Reseña: The Flaming Lips en #TagCDMX. Día 1

Por Emilio Revolver

Wayne Coyne aparece frente a un enorme destello del sol mientras canta: “Todos a quienes conoces algún día morirán”. Las voces de los presentes se dejan llevar por un coro multitudinario que explota en luces de colores en la parte más alta del Auditorio Nacional y que dudan unos instantes como confeti de desprenderse del aire; la banda se va y comienzan las despedidas.

Para los que han visto ya en alguna de sus visitas anteriores a The Flaming Lips, esta imagen quizá parezca todo menos extraña. Para los que no, habrá que al menos intentar contar que Santa Clos visita el escenario porque es navidad en Marte, acompañado de 2 sapos enormes; que el sol se abraza a Wayne Coyne un par de veces, mientras Steven Drodz, haciéndole honor a su apelativo de “genio” toca tres sintetizadores distintos, para pasarse luego a una guitarra preparada que intenta captar la frecuencia de la radio de algún planeta fuera de éste.

Wayne hace repetir al público golpes de karate para ejemplificar la fuerza con que Yoshimi se lanza contra los robots rosados y asegura que dependiendo de la fuerza con la que el público grite es que avanzará el resto del show. Por ello, el Auditorio súbitamente se infla de gritos de karate como una palomita de maiz lista en el microondas. Wayne regresa a una suerte de feto con el que recorre las manos de los espectadores, que lo van pasando al ritmo de la música; una oruga gigante brinca a lado de dos bateristas con pelucas verdes y hace a Drodz preguntar al micrófono cómo se dice mariposa en español, a lo que la audiencia responde con gritos que no logra entender. Dentro de todo ese desfile de extravagancias, se dan un tiempo para desempolvar el Cloud Taste Metallic, un perro perdido de los noventa que este año alcanza 20, para interpretar con mayor sicodelia Psychiatric Explorations of the Fetus With Needles y The Abandoned Hospital Ship, con la que da inicio el concierto.

Habría que intentar contar igualmente que todo lo que se ve y todo lo que suena es reenfocado y magnificado, es como ver insectos a través de un microscopio. Desde los acordes hasta cada uno de los diversos objetos que se utilizan para interactuar con el público, todo parte de cosas muy simples, armonías sencillas, materiales tales como focos atados a lazos, serpentinas brillantes, plásticos inflables (como uno gigante que dice “Fuck Yeah Mexico”), globos, lámparas con las que Coyne ilumina al público mientras todo está a oscuras; todo este enorme y alucinante show está compuesto en realidad de cosas ordinarias, lo que lo hace aún más poderoso. Cosas comunes, pero en tamaño monumental, o mejor dicho, hechas visibles: hay un bicho que aplastaríamos si viéramos en la calle pero que brincando sobre el escenario es mejor que un trago para encender la fiesta. Esta idea de “hacer visible lo común” parece recaer también en la más famosa, y posiblemente, la mejor canción de la banda, Do You Realize?, cuya letra es una enumeración de cosas ordinarias, pero que puestas en la canción, parecen totalmente extraordinarias: “Estamos flotando en el espacio/ y el sol nunca desaparece/ es sólo una ilusión de la Tierra en movimiento/ y todos algún día moriremos”.

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Ése es más o menos el espíritu que rodeó el cierre del primer día de #TagCDMX, un encuentro pensado para reflexionar en torno a la creatividad y la tecnología, dos polos que se atraen y que siempre llegan juntos, y que si los sumamos a la música, la cultura o el arte, como en The Flaming Lips, podemos encontrar incluso una forma de entender toda actividad humana, que podría resumirse en conceptos tales como “clávate hasta llegar a Marte” o “produce colores donde otros dejan sombras”.

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