#SoundAndVision. De la Calle. Un residuo del hogar

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

Desnuda eres como una calle
Francisco Hernández

¿Anda por la calle? Tome, para que se suba a la banqueta.
De la calle.

De la calle, dirigida por Gerardo Tort, es un filme que aborda el tema de los niños de la calle, principalmente, en un primer plano, aunque queda claro que es la calle, en realidad, la protagonista de la historia. En ella parece estar presente una analogía: la calle como una segunda, o tercera madre, que cría como puede a sus hijos putativos, forzados. La calle como hogar, como escuela, como lugar de trabajo y de otras actividades más íntimas: como baño, como lecho matrimonial, como sitio de esparcimiento. También la calle como la eterna búsqueda, como la banda sinfín que nunca logra conectarnos con el horizonte. La calle como residuo del hogar, como lo que se queda afuera, lo que no es afortunado.

La película, protagonizada por Luis Fernando Peña y Maya Zapata, es de las que más tengo presentes y que poseen un significado mayor para mí, no sólo porque se desarrolla en el D.F., (ciudad inacabable, eterna, obsesionante) sino porque ataca a una de las cuestiones que más me han preocupado desde siempre: la vida como búsqueda, como aventura de final inesperado. Además, y esto lo recuerdo vivamente, me la recomendó una amiga de la preparatoria, de quien siempre estuve enamorado en secreto. Una película cargada de emociones, por partida doble. Película que, además, como la calle misma, conecta a otras cosas, otras emociones, otros recuerdos; a otras películas. Por ejemplo, La Strada de Federico Fellini, muestra a la calle como escenario —en el espectro amplio de la palabra— de muchas cosas; también aquí, como en el filme de Tort, la calle se roba la pantalla y acompaña, u opaca, a los actores. Dentro de la misma filmografía de Fellini, la calle es un elemento indispensable, que a veces usa como analogía visual de la libertad, del desahogo, de la catarsis: Noches de Cabiria, Los inútiles, La dolce vita y son prueba de ello.

La lista de incursiones de la calle en las artes es larga, y sustanciosa. A veces como protagonista, otras como musa, posando desnuda, sencilla, casi orgánica, como en las pinturas de Edward Hopper. Y otras veces canta, con su voz de grillos, de llanto, de sirenas, y es preciso amarrarse a la cama para no correr a ella por la madrugada.

MI CALLE

Me asomo sobre la barda —vivo en un segundo nivel— y miro la calle. Sé que lo que voy a decir sería distinto si viviera en el primer nivel, porque entonces la perspectiva cambiaría; desde aquí arriba se domina mejor el panorama; no me parece raro que a Dios se le dibuje siempre en las alturas, desde donde casi todo se ve. ¿Qué diré de esta calle? Que es fea, que carece de pavimento, que está hecha de cascajo y restos de otras calles; a la manera del monstruo de Frankenstein, de Shelley, esta vereda para autos está hecha con restos, en un inútil esfuerzo por resanar los baches. Pero sirve esta calle, con todo y lo fea que es: es la tregua entre los vecinos de enfrente y nosotros, un silencio en el discurso de tabiques y cemento que es esta colonia mal planeada.

No lo había pensado, pero ahora me pregunto cómo surgió esta calle, porque, según yo, hay dos formas para que nazca una: o se le planea o surge, pero siempre se le ama (¿Tú calle fue planeada? No, pero aun así la queremos mucho. ¿Y cuántas más? Las que el Señor (de obras públicas) decida. Ésta tiene la pinta de ser de esas que no se planearon, sino que de repente se dejó una línea entre dos construcciones para que la gente llegara a sus casas, o huyera de ellas.

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BAUTIZO

Bien, la calle es fea, pero, ¿qué pasa con el nombre? Mi calle se llama Ampliación Buenavista, lo cual es un chiste de cabo a rabo: una calle fea y angosta no debería llamarse así. Y ése es el otro tema con las calles: el nombre. Se tiene una calle, sabemos a dónde va, o a dónde no va, y viene el siguiente trabajo: nombrarla. Dicen que un barco sin nombre es de mala suerte, quizás lo mismo aplique para las calles, que son, a final de cuentas, una especie de barco inerte en el agua salada de los días: una calle sin el latigazo del agua bautismal sería de mala suerte. No es trabajo fácil, aunque lo parezca: es una labor importante, porque así será (idealmente) recordada. Yo, por ejemplo, tengo muy presente el nombre de una calle cercana a la casa donde viví durante mi infancia, y parte de la adolescencia: “Rosa Gloria Chagoyán”, la protagonista de las famosas películas mexicanas de los 80, Lola la trailera. A los vecinos les daba un poco de vergüenza, por decir lo menos, comentar el nombre de su calle, que años después se transformó en la calle “Agua caliente” (aunque muchos la seguimos llamando por su nombre original, porque es original, de eso no hay duda). Habiendo tantos personajes ilustres en la historia de nuestro país, el presidente municipal decidió que ese nombre, ese preciso nombre, era el adecuado (honor a las heroínas que nos dieron patria en un tráiler Kenwood modelo 1980). El nombre de una calle, supongo, habla de quien lo escoge (y ésa es una pregunta interesante, quién pone nombre a las calles). En el norte del país, por ejemplo, exactamente en Ciudad Obregón, la nomenclatura de las calles, al menos las avenidas principales, consta de números: la avenida 4, la 6, la 12. A mí me pareció un tanto fría la cosa, y habla, quizás, de gente metódica o sin ganas de imaginar, pero supongo que es mejor tener el domicilio en la avenida 8, por ejemplo, que en Resortes número 12. Bien, en el norte parecen tener más cuidado con los nombres, pero aquello eran avenidas, no calles; después de todo, a quién lastimaba que la calle cerca del río, tan escondida, tan angosta —irónicamente, no cabía un tráiler en ella— tuviera ese nombre.

