Se quema el poder bailando. Camila Moreno en el Foro Indie Rocks

por Gabriela Astorga
@Gastorgap

Ilustraciones de Perra
@perrodibujado

Tras varios minutos de espera pensando que sería el primer concierto de mi vida que iba a experimentar sola, una chela, y el pequeño triunfo de haber encontrado el lugar adecuado entre la gente, una mano amiga me apretó el hombro con los primeros acordes que salieron del escenario. El público, entre emocionado y aún incrédulo, dejó los celulares y, como animalillos ante un potencial peligro, movió las cabezas hacia las luces moradas del centro. Del costado derecho del escenario salió Camila Moreno, vestida de negro, con un blusón de cuello escolar de encaje (con un aire de oveja descarriada) bailando, como si nada, como si nadie la viera. La seguimos con los ojos hasta el corazón del escenario, y, de pronto, recordamos que hay que aplaudir, gritar: cumplir con nuestro papel. Me pudro como un niño envejeciéndome, sale de la garganta de Camila. Es Libres y estúpidos, una de mis favoritas del disco, y pienso que con eso ya cumplió conmigo, y que a partir de ahí en esta noche ya todo es ganancia. Pero no sé de lo que estoy hablando.

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Alguien entra en la muerte, coreo sin recordar que las palabras pesan y, a veces dicen verdades. Me distraigo al intentar pensar cómo voy a escribir de eso que veo, y lo primero que pienso es que ya no quiero escribir, que no quiero compartirlo. Busco algo para contar, ¿en qué se fija alguien para hacer una crónica? Camila dice ‘buenas noches’, y casi murmuro una respuesta. Se disculpa por el retraso, como anfitriona ante las visitas: había que dormir al niño. En el escenario hay una madre (Malamadre/Buena madre, flota la tentación de un arranque de texto), hay un cuerpo femenino que no sólo se mueve sino que conjura. Camila  se expande, le impone el ritmo a la casa, las señas que intercambia con sus músicos parecen movimientos de un sólo cuerpo. Suelta dos más del baile y baja el ritmo. Alguien parado justo frente a ella imita los movimientos de las manos, es lo más cercano que estamos el resto de las personas de integrarnos al cuerpo que pulsa en el escenario. Cambia el ritmo: No me tomes a mal, estoy rota.

De manera discreta, como buena anfitriona, Camila se inquieta por el ajetreo tras bambalinas de los técnicos. Falsa alarma, un cable traicionero, y un cambio de instrumentos que rompe la tensión narrativa. Con un par de risas, la banda regresa al camino, algo golpeó la burbuja, pero no alcanzó a romperla. Hay un intento para que la gente siga con las palmas un ritmo, que fracasa más por impresión que por indiferencia. Atrás de mí, una voz no ha parado de cantar, pero los aplausos se reservan para el final de cada canción, cuando se combina con uno que otro grito. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero es claro que el concierto está más que encaminado entre jardines, cuerpos que renacen en el barro, amores perdidos, las madres que matan y la piedad del asco de ser parientes.

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Se encienden las luces, y me digo que no puede ser que haya terminado, no sé cuánto tiempo ha pasado, pero sé que no lo suficiente. Camila se aleja del micrófono y empieza el movimiento de los músicos. Anuncia que harán algo arriesgado, mientras se acerca a la reja que sólo es una frontera imaginaria entre el escenario y la gente. Salta la reja, y anuncia que cantarán sin micrófonos y sin nada conectado, como si estuviéramos en la sala de su casa, o en su pieza, o en la pieza de él, y señala al hombre que imitaba sus gestos. Camila pide silencio para iniciar ese ritual para espantar a la muerte y a las manías, mientras nosotros, instintivamente, nos juntamos en una bolita de esas que se arman para ver una pelea, un choque o algo que rompe la cotidianidad. Los celulares, que hasta ahora habían permanecido guardados, salen. La sorpresa por lo que viene hace que la gente deje de confiar en su memoria. Sólo los muertos irán a mi funeral, y caen las primeras lágrimas del concierto. La mano amiga que tocó mi hombro se torna abrazo. En los huesos tendré un encierro, y sabemos que nosotros fuimos los que entramos en la muerte, pero que la estamos combatiendo con sus propias armas: los instantes.

No sé si es el silencio del público o la potencia de la voz, pero Camila se expande a todo el lugar. De nuevo como una anfitriona precavida, prepara el ambiente para lo que sigue: anuncia a Ximena Sariñana, no sin antes pedir que la recibamos con cariño. Hay emoción de algunos, desconcierto de otros, pero nadie rompe el pacto, ni Ximena, quien canta con una respetuosa segunda voz, abraza a su amiga, sonríe y sale.

Así como saltó la reja, Camila regresa al escenario: terminó el instante. Agradece al público por la noche, por la calidez, y augura que esa noche la va a recordar.

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Se pone seria para continuar con la canción que tiene un propósito: la historia de la mujer mapuche que saca los cuerpos de sus ancestros de una presa para volver a enterrarlos en tierra. Que caigan los que tienen que caer y se levanten los que se tengan que levantar, dice Camila en tono de consigna o de conjuro. Noto que el lugar en el que elegí pararme está sobre una coladera porque siento en todo el cuerpo la vibración de los tambores. Camila juega en el escenario, juega con su voz, con su cuerpo, con la música, con las historias que cuenta. En mi cuerpo ya no vibra la música sino también los gritos de Camila que no sé reconocer si son de protesta, de dolor, o de los muertos que estuvieron enterrados en la tierra.

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Con el cuerpo aún retumbando, llega una de desamor, para pasar a la requerida salida y encore. El público, no todo, empieza el grito “Camila, Camila”. Salen con la misma tranquilidad con que se fueron. Un grito se aventura a pedir “Millones“, y es la primera vez que me siento en un concierto. Cuando suena, en una versión mucho más intensa y rockera, estoy segura de que es el cierre. Camila agradece a sus músicos, al equipo, a sus representantes, a su novio, a la virgen y a todas las prostitutas… Entramos con “Libres y estúpidos“, salimos con “Máquinas sin dios“,  llegamos asumiendo que fuimos fáciles de convencer, y nos vamos sabiendo que se ama lo que el fuego mueve, se quema el poder bailando.

Las luces se encienden, se intercambian caras de sorpresa. Lo que se me ocurre escribir es que no fue un gran concierto, sino que seremos un buen recuerdo para Camila Moreno.

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