpo no están en la piel sino en un espectro sensible mucho más amplio; por lo que el espacio vital se puede transgredir desde fuera mucho antes de llegar al tacto.

Quienes vivimos en la ciudad y presenciamos diariamente la sobrepoblación, sabemos que esos límites cambian y se adaptan a las necesidades de cada espacio, por lo que en el metro concedemos ese espacio vital de otra forma a como lo haríamos en una oficina o en un jardín. Sin embargo, si pensamos en nuestra vida diaria, notaremos que la posibilidad de contar con ese espacio es casi inexistente. La vida moderna y citadina nos ha obligado a constreñir nuestros espacios vitales, como nuestra percepción espacial supera nuestra piel, hay un reflejo permanente del cuerpo para mantenerse concentrado (hacia el centro) y en alerta, razón por la cual existe una generalización social de cuerpos atrofiados y tensos. De tal forma que pasamos más tiempo defendiendo nuestro espacio vital que habitandolo.

El tiempo en el cuerpo es uno de los grandes misterios no resueltos, aún existen muchas preguntas sobre cómo lo comprendemos y todavía hay quienes hablan del “reloj interno”. Por ahora podemos referirnos a la parte cultural y social del tiempo que nos hace comprenderlo a través de la humanidad, de la historia o de lo que realmente nos preocupa: la expectativa de vida promedio. Éste es quizá el punto central de la ansiedad de una generación que nos enfrenta a una realidad mundial económica que no nos beneficia. En general crecimos sobre la expectativa de futuro creada por nuestros padres que les permitió generar un patrimonio en sus primeros trabajos y darles una estabilidad social mucho más prometedora en comparación a la que casi todos hemos intentado acercarnos entre nuestros 20 – 30 años. Por otro lado, somos una generación que creció con la inmediatez de la comunicación que nos permite acceder de forma rápida a la información y conectar con una mayor cantidad de personas al mismo tiempo, pero que a la vez ha fragilizado nuestras relaciones, haciéndolas más efímeras, poco tolerantes y con mucha menor perspectiva de futuro.

La vida necesita estimulación pero la modernidad ha generado un estado de sobre estimulación del cuerpo, de la psique y de nuestras emociones diarias. Aunque nuestro cuerpo es adaptable y transformable, cada vez hemos ido generando prácticas que constriñen el espacio y el tiempo, si a eso le sumamos que el futuro social es incierto y que somos menos tolerantes: la ansiedad es nuestra cotidianeidad y la inestabilidad nos define.

Harder, better, faster, stronger

Hacer mucho, “hacer más”, es la lógica detrás de un sistema acumulativo que premia ser eficiente contra el tiempo. Más allá del capitalismo voraz, hemos aceptado creer que el tiempo está en nuestra contra, que la vida sólo tiene sentido en la acumulación de eventos, sucesos, títulos, experiencias, riquezas, años y dejar que éstas se transformen automáticamente en una bola de nieve que cada vez nos traerá más.

Esta educación del “hacer” tiene por principio generar las bases de la estabilidad: en lo práctico como comer, tener techo y vestimenta digna; en lo intelectual, que se refiere al desarrollo de nuestros aprendizajes y conocimientos específicos, se relaciona con el espectro social y que interactúa directamente en nuestras emociones para sentirnos aceptados, amados, protegidos, etcétera. Si la realidad socioeconómica mundial no nos permite acceder a una estabilidad básica constante, la lógica de “hacer más” ha permitido las conductas obsesivas y ansiosas como un reflejo de quien quiere superarse y mejorar su estado de vida: trabajar horas extras, dormir poco, fomentar los desórdenes alimenticios, negarse horas de ocio, placer y entretenimiento, así como el uso de sustancias que irritan el sistema nervioso: cafeína, nicotina, alcohol, azúcar o el uso constante de drogas son conductas aceptadas y fomentadas en nuestros espacios sociales.

Las dinámicas básicas diarias que involucran destinar menos tiempo a la recuperación de energía como comer y dormir, utilizar la cafeína y la nicotina como supresores del sueño, hacer una ingesta excesiva de azúcar a lo largo del día mientras permitimos el sedentarismo, es una dinámica que agota al cuerpo desde sus posibilidades digestivas: cuando no descansamos lo suficiente necesitamos consumir más calorías para equilibrar el gasto energético, usualmente consumimos más carbohidratos y azúcares porque brindan picos de energía, sin embargo su completa digestión es un proceso bastante complicado que nos genera cansancio, por lo que generamos un círculo vicioso de consumo de sustancias “energéticas” que sólo van acumulando agotamiento. Especialmente el azúcar, el alcohol, la cafeína y la nicotina son sustancias que entran rápidamente en el torrente sanguíneo por lo que nuestro páncreas e hígado inician procesos de metabolización y desintoxicación, si estamos constantemente consumiendo alguna de estas sustancias, o mezclándolas, nuestros procesos de recuperación se van acortando. El efecto inmediato es cansancio que podría mitigarse con el movimiento activo del cuerpo para que el aumento de nuestro ritmo cardiaco ayude a agilizar el proceso de desintoxicación de la sangre, pero nuestras dinámicas dejan de lado esa parte y terminamos por activarnos (si es que destinamos horas de ejercicio) muchas horas después de que esos procesos fuertes se llevaron a cabo y cuando nuestro agotamiento está en el límite.