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LA FAMILIA

Si hablamos de la avenida, hablemos entonces de la familia completa de caminos. Comencemos con la hermana mayor, la ya nombrada avenida. En esencia es lo mismo que la calle (es un camino), sólo que ésta es mayor, más ancha y larga. Es una hermana mayor, y como buena hermana mayor recibe los mayores mimos: reencarpetado constante, labial amarillo en las fronteras con la banqueta, juego completo de bisutería (señalamientos y semáforos) y, lo más importante, una fiesta de presentación en sociedad; la inauguración de una avenida es, a la familia de las calles, lo que los XV años es a la familia mexicana: viene la gente, se arregla el lugar — tratando de esconder los defectos— y hay celebración. Por supuesto, los invitados comentan por lo bajo los detalles innegables (¿viste que no está acabada y aun así la inauguraron? Pues hasta donde yo sé esta avenida no es nueva, el hijo de fulana ya había pasado por aquí con su carro varias veces. Si ya se le notan los baches, aunque los hayan querido disimular).

Si la calle es la hermana de en medio, y la avenida es la mayor, el callejón, entonces, es el hermano menor. Éste, generalmente resultado de las fronteras entre dos construcciones, es más propio de una colonia o población pequeña. Se sabe quién es vecino, o quién conoce bien la colonia, porque conoce los callejones. Generalmente sólo cabe en ellos una persona a la vez (o más, pero en fila) y suelen ser, en ocasiones, motivo de disputa cuando alguien va y alguien viene. Si Edipo y su verdadero padre riñeron porque nadie quería ceder el paso, por qué no habríamos de hacerlo nosotros. Hay unos que se les reconoce más por su función —como el callejón del beso, en Guanajuato, o los que se usan como letrina u hotel— ya que, en ocasiones, ni siquiera tienen nombre.

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La autopista es la madre, la figura suprema. Puede interpretarse como una calle con experiencia, entrada en carnes —algunas comenzaron como calles, luego fueron avenidas y, al final, autopistas— y con una piel asfáltica llena de estrías y manchas, producto de choques y derrapones. Son elitistas, ya que no cualquiera puede acercárseles, y algunas han estado casadas más de tres veces, con diferentes concesionarios y administraciones. Como adultas que son, sus procesos digestivos son malos a veces, y sufren bloqueos o deslaves.

Y como en toda familia, existe también un ser raro, hermético, que en ocasiones nadie comprende y hasta es necesario advertir a los demás sobre sus características, añadiendo su particularidad al lado de su nombre: las cerradas. Éstas son calles, sí, pero que no comunican a ningún lado o no conectan, mejor dicho, con ninguna otra calle (son aisladas, hurañas. Son semilla de laberinto) y que sólo sirven de antesala a las entradas de una o varias casas. Los que habitan calles cerradas son, por lo general, personas más suspicaces, que sospechan en cuanto ven a alguien acercarse a su calle. Una especie de cónclave de vecinos, una cofradía de seres que no puede ver más que a sus propios miembros porque, ¿qué querría un hombre en una calle cerrada, si las calles son para ir a otro lado, no para permanecer?

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ADJETIVO

La calle, como sustantivo, tiene ciertas formas y fronteras que ya hemos, medianamente, observado. Sin embargo, cuando la usamos como adjetivo, sus matices se tornan un tanto más oscuros. En el imaginario colectivo, todo aquello que es de calle o de la calle tiene carga negativa. El adjetivo “callejero” se usa de un modo peyorativo; es un término despectivo o, por decir lo menos, desafortunado. Mujer de la calle, comida de la calle, situación de calle. En el mismo proceso de nombrar a algo, designar a algo como “de la calle” hay, implícita, una antropomorfización de la calle misma: se vuelve un ente que, de pronto, es dueño de perros, de hombres, de mujeres y que, además, cocina: un ama de casa alienada, una madre suprema, casi única, que se encarga de todo aquello que no deseamos, de lo que nos estorba o nos es poco placentero. Como una hija que resulta embarazada a temprana edad o que es madre soltera y se apoya en su madre para la crianza y/o manutención del hijo —otorgando, de esta manera, un título de segunda madre a la que debiera ser abuela— así nosotros nos apoyamos en la calle para que se haga cargo de lo que no queremos: la mascota que envejeció o está a punto de dar a luz, la basura que no queremos cargar hasta casa, los demás miembros de la sociedad que tienen menos que nosotros, los niños que nadie puede o quiere cuidar. Una segunda madre oscura, espesa, innombrable, casi omnipresente. Y eso se puede comprobar a través de un dicho muy socorrido por las personas mayores: se la vive en la calle. En esa frase hay una preocupación, un desdén; calle se vuelve, para ellas, todo lo que no es la casa, y entonces forman un amasijo vago de términos, que puede incluir la calle misma —la vía para transitar per se— así como la casa de algún amigo, un espacio deportivo comunitario, etcétera. Es decir, la calle es algo que definen a través de eliminación: calle es todo lo que no son estas paredes.

