Shamebell. Lo que falló del #YoReconozco

por Gabriela Astorga
@Gastorgap

Hace dos años no participé en #MiPrimerAcoso. Aún ahora no sé muy bien por qué, las razones que me di oscilaron entre no saber determinar si, entre todo lo que leía, lo que había vivido era acoso (claro que lo era) y la reticencia a compartir mi vida privada en redes sociales. Publiqué un #SiMeMatan sin demasiadas dudas: vivo en uno de los sitios más peligrosos para ser mujer en este país, aunque borré y reescribí un par de veces lo que quería publicar. Hace unos días publiqué únicamente #YoTambién. No agregué nada, no porque sintiera que no hiciera falta, sino porque me costó trabajo decidir qué de todo publicar. Con esto, más que hacer un recorrido por los hashtags que han congregado a usuarias de redes sociales, hago un recorrido de lo que yo he reconocido en mí durante ese tiempo. Lo hago también para decir que una convocatoria de este tipo no es (ni busca serlo) ni tan ingenua para creer que eso soluciona el problema, pero tampoco inocua: al final sí significa algo en los procesos para repensar las violencias de género.

Así, después de leer en el muro de un amigo la convocatoria #YoReconozco, levanté las cejas con suspicacia y sólo pensé “A ver qué sale”. Tenía en mente esto y a una amiga de la secundaria a la que siempre admiré (y envidié un poco) por denunciar el acoso callejero con frases como “Señor, ¿puede dejar de restregar su pene en mi hombro?” Ella decía que eran los hombres quienes debían ser expuestos, recibir las miradas de la gente e incomodarse, nunca ella.

Y luego, todo se salió de control. El hashtag #YoReconozco llegó a ser tendencia de una manera extraña entre burlas, peleas y acusaciones. Aún no sé si salió muy bien y expuso aún más violencias machistas que las que esperaban los usuarios, o si salió muy mal y desplazó, una vez más, a las mujeres del centro de la discusión. He estado pensando y escribí estos puntos de reflexión sobre los alcances del #YoReconozco, no pretendo que sean exahustivos, sino que podamos dialogar más allá de los corajes y confusiones.

* Socializar ¿para qué? ¿Para quién?

En un inicio, pensamos que #YoReconozco era una parte complementaria a #YoTambién. Tenía sentido: si hay mujeres violentadas, hay alguien que violenta, si queríamos dejar de exponernos sólo nosotras, la otra parte debía dar un paso al frente y asumir su responsabilidad. La diferencia es que, al igual que #MiPrimerAcoso y #SiMeMatan, #YoTambién es una inciativa que convoca a romper el silencio, a compartir y hacer visibles y colectivas experiencias que la sociedad insiste en mantener acalladas. Sin embargo, es más que complejo empatizar o decirle “gracias por compartir” a alguien que reconoce que ha sido impunemente violento. #YoReconozco, entonces, no es un ejercicio de socialización, es un primer paso para asumir que algo está mal, y de ahí pensar no sólo cómo cambiarlo sino qué otras cosas hay detrás de esas conductas. #YoReconozco no es una contraparte de #YoTambién, sino una dinámica que va en sentido contrario: no va de individuas a la colectividad, sino de conductas colectivas que deben cuestionarse y trabajar individuos. Si nosotras nos decimos no estás sola y no es tu culpa, a los hombres respondemos sí es tu culpa y ojalá estuvieras solo en tus conductas machistas.

* Testimonio vs el gran poder de un verbo

Más allá de los fines para los que cada iniciativa nació, creo necesario pensar las maneras en que elegimos nombrarlas. Parte de reflexionar sobre las violencias incluye asumir que las palabras no son inocentes. Mientras las iniciativas convocan a las mujeres a dar su testimonio, a contar algo que nos pasó (o que podría pasarnos), el llamado a la acción para los hombres es, tal cual, un llamado a actuar, a ejecutar un verbo. El peso del “yo” en ambos casos también es algo en que vale la pena pensar: la primera persona para las mujeres está en los pronombres “mi” y “me”, en el primero el acoso aparece como una posesión, y en el segundo somos el sujeto pasivo de una acción. La primera persona para los hombres es un pronombre personal agente: #YoReconozco. El verbo conjugado los coloca como agentes de la violencia, y también del control de lo que escriben a continuación. Y el verbo importa: reconocer, es decir, vuelven a traer al presente algo que ya sabían que existía, que ya sabían que era violento. Por otro lado, la mujeres dan testimonio que, si seguimos en las etimologías, significa recordar y volver a contar algo que fue verdad. Creo que es relevante que, mientras las mujeres debemos “comprobar” la veracidad de nuestras historias, los hombres traen al presente algo que ya sabían, pero, voluntariamente, callaban.

