Quince. EL ESTADIO. El amor, los Pumas y Cerati

Diego Mejía

No es que sea fanático, pero esa semana escuché todos los discos de Soda Stereo. Sentí pena por el sueño artificial de Gustavo Cerati. Me di cuenta que siempre hacía lo mismo al llegar noviembre: dejar que la melancolía hiciera cuerpo en mí. Los acordes de Soda y la voz de Cerati resultaban una caricia sonora; un gesto grabado en los noventas para mi alivio en los primeros años del milenio. Ya no estabas y no había rastros de nuestras noches por ninguno de mis días. Cambié de barrio, oficina, costumbres, bares. Dejé, incluso, el martes de dominó en el Sanborns de Insurgentes. Obviamente, abandoné las redes sociales (ese lugar en el que jugamos a acompañar nuestras soledades), me fui a otra compañía telefónica, sin portar mi número de aquella época. No volví a la Cineteca y dejé de tomar café en la Gandhi. Quería, pues, cancelar toda posibilidad de contacto, toda casualidad de un encuentro. Todas, salvo una: el Estadio Olímpico Universitario.

Mis amigos, los pocos que conservé, se ríen cada que argumento mi infaltable comparecencia quincenal en la tribuna de CU. Es una mamada, cabrón, es el remate de todas sus opiniones. Yo no hago caso. Ese estadio es lo único que me queda de infancia, es el único recuerdo limpio de mi ruta de la existencia. No exagero, lo sabes.

Me dicen, mis pocos amigos, que no me haga pendejo, que ahí podré encontrarte. Les digo que a cada partido de Pumas entran 25 mil espectadores en promedio, sin contar al visitante, y que es casi improbable que te vea; si alguna deidad de la pelota quiere que te encuentre, sucederá.

Les digo a todos, incluidos mis pocos amigos, que no sé qué suceda cuando te vea. Desconozco si querré abrazarte o flotar entre los recuerdos y las malas memorias. Si, por alguna vez, no serás mis celos y mis miedos. La pregunta me sucede siempre en el túnel 29, el mismo en el que murieron diez personas la tarde el 26 de mayo de 1985 (en el preciso momento en el que nací). Me avergüenza pensar en la banalidad de nuestro amor en el mismo sitio de la tragedia; inevitablemente lo hago en cada partido.

Me di cuenta, en aquellos días, de mi imposibilidad de transformación interna. Si quería un cambio, debía habitar de otra manera la ciudad de México. Cambiar la dirección de los puntos cardinales del Valle, dejar que el entorno me revolviera las entrañas.

Mi ciudad es una transformación incesante, irregular y violenta. Desde aquel islote con su águila y su serpiente, luego sus templos dobles, sus canales, su orgullo; México- Tenochtitlan fue un hermoso acto de arrogancia: el hombre sobre la naturaleza, el hombre-raza elegida por deidades multiformes, serpientes emplumadas. Después, el sueño mexica terminó el día de San Hipólito de 1521. El extenso abanico de dioses desapareció y llegaron la Cruz y la culpa. La nueva Fe reclamó su lugar: los canales se fueron convirtiendo en cuadrículas pedestres; y los templos de ayer trocaron en catedrales y ermitas, cúpulas, entradas de puntas romas. La fina línea mesoamericana se garigoleó en ángeles y querubines, niños alados y flores de lis. La ciudad se fue bebiendo el lago de Texcoco, el espejo que reflejaba la majestuosidad del universo. Las imponentes pirámides fueron el cimiento de nuevos palacios: la belleza fue su hilo conductor.

Todo se ha impuesto, en esta ciudad, para seguir adelante. Caen edificios y crecen rascacielos. Se abren avenidas y desaparecen calzadas adornadas de flores y palmeras.

Si alguien podía enseñarme a superar tu olvido era el DF, México-Tenochtitlan. Una urbe que ya no da espacio a la contemplación. Sus muertos y sus melancolías sedimentan en sus calles y sus estaciones de metro. Las capas de lágrimas hacen surcos sobre sus mejillas de asfalto y banquetas rotas.