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NADIE SABE LO QUE TIENE…

La calle, también, puede ser usada como arma, como megáfono para gritar más fuerte y que el sonido recorra todos los espacios posibles, llegue a donde no podría llegar sola. Basta bloquear una calle —o sus parientes, la avenida y la autopista— para que se nos preste la atención que, de otra forma, nos era negada. Una especie de secuestro, de rapto, para que se nos dé lo que pedimos.

Pongamos este ejemplo: un hombre dice algo, no sabemos bien qué (porque es difícil oír a alguien cuando se le puede evitar) y nadie presta atención: está, por decirlo de algún modo, en su medio natural: las banquetas son para la gente, las calles para los autos. Pero si este hombre se coloca en medio de la calle, es decir, hay una disociación, un elemento fuera de lugar, en pocas palabras, toma la calle —que es una ausencia, un silencio, una tregua en la estampida inerte de edificios en la ciudad— ahí ponemos atención. Cuando algo no es de nadie, es de todos. Entonces, ese hombre, por un momento, hizo suya la calle, la individualizó, y por ello surge un problema. No es que a los que van en su auto les importe la calle como tal, sino los lugares a donde los va a llevar. Las calles son de esas extrañas cosas que brillan por su ausencia, o por su carácter de ausente, de incorpóreas; también, las notamos cuando están mal hechas.

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INCLINACIONES

Cuando niño, mi familia y yo vivíamos en una casa que estaba en una esquina. Apenas salir de la casa, a la derecha, había una enorme bajada, y ésa era la referencia que dábamos para quienes deseaban visitarnos o simplemente saber dónde vivíamos “la casa que está junto a la bajada, frente a la primaria”.

Años después, al hablar con una vecina, a la que ya conocíamos de vista, pero con quien nunca habíamos trabado conversación, nos dimos cuenta que, quizás, estábamos dando mal la indicación, o se prestaba, al menos, a más opciones. “Ah, ¿viven en donde acaba la subida enorme, la empinada?” Sí, ahí vivíamos. Y entonces pensé, ¿vivimos junto a una subida o junto a una bajada?

La pregunta me sigue inquietando un poco. Hablamos de perspectivas, creo, no sólo de una calle. Los vecinos de abajo la veían como una subida; los de arriba, creo, la veíamos como una bajada. Nunca discutimos al respecto, claro (ni fue motivo para guerras, como los habitantes de Liliput, en Los viajes de Gulliver, que iniciaron una guerra con sus vecinos porque no lograban ponerse de acuerdo por dónde debía romperse un huevo) pero ahora que lo pienso, desde que la vecina aquella lo señaló, no sé si era bajada o subida, o era las dos. Hay, creo, una cierta androginia de las calles con inclinación, porque son subidas o son bajadas, según se vea. Esta característica camaleónica, esta ambivalencia, puede no ser suficiente para iniciar una guerra (aunque los motivos para inicia una guerra pueden ser muchos) pero sí para pensar un poco al respecto. Una calle inclinada es sólo eso, una calle inclinada, hasta que recibe los primeros pasos; entonces sabremos si es subida o bajada.

(O no lo sabremos, pero tampoco es que importe mucho).

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SI HAY ALGUIEN AQUÍ…

La calle, si bien es camino, se encuentre o no se encuentre entre dos hileras de algo, lo que sea, siempre puede funcionar como vereda, principalmente hacia nuestro interior. Hablar de las calles es hablar, un poco, a veces, de quienes transitan por ahí; justo como hablar de la flor es hablar de la tierra de donde nace.

A veces la calle se usa de forma, digamos, antinatural, y pierde su carácter de travesía, de enlace, para cobrar el sentido, la fuerza de estancia: gente que duerme en la calle, perros que ahí duermen y, como algunos humanos, se reproducen, realizan sus deyecciones. Es terrible que nos parezca normal que la calle se haya resignificado hasta, por ejemplo, considerarla un lugar para que alguien habite allí; hay calles tan tristes, yo no sé. Y no importa cómo la nombremos (rambla, street, rue, strada), la carga sigue siendo la misma.

Y como estoy a punto de terminar, y no se me ocurre nada más, quisiera hacer de estas calles entre las líneas, estos vacíos, un camino donde alguien más retome hasta donde yo me he quedado, y hacer de la calle algo más largo, casi infinito, y que no se quede simplemente como calle; darle el peso de camino, de vereda. Quien quiera decir algo que lo diga ahora, o calle para siempre.

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