Estas dinámicas crean a lo largo de la semana un agotamiento intelectual que aletarga la atención y creatividad, por lo que cedemos al ocio y al entretenimiento que normalmente involucra el acto social de consumir alcohol y alimentos que resultan más difíciles de procesar. Es decir que cuando finalmente tenemos un “periodo de recuperación”, volvemos a sobrestimular el cuerpo por razones sociales porque ese contacto nos brinda la estabilidad emocional que no encontramos diariamente.

Por un lado hemos adoptado conductas socialmente aceptadas que dañan y permiten la continua generación de estados de ansiedad, pero en estas mismas conductas encontramos redes de cercanía emocional y social de contención que permiten ligeras fugas colectivas de ansiedad acumulada.

Más allá de la locura que involucra ser conscientes de nuestras propias contradicciones, reluce el hueco educativo de la importancia y necesidad de dar tiempo y espacio a nuestras emociones, porque aunque los espacios de recreación colectiva nos permiten explorarlas, seguimos dándole preferencia y tiempo al desarrollo de nuestra individualidad pero a aquella que permanece compitiendo por un espacio. Nuestra habilidad para percibir y reinterpretar el tiempo a lo largo de los años nos puede ayudar a asimilar que más que una pelea contra el tiempo, estamos en procesos de adaptación a las posibilidades del tiempo.

Cuestionar la cotidianeidad, sobre todo cuando está tan aceptada y adoptada, es un proceso complicado, pero como muchos otros procesos que hemos ido modificando, está bien reconocer que mucha de la violencia que permanece en nuestra sociedad no está desligada a la falta de reconocimiento de nuestras necesidades, así como aceptar que hay una violencia explícita hacia nosotros mismos cuando nos negamos la posibilidad de autocuidarnos y brindarnos suficiente tiempo y espacio.

Generarnos estabilidad frente a un panorama de mucha incertidumbre nos obliga a tomar acción sobre lo inmediato. Por fortuna no hay nada más nuestro que nuestro cuerpo.

Dance yourself clean

La ansiedad nos corresponde a todos porque es un estado más de la violencia que hemos permitido se cometa contra nosotros mismos basado en un esquema que nos obliga a pensar bajo nuestros propios intereses antes que los colectivos. Sin duda es importante la realización propia y el conocimiento profundo de quién somos y buscamos, pero si entendemos que todos somos ese mismo ejercicio de búsqueda y transformación, podemos entender que estamos “siendo” al mismo tiempo y que nuestras necesidades no son únicas sino colectivas.

Si la ansiedad es la permanencia del estrés, de la angustia y del miedo, significa que colectivamente hemos permitido generarnos esos estados, pero no hemos puesto atención suficiente para construir espacios que nos permitan liberarlos. El autocuidado es la otra cara de “hacer más” porque involucra «dejar de hacer«; es permitirnos sentirnos cansados, adoloridos, desesperados para poder cambiar nuestra realidad. El dolor nos permite crear tiempo y espacio.

Hacer colectivo el dolor es mover y cambiar las estructuras. Esa misma educación que nos incita a competir, nos impide mostrarnos vulnerables, temerosos, frustrados y enojados porque es mostrarnos “débiles” contra un depredador; pero es una ficción creer que peleamos y competimos con quienes nos rodean, cuando en realidad somos un montón de iguales intentando conseguir oportunidades similares. Asumirnos desde la vulnerabilidad es tener claro que peleamos un ideal que nos fue impuesto pero que podemos vencer colectivamente. Si por lo pronto no podemos cambiar la realidad socioeconómica y con ello nuestra realidad práctica, podemos cambiar la forma en cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás, podemos construir estabilidad emocional.

Generar tiempo y espacio es permitir el movimiento, el cambio y la transformación. Es detener la acumulación y dejar lo que ya no es necesario; limpiar los espacios para darle lugar a otras posibilidades. La educación del sentir busca precisamente aprender a darle un lugar a la conciencia de nuestras emociones y la importancia del cuidado desde el cuerpo para aprender a crecer de manera colectiva; aprender a cuidarnos es cuidar a los demás. Reconocer nuestros estados nos permite imaginar posibles caminos de acción o bien, es el primer paso para pedir ayuda.

Si la salud es una tarea que inicia desde la comprensión de quién somos, la salud social son los distintos procesos de acompañamiento que fortalecen las redes y nos ayudan a construir seguridad, estabilidad y calma. Socializar el tiempo es liberar el espacio.

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