SHOWCASE AUSTIN PSYCH FEST–RASCAHUELE. Crónica de olores, colores y otras filas

Por Emilio Revolver
@emiliorevolver

Fotos: Juan Leduc
@nosoyjorge

Todo empieza siempre en una fila. Una fila que haces a las 7 de la mañana para entrar a la escuela, a las 9 para recibir un pago en el banco, a las 7 un concierto o a la hora más injusta para la bendición eterna de San Pedro. Filas de refrescos, latas de cerveza y envases de caguama tomaban distancia a un costado del rasgueo de un centenar de tenis arrastrándose rumbo al foro Indie Rocks, allá en la Roma Norte, donde los huecos de automóvil todavía resisten sin parquímetro. Te toman tus datos para ver si te registraste en la página, alguien atrás menciona que el picante es como la droga porque tienes que aprender a controlar la sustancia para repetir la experiencia, y otras voces se pierden en un fondo negro donde en el futuro esperan 5 personas que revisan las mochilas con una lamparita, meten la lamparita hasta en los bolsillos e incluso lanzan miradas peligrosas a las pastillas para cólicos menstruales de las chicas.

A la entrada alguien encuentra a su vecino como a las horas a las que saca a pasar al perro. El hombre de la barba salpicada de canas dice que no va a ir al Nrmal, que sólo al Showcase, que no tuvo dinero, él otro dice que no lo puede creer pues lo oyó un día decir que Michael Gira de Swans toca como si te estuviera ahorcando lentamente. Todo se diluye en un salomónico a ver qué día se van por unas caguamas. Hay una nueva fila en el patio del foro Indie Rocks, que se convierte en el lugar a salvo para los que fuman tabaco. Suenan celulares y vibran como el trabajoso arrastrarse de un centenar de tenis a paso lento, y alguien en un celular responde que va para allá porque no dejan pasar a su invitado porque sólo trae como identificación su credencial de la Biblioteca central de la UNAM.

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Todo como siempre se ve más pequeño que en las fotografías. El amplificador Ampeq no es tan enorme con todo y sus dos bocinas de 500 wts, el escenario no podría recibir a una banda de ska, y unas escaleras con azulejos maltratados conducen a un espacio para palcos donde sólo verán los que estén en primera fila. Hablando de filas, la primera fila está simplemente secuestrada, parece un mito que exista para el individuo promedio, pues de antemano está siempre ya coptada, vaya uno al concierto que vaya. Siempre hay alguien que ya está delante de ti en algo, que siempre pone su cabeza con olor a shampoo y sobaco en tus narices, como en el tráfico no importa a la hora que te levantes: ya hay un imbécil frente a ti esperándote para hacer sonar el cláxon. La primera fila abajo frente al escenario está complemente secuestrada por fotógrafos esta vez, algunos limpian su lente y hacen pruebas con una luz oscura tallada por las máquinas de humo mientras escuchan Melody´s Echo Chamber, uno de ellos tira una línea de fotografías, permanecerá estoico 4 horas hasta el final del show, y otro un poco más humano y menos profesional platica con su amigo y le dice que viene de fotografiar un evento de Belinda, y que sí es muy guapa pero sólo te dejan fotografiarle un lado, dice, porque del otro no quedó bien una de sus operaciones y parece un monstruo. Checa las fotos que le publican, explica, siempre es el mismo lado de su rostro, siempre.

En eso se sube Acidandali. La gente aplaude como pocas veces y es cálida como pocas veces frente a una banda que no sea extranjera o Café Tacuba. Por un lado, quizá hay un secreto agradecimiento de que en un evento gratuito alguien haya elegido a una de los centenares de bandas que en ese mismo momento estarán exponiendo composiciones propias en algún bar de la ciudad. Es una aventura peligrosa y que paga mal la de aventarse a escuchar bandas que no conoces en el D. F. Muy probablemente 50 pesos a la entrada, al menos 3 cervezas, y parece que aquí todas las paredes de los bares están controladas o embrujadas para generar siempre el peor eco posible y arruinar la música, si es que no lo hace el guitarrista a quien siempre se le desafina la madera sagrada en un punto del show. No, hoy está todo puesto a pesar de que sea México para que la banda underground pueda lucirse. El trío ejecuta una melodía lenta, pesada, y no obstante el liderazgo inevitable del bajista o de que el baterista está tocando como si apuñalara a alguien, es la diminuta y tímida guitarrista la que concentra la atención. Echa el cabello sobre la cara, se contonea con un paso adelante y otro atrás, recorre el brazo de su instrumento que parece el motor de una carro construido en Seattle en los 90, y se mantiene distante como un punto de fuga, plegándose sobre sí misma, cantando como en susurros y transformando su voz con unos pedales que parece podrían provocar que toda ella desapareciera en un largo reverb. Chocan ella y el bajista en el suelo, saben que éste es uno de esos shows que anuncian el resto de sus vidas, y se despiden y la gente aplaude porque entiende que sí tienen algo, y algo que se parece muchísimo a ciertas noches en la escena indie mexicana.

