Sobre la desnudez

por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

Quitar la carne, toda,
hasta que el verso quede
con la sonora oscuridad del hueso.
Y al hueso desvastarlo, pulirlo, aguzarlo
hasta que se convierta en aguja tan fina,
que atraviese la lengua sin dolencia
aunque la sangre obstruya la garganta.
Francisco Hernández, Hasta que el verso quede

La simpleza, o sencillez, a la hora de construir un cuento, es un artificio que se logra solamente a base de arduas reflexiones y un profundo conocimiento de aquello que se observa; después de todo, como decía Borges, “la literatura se hace con la goma, no con la punta del lápiz”. En ese sentido, lograr textos de manufactura minimalista, donde la oralidad juegue un papel preponderante (sin perder de vista la profundidad y la calidad de “literario”) es en sí mismo una labor digna de reconocimiento. Lo es, de igual forma, adentrarse en los meandros del ser, del espíritu, sin poner de manifiesto que dicho viaje se está llevando a cabo. Después de todo, si el cuerpo es puente entre el mundo y el espíritu, lo es el cuerpo todo, hasta las partes pudorosas.

Hugo César Moreno Hernández explora, una vez más, los temas que han sido una constante en su amplia narrativa: amor, muerte, sexo, desesperación: pulsiones tan antiguas como el hombre mismo. Siempre puestos en la zona limítrofe entre el ser y no ser, los personajes construidos en este libro se arrastran por la ciudad (o en todo caso, se dejan arrastrar por el aire, por la vida) para, en realidad, arrastrarse a su interior. La vida diaria es una excusa −acaso combustible− para hundirse en sí mismos. Disertaciones de hondura importante son las que el autor realiza en voz de sus personajes, que se debaten entre aceptarse o pretender seguir siendo alguien/algo más. Aquí los hombres no hallan catarsis o alivio en el acto sexual, antes bien se encuentran de frente con una oscuridad que maduró demasiado dentro de ellos; sus líquidos son el lixiviado de una humanidad largamente descompuesta.

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Si la verdad es belleza, o la belleza es verdad, estamos entonces ante un catálogo de seres terriblemente bellos, que actúan sin malicia, aunque los resultados de sus acciones sean siempre catastróficos para los que los rodean, tanto como lo son para sí mismos. Su consciencia y sus actos parecen no tener conexión, y entonces se limitan a ser meros espectadores de su vida, o de la de los demás, en ocasiones a través de una cámara. La belleza, aquí, es la flor que nace pese a todo en la juntura de los adoquines de la calle, en la fachada herida de tiempo y lluvias, entre los escombros; ya el mismo autor nos advierte, en uno de sus relatos, que la belleza nace en los lugares más insospechados, pese a todo. Antes que desnudos de cuerpo entero, estamos frente a seres desnudos de espíritu completo, heridos de vida.

De meticulosa precisión, febril por la calidad de las descripciones, estos relatos dejan un sabor plomizo en la boca. El también autor de Siete puercos mal contados vuelve a sus obsesiones y las abraza. Seres lastimados porque, después de todo, hay en ellos un halito de esperanza al final de su aparente desgano de seguir viviendo. Hombres y mujeres que no tienen más remedio que aceptarse como son, porque la vida no alcanza para ser como debieran ser. Seres a quienes la vida les resulta demasiado (demasiado cara, demasiado grande, demasiado dolorosa) y necesitan compartir la loza de la consciencia que llevan en hombros. Son criaturas pavorosamente despiertas, de intuición en carne viva. Con frases certeras, y oraciones simples (sin el oropel del artificio sintáctico) Moreno Hernández construye atmosferas sofocantes; lo claustrofóbico de sus escenarios es un peso más sobre los personajes.

De carácter frenético, los once relatos que componen este volumen son muestras claras del dominio del autor sobre temas ya harto vistos; nada nuevo hay aquí, aunque cada uno de los temas se renueva bajo la pluma de Moreno Hernández. Son relatos que abarcan un brevísimo tiempo y espacio, pero que ganan en profundidad a través del flujo de consciencia de los personajes. La acción se detiene y la luz de la reflexión cae de lleno sobre estos hombres y mujeres, que emprenden soliloquios de dolorosa manufactura. Comprenden, al final, que la derrota no es algún lugar a donde se llega, sino que ésta se carga desde el día del nacimiento, y que no queda más remedio que esperar a que estalle dentro del pecho. El tiempo aquí, más que nunca, se antoja relativo; el autor se cuestiona cuánto dura la eternidad y lleva hasta sus últimas consecuencias esta pregunta; no hay respuesta (no sólo una respuesta, en todo caso) pero el simple planteamiento de esta pregunta sirve de punto de partida. Las dislocaciones temporales en que se desarrollan los relatos son bien llevadas a cabo, y el autor las pone a su servicio para lograr el efecto deseado.

La vida es miserable a pesar de todo y es ahí donde brilla su decencia, asevera el autor en voz de uno de sus personajes, y en esta sola frase el autor nos advierte ya sobre lo que nos espera al leernos en sus páginas; quien se adentre a este libro es mejor que abandone toda esperanza, podría leerse también. Y cada relato confirma la veracidad de la oración.

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