*El violentómetro

Y sucedió de nuevo. Los hombres publicaron y, cuando hubo una reacción femenina a esas publicaciones, de inmediato vino un llamado a la no violencia. Y no era ese llamado a parar aquello que los hombres reconocían, sino a que los usuarios no fueran violentados por sus confesiones. Entonces fue el caso de Jenaro Villamil de nuevo. Más allá de estar o no de acuerdo con responder violencia con violencia, no podemos dejar de evidenciar (de nuevo) el doble estándar que da como resultado un silogismo: condenar con violencia a las mujeres que violentan a los hombres que reconocen sus violencias hacia las mujeres. Las respuestas más comunes eran desacreditaciones a mujeres que calificaban de delitos las acciones que los usuarios reconocían. Cabe aquí destacar dos puntos: el primero es que en este tipo de ejercicios entran en juego tanto un caracter jurídico como uno moral; la mayor parte de las “confesiones” de los usuarios” caen dentro de lo que la ley mexicana clasifica como acto delictivo o, de menos, una falta administrativa. Pero si tomamos en cuenta que las leyes pocas veces son creadas y aplicadas con perspectiva de género, entonces entra en juego el caracter moral y, con ella, el impacto que puede tener una conducta violenta en la vida de la víctima. Lamentablemente, en este punto, entramos otra vez en un doble estándar: todos queremos opinar si fue o no agresión, si fue grave o no, si le afectó o no, etcétera. El segundo punto es un análisis de qué tipo de actos son los que reconocieron los usuarios, basta darse una vuelta por el hashtag para notar que la mayoría de las publicaciones hace referencia al acoso, casi ninguna a otro tipo de violencias; incluso, algunos reconocimientos caen en un mea culpa por no responder a los estereotipos de macho protector/proveeedor. No fue poco común que mujeres que conocen a los usuarios, se preguntaran: “¿Neta, de todo lo que han hecho, eso es lo que reconocen?

*Shamebell

Con la exposición pública, llega también la condena pública. Otra queja frecuente de los usuarios del #YoReconozco (e incluso una de las excusas más usadas para no entrarle a la discusión) fue el riesgo del “apedreamiento” en redes. Pero, ¿no de eso se trataba? Si se reconoce una mala conducta, ¿no hay un acto de contricción (en el sentido etimológico, no el católico, del término)? Si hay un reconocimiento, pero no un cuestionamiento de las acciones, la publicación puede resultar gratuita e inútil. Lo primero que indica el #YoReconozco es la renuncia a seguir ejerciendo un privilegio, desmontar acciones que se asumen normales y aceptables, y que no lo son. En ese sentido, cada individuo va despojándose (en teoría) de eso que ya no desea que forme parte de él. Así, ¿el apedreamiento simbólico en redes, más que un castigo, no podría ser parte de ese “yo” que se cuestiona e inicia una reconstrucción de sí mismo? Con ello no quiero decir que el trabajo se reduzca a una publicación en redes sociales, pero si se asume que lo privado es público también, creo que invalidar la exposición (sobre todo cuando las mujeres hemos dado un claro paso al frente en ese aspecto) corre el riesgo de una protección de una individualidad que no quiere ser cuestionada.

* El gran problema del todos

Llegamos al otro eterno “argumento” del “todos”: “No todos los hombres son así“, “No todas las denuncias son reales“, “Todos tenenemos que caminar juntos“, “¿Por qué no trabajamos por el bien de todos?“, síganle contando. El problema de los absolutos suele resolverse con el poder de los hechos: estadísticas nos muestran que la totalidad de las mujeres ha sido violentada al menos una vez en su vida, así que tal vez no todos los hombres son violentos, pero hemos construido una estructura social que es violenta con las mujeres. Habría que discutir de una vez y por todas que no, no vamos todos juntos: podemos caminar hacia un mismo objetivo que es la equidad de género y la defensa de derechos equivalentes para todos los individuos, pero hay múltiples rutas para llegar a ese objetivo, y los caminos tienen distintos obstáculos. Para seguir con la analogía, no es el mismo camino allanado el de un hombre que utiliza las redes sociales para decir #YoReconozco, que el de una víctima de acoso que busca que su denuncia proceda, ni que el de una mujer trans víctima de violación. No hay duda que todos tenemos que trabajar con un fin común, pero basta de usar la empatía para asumir que conocemos (o peor aún, merecemos, necesitamos, debemos) meternos en un camino que no transitamos. No vamos todos juntos haciéndonos uno, invisibilizando (otra vez) a lo que no es como todos, a lo más, vamos acompañándonos, tratando de conocernos.

