#SoundAndVision. El Hijo del Hombre. A 102 años del nacimiento de José Revueltas

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

Corre el año de 1927. En una ferretería situada en el centro de la Ciudad de México, durante un brevísimo descanso un empleado le recuerda a otro que, a la hora de la comida, se reunirán “donde siempre”; el lugar al que hace referencia es al pequeño cuarto que usan como comedor, detrás de la bodega. El motivo: durante varios días, no recuerdan si semanas, un joven delgado, moreno, de nariz recta y mentón redondo —un chiquillo, dicen algunos, porque no rebasa los 18 años— les ha hablado, cuando se reúnen a comer, de sus derechos laborales, y de cómo éstos son violentados por los dueños del lugar. Se puede formar un sindicato, les ha dicho, sólo es cuestión de organizarse. El muchacho es empleado también, tiene poco de haber ingresado y, aunque muchos no recuerdan su apellido, o no lo han preguntado, saben que se llama José.

Llegan al lugar indicado, a la hora indicada, pero no se ve al muchacho por ninguna parte. Lo corrieron los patrones, les comenta otro empleado, se enteraron que nos estaba hablando de esas cosas y no se lo aguantaron. No lo saben, pero las ideas del sindicato, de los derechos laborales, se les olvidarán pronto porque, amenazaron con despedir a quien siguiera hablando del tema.

En el apellido traía lo alocado el chamaco ése, comentan al otro día, a la hora de la comida, porque ya no hay reunión.

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 I

Hombre de grandísima sapiencia (abandonó la secundaria porque “le aburría” y se dedicó a estudiar, por su cuenta, en la biblioteca nacional) de nobleza a momentos rayana en la ingenuidad,  José Revueltas Sánchez, a quien se le ha cortado el último apellido casi siempre, fue uno de los escritores más prolíficos del país. Su obra, que oscila desde la narrativa hasta el guion teatral y cinematográfico, pasando, claro, por la poesía, puede leerse como un martirologio mexicano, a la vez que universal. Sus personajes son los mismos en toda su obra: campesinos que luchan por defender lo suyo, estudiantes, obreros en huelga, prostitutas y presidiarios, siempre al borde de la vida o, lo que es lo mismo, al borde de la muerte. Personajes siempre en pugna, con ellos mismos y con la sociedad donde se desenvuelven, siempre con el lastre de la consciencia a cuestas, con la vida a la espalda.

Pero la literatura de Revueltas no es panfletaria en modo alguno, a pesar de estar casi siempre ligada a las luchas sociales y a los personajes más vulnerables de la sociedad (personajes y situaciones que, además, no le eran ajenos), no se limita a describir las aparentes relaciones de víctima—victimario que hacen de una obra una mera queja social y, por ello, algo perecedero en el tiempo; no produce textos caducifolios que, una vez extraídos de su  cómodo nicho de aparente denuncia social, no sobrevivirían. No. La obra de Revueltas es profundamente crítica, desde su construcción hasta sus temas; no en balde Los días terrenales, una de sus más grandes novelas, le valió el repudio de la izquierda mexicana de aquel entonces. Llega al grado, incluso, de cuestionarse si las intenciones de aquel que reprime son, en verdad “malvadas”. “Lo hacen por comer, no tienen razón de perseguir así a las gentes”, expresa en voz de uno de sus personajes en “La caída”, de su compendio de cuentos Dormir en tierra, en relación a un policía que golpea a un ebrio. Para Revueltas, el hombre, la sociedad, la vida, no pueden, no deben, ser observados a través de la lupa del maniqueísmo.

De la anécdota anterior, del ser excomulgado por el partido comunista, se desprende una verdad: la suya es una literatura de confrontación que, creo, no resulta obsequiosa o fácil de leer; es un espejo. No pretendo decir con esto, de ninguna forma, que a Revueltas sólo tienen acceso los eruditos de las letras; por el contrario: la obra de José Revueltas es, aunque no lo parezca, tan humana, tan desnudamente humana, que se torna universal, aterradora por sencilla y cierta. Es además, infortunadamente, tan certera en sus descripciones, tan desgarradora y cotidiana, que se parece en mucho al presagio, al vaticinio.

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II

Leer a José Revueltas es asomarse a las aguas del pasado y, de igual forma, a las de nuestro presente y futuro. Su literatura puede llegar a ser pesada, pero lo es por cierta, por terrible; por esperanzadora. Las situaciones que describe cobran, hoy más que nunca, validez y certeza. Temas tan obsesionantes para él, tan inmediatos, como lo pueden ser la represión por parte de las autoridades, las carencias del país, la barbarie a la que nos hemos acostumbrado y que ejercemos sin darnos cuenta; la brutalidad para con los animales, la pregunta eterna de para qué la vida, son los mismos temas desde entonces: no hemos cambiado.