Eso mismo debía hacer conmigo: dejar que el paso de los días hiciera de ti una mancha en mi espalda, lunares de tus dedos marcados en mi piel: algo que nunca podré quitar pero que me permite vivir. Tenía que buscar que te hicieras sedimento.

Pero siempre estás latente en mis rutas, en mi estilo de habitar esta metrópoli y otros cuerpos, con nuevas dudas y distintas camas. Tu mano se replica en todas la manos de nuevas amantes y promesas absurdas “¿me quieres, Santiago”, “¿te gusto tanto?”, frases repetidas como mantras que sobrevuelan la madrugada.

Y no puedo concentrarme en nada. Así van tres años. Tres años en los que he habitado tu olvido.

Camino hacia el estadio por la Islas de Ciudad Universitaria, en los audífonos escucho a Cerati cantar “somos cómplices los dos, al menos sé que huyo porque amo”. La semana de noviembre se ha convertido en todo el año, ¿será porque soy el festejo de un muerto? La melancolía inunda todo mi calendario, la tristeza me arropa con su viento helado. Sólo el domingo en el estadio me incita a vivir toda la semana. No importa el miserable nivel de juego de los Pumas y la Primera División Nacional, el domingo, día de dios, día de fiesta en una ciudad llena de divinidad, es mi único suspiro de algarabía, de mayo, de humores de flores y frutas silvestres. El rugido de la tribuna hierve bajo el asesino rayo del sol del mediodía. La pétrea arquitectura del Estadio Olímpico, como si fuera testigo eterno de la especie, estalla con el aliento más primario y más genuino: el gol. En ese momento dejo todo y me convierto en uno de muchas cabezas y muchas voces, un yo abigarrado y monstruoso; un yo de muchos yoes, el singular que se convierte en uno sólo con el plural, todos los que componemos la tribuna. Ser uno con todos, como una prueba irrefutable del camino incesante de la energía en el universo. Soy partícula que contiene toda la belleza y la tragedia de la especie y la creación.

Es ahí el lugar en el tiempo y el espacio en el que araño algo de ti: sé que estarás en algún lado de la misma tribuna del palomar en la que veo el campo mientras bebo una cerveza tibia.

Inevitablemente el partido terminará antes de las dos de la tarde y se recuperarán las singularidades y las mentadas de madre en el estacionamiento de CU. Para la tarde del domingo regresan, también inevitablemente, la melancolía y su hermana la tristeza; y volveré a la arqueología de nuestros vestigios.

Me pongo de nuevo mis residuos y salgo a la calle con nada más que mi singularidad; escasa y lamentable. Hablo en voz alta, como entro rezo y canto, mientras le voy dando forma a la ciudad. Llego a casa. Escribo frases que buscan ser mensaje y toco el piano como si fueran una manera de obtener perdón. Recuerdo a Borges: el olvido es la única venganza y el único perdón.

Y sé que en la noche llegarán a mi puerta labios amorosos y necesitados, pidiendo noche y sobras de cariño. En mí no queda nada pero lo inventaré. Con talentos alquímicos convertiré mi desesperación en alegría y la noche se pasará entre risas y sudores. Luego, mi inquisidor llegará de nuevo y me someterá a mi castigo. Y sucederá la vida.

Les repetiré a mis amigos que no sé qué haré cuando te vea, no sé si te pediré perdón o te reprocharé tanta indiferencia; si te invitaré a tomar un café a la Gandhi o simplemente a deambular por nuestras calles, sí, las que fueron nuestras. Quizá putearé tu recuerdo y después llore tu ausencia.

Iré cada quince días a los juegos de Pumas, escucharé a Soda y Cerati seguirá dormido. La esperanza, por lo menos otra semana, permanecerá conectada a un respirador artificial.

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