* Amigando al enemigo

Leer las publicaciones del #YoReconozco generó una mezcla confusión y coraje, de condena hacia quienes se aceptaban violentos. Pero, casi en igual medida, hubo un impulso de defender a nuestros amigos y conocidos. Hubo personas muy dolidas por las consecuencias acarreadas a usuarios que “sólo querían hacer algo bien”. En esas reacciones veo, por una parte, una necesidad de anteponer las individualidades a la sociedad, es decir, destinguir que un amigo ha sido buenísimo con nosotros, por lo tanto es incapaz de violentar a alguien más. O al revés, que nuestras relaciones íntimas están plagadas de seres violentos. Y entonces, ¿qué dice eso de nosotras? Quizá habría que empezar reiterando que las violencias que se ejercen sobre nosotros no son ni nuestra culpa ni nos definen. Por otro lado, asumir que la violencia estructural no puede calificarse en términos de blanco y negro: no hay tal cosa como “hacer algo bueno”, sino un trabajo muy complejo lleno de aristas que necesitan mucha más reflexión y discusión que no dependen ni pueden partir de qué tan buenas personas somos.

* La ventana indiscreta

Independientemente de lo mucho que se puede discutir el papel de las redes sociales, creo que vale la pena discutir qué elegimos decir y cómo. No fue raro que las publicaciones del #YoReconozco incluyeran un “estuvo mal”, “no lo volvería hacer”, pero también por ahí un “lo hablamos y todo bien”. Además vale la pena discutir cómo los hombres decidieron escribir lo que publicaron. Lo que elegimos nombrar es tan importante como el hecho mismo de nombrarlo, pues, como dije al inicio, las palabras no son inocentes, las palabras tienen historia e implicaciones: decir “toqué sin su consentimiento” en lugar de “acosé” tiene un peso no solamente en lo que ese individuo reconoce de sí mismo, sino también en el daño que cree que infligió a la víctima. Es importante que el #YoReconozco (y otros ejercicios posteriores) sea público, pues permite contrastar no sólo experiencias sino también las maneras que tenemos de nombrarlas. Como dije en el primer punto, creo que el #YoReconozco es un primer paso para detonar un trabajo personal; si el #YoTambién, #SiMeMatan y #MiPrimerAcoso nos convocó a las mujeres a poner en letras experiencias que creíamos debía permanecer en silencio, la convocatoria a los hombres pudo extenderse del yo reconozco en mí eso que otros ya dijeron. Dudo, sin embargo, que este proceso haya sucedido: no hubo respuestas de hombres a hombres acerca de sus reconocimientos, si acaso hubo un like solidario, o una defensa de la calidad de las personas. Si este ejercicio busca tener eco en el mundo tridimensional, habría que jugarse un poco más el pellejo y cuestionarse qué decimos, qué dejamos de decir, por qué elegimos las palabras, qué sesgo le damos a los hechos al nombrarlas de determinada forma, etcétera. Sé que es agotador pensar y actuar de esa forma, pero si pensamos que incluso usamos un lenguaje inequitativo, hay que empezar a plantearse esos problemas.

* ¿Cuánto vale la equidad de género?

Finalmente, la duda que más resonó en mí después de lo que pasó con el #YoReconozco es ¿cuánto estamos dispuestos a cambiar por conseguir la equidad de género? ¿Cuánto estamos dispuestos a dejar de hacer y de apoyar para no ser cómplices de distintos tipos de violencia? Tras la publicación del caso de Harvey Weinstein salieron otras tantas figuras públicas acusadas de violencia hacia las mujeres, y de personas que lo supieron y decidieron no hacer nada al respecto. Y eso no es privativo de las figuras públicas, en la vida cotidiana hacemos distinciones similares: ¿cuántas violencias decidimos pasar por alto en aras de la amistad, el trabajo, el interés, el arte, etcétera? ¿De cuántas múltiples maneras damos el beneficio de la duda a un violentador sobre las acusaciones de una víctima? Pienso en cuántas veces nos hemos dicho aquello de que si rechazáramos todo lo machista nos quedaríamos sin música y sin una buena parte de la literatura,  el arte y el cine. ¿Y no es tiempo de preguntarnos si eso sería tan malo? Aceptar sin cuestionar, sin problematizar, la obra de personas violentas sólo porque es una aportación a la humanidad, asumir que eso no nos hace de cierta manera cómplices o culpar a la estructura, es también asumir que la equidad de género es un sueño guajiro que nunca podrá completarse. Sólo pensemos, si rechazáramos apoyar el trabajo de Harvey Weinstein, tal vez “sacrificaríamos” Pulp Fiction, y con ella el poderoso personaje femenino de Mia Wallace, pero tal vez una mujer de carne y hueso viviría más tranquila.

Así es, muchachos y muchachas, esto es lo que pude sacar medio en claro  tras el #YoReconozco. Como todo primer intento falló, pero creo que es un ejercicio que debieran replicar los hombres, asumiendo su responsabilidad de desaprender acciones violentas. Pienso también  que debe repetirse, debe generar más indignación, más confusión, más discusión, más vergüenza. Sintámonos incómodos, sepamos que no está bien, sepamos que es complejo, dejemos de hablar de las violencias de género como algo abstracto, porque es algo que duele, y mucho.

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