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A un costado, en los palcos de cemento, cerca de la venta de cervezas a 80 pesos, un tipo en camisa a cuadros azul pregunta que por qué la experimentación siempre tiene el empaque del emo. Aquél que experimenta siempre acaba explicando su tristeza y su incapacidad de enfrentarse ante las circunstancias. ¿Por qué la experimentación no puede mostrarse vital y alegremente? En eso se quita la playera un negro de casi metro noventa que ya está en el escenario, se pone una capa roja como si cualquier cosa y se sienta frente a un órgano farfisa, de esos que en los 60 harían calentar garganta a Eric Burdon, pero que en 2015 no presagian ser tocados más de 3 canciones en un show que se respete. Ahí está ese negro que es lo mejor, que le ha pasado a la noche, sentado recto y sin playera, su capa roja y su melena china devorando altura arriba de sus sienes. Empiezan a tocar y es como una tromba, como un rifle disparado a todas direcciones. La atención la tiene primero un bajista en chanclas, muchos del público están aterrados, sí, son chanclas manchando el sagrado escenario del rock. La atención corre entonces a refugiarse al costado izquierdo donde no se inmuta un ruidoso guitarrista como esculpido en marfil y al fondo el batería está vestido por su propia melena lacia que se mueve como una cometa que ha salido de la mano de un niño. Pero todo inevitablemente regresa al negro que canta en portugués cosas que muy posiblemente serían incomprensibles también si estuvieran en español. Se sienta sobre el escenario en pose de yoga, se levanta a tomar la guitarra, pasa de un micrófono a otro, predica y levanta los brazos, es un torturador para el hombre de las luces pero lentamente el público empieza a ceder como cuando entiendes un silogismo y agarras todo el rollo. Dentro de esa plasta que tira hacia todos lados, parece haber funk, parece haber gritos de los Bad Brains, parece haber acordes distorsionados e improvisación. Pero todo se acomoda en el cerebro, va tomando su asiento y de pronto la banda suena realmente comprensible, hasta provoca que gritos y brazos se levanten de entre la línea de cabellos del público. La banda se llama Negro Leo y es una tormenta eléctrica del Amazonas.

Las únicas veces que me he peleado en la vida ha sido por esto, dice una chica, mientras otra a lado súbitamente se cuela en la fila y se pone a bailar justo unos centímetros enfrente. La humanidad es un asco, le responde su amigo, tratando de hablar lo suficientemente fuerte y cerca. La chica del largo vestido lacio y sin marcas de cuerpo como un fantasma afila un poco los codos y los sube casi a la altura del pecho, las miradas súbitamente regresan al escenario, porque una suerte de vagabundo ha tomado la guitarra, un tipo de lentes, mirada escurrida al suelo como sus pantalones y sus lacios cabellos güeros, camisa a cuadros deslavada, pantalones con suelas llenas de declives, atrás de él hay una pantalla en blanco con espirales negras que se van juntando hasta formar dos ojos que giran sin cesar, su música es un continuum de medio tiempo, con guitarras garage que harían salir del loquero a Rocky Erickson, una guitarra vintage blanca con negro oscila entre Jefferson Airplane y The Oh Sees, y es ahí cuando ves que estás sudando simplemente por la cantidad de gente que tienes pegada a los hombros y que, a pesar de que en los conciertos nadie baila ya nunca, sientes a lo lejos el oleaje de un grupo que intenta un lento slam; estás ahí y sabes que la pandilla de güeros vagabundos de Holy Wave han comunicado su mensaje.

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En la parte de arriba la rampa de salida ha sido inaugurada como nuevo espacio para fumadores. Es momento de encontrarte con amantes de la sicodelia y las playeras de colores anaranjados o fosforescentes, el guitarrista principal de Holy Wave, un tipo que presenta a su amigo como su novia y finalmente un estresado hombre de seguridad que menciona a todos que deben retirarse de ahí. Adentro está ya el acto definitivo de la noche, Cave, una banda de jams e improvisaciones de rock con un guitarrista espléndido que mete wah-wah a su Fender en la pura tradición de Hendrix. Canciones sin más voz que ese wah-wah van machacando y creciendo sobre una misma pauta rítmica al estilo Ravel, o mejor aún, en un estilo casi litúrgico, hacen explotar a uno que otro que brinca como una molécula al calor. Al terminar la banda ya la mitad de la gente está en el patio para fumadores, a donde parece que el concierto ha devenido en fiesta, un tipo trastabillea con las palabras y los pasos y asegura que se perdió todo el concierto de Cave por salir a fumar un cigarro, a lo lejos siguen los encuentros y los besos de despedida, una voz se cuela para comentar que los boletos por disponibilidad en los aviones te hacen hacer filas primero de 8 horas, luego de diez horas, luego pasas dos días en el aeropuerto maldiciendo de tu vida pegada a una fila, improvisando amigos y enemigos para en algún punto poder regresar a casa, para no perder tu trabajo, para no perder más dinero en un lugar al que por error viajaste sin asiento asegurado, porque no hay nada que te prepare menos para una historia que no tener un asiento asegurado.

Pero de pronto ya no hay filas, la narrativa se diluye en un par de semáforos con insomnio que quedan funcionando y estás otra vez solo frente a la noche y un montón de cosas que nadie sabrá nunca.

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