Me aventuro a decir algo: no se lee a Revueltas tanto como se debiera, ni de forma tan honda, porque nos habla de quiénes somos: Revueltas es el silencio nocturno, el apagón de ciudad; el momento de lucidez en medio de la borrachera, donde no queda más que mirar dentro de nosotros y enfrentarnos con aquello que somos.

III

Es difícil (quizás innecesario) disociar en Revueltas al luchador social del escritor: cada palabra es un acto de amor para consigo mismo, para con el prójimo, y una exhortación a la lucha por la vida, desde cualquier trinchera.

José Revueltas fue un hombre que amó, antes que la literatura, la vida: al hombre. Estoy escribiendo, y ésa es mi manera de llorar, afirmaba, y no queda sino creerle. Era un hombre profundamente atormentado (quizás el precio de su sensibilidad) que se emborrachaba para poder aguantar el mundo, afirmaba su primera esposa, Olivia Peralta. Para él, las letras, la literatura, eran una forma de estar en contacto con aquello que más amó: la vida.

Hay una jerarquización en los actos y obra de Revueltas: los temas sociales, las clases desprotegidas, son prioridad. Cuando no está en contacto con esos temas se nota acartonado, incómodo. A Revueltas se le halla en sus grandes hechos, no sólo políticos, sino literarios. Quizás al personaje más entrañable, más completo, a José Revueltas Sánchez, se le pueda hallar en los actos cotidianos, nimios en apariencia, pero que suelen ser los más representativos. Con esto queda de manifiesto algo que él mismo plantea: Revueltas fue, antes que todo, un hombre de palabras, no de letras porque, como él mismo decía “las palabras son compromiso y combate: [y] los literatos no pueden sino huir de ellas con la mayor prudencia”.

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Qué pobres, qué tristes, cuán inmensamente endebles, famélicos e insignificantes se antojan los literatos de entonces (y los de hoy, especialmente los de hoy) si se les compara con Revueltas: hombres (hombrecillos, hombrecitos) de letras, temerosos de voltear a ver a su sociedad, incapaces de conjugar los verbos más vitales (amor, empatía, solidaridad) de otra forma que no sea la primera persona.
Otra vez, pareció hablarnos del México al que nos enfrentaríamos de no cambiar el rumbo de las cosas. Y lo triste es, parece, que no hemos cambiado gran cosa desde aquello años. Pero no es sorpresa: la sinceridad, la nobleza, la belleza y la consciencia son virtudes que en este país se pagan con el exilio y el silencio. Revueltas lo supo en vida, y nosotros lo sabemos ahora.

La obra de Revueltas es tan valiosa (más allá de adscripciones políticas o estéticas) que bien vale la pena revisarla, obsesionarse con ella como él lo hizo con el hombre.

IV

¿Qué sabemos de Revueltas? Que su nombre era José, que escribió El Apando, que es autor de Dormir en tierra y que –poco o mucho –tuvo que ver con el movimiento estudiantil del 68. Pero nada o casi nada sabemos más allá de eso: de segundo apellido Sánchez, autodidacta y alcohólico, y que puede hallarse con mayor fuerza en algunos textos breves que no son del todo reconocidos. La caída, “El lenguaje de nadie”, “Natalia”, “Noche de Epifanía” y Los motivos de Caín son los textos donde hace el uso exacto del lenguaje, y las palabras no sobran ni faltan. A José Revueltas se le halla más en los rincones, en los lugares ignotos, que en los lugares concurridos. Revueltas sabía exactamente de lo que hablaba cuando narraba sobre las calles y la soledad; así nos dejó conocerlo, y lo que ignoramos de él, lo que el tiempo ha enterrado, su lenguaje es capaz de traerlo al presente al primer fuste de la sílaba.

El lenguaje es una preocupación (o mejor dicho: una ocupación) constante en la obra de Revueltas. Como mencioné someramente con anterioridad, en el cuento “El lenguaje de nadie” hay una profunda disertación lingüística. Sin embargo, y esto caracteriza a toda su obra narrativa. No hay una necesidad imperativa de conocer a fondo todas las ramas de las humanidades para disfrutar (acaso comprender) la obra de Revueltas.

 

Hago aquí una confesión que, tal vez, se haya notado desde antes: no comprendo (y nunca lo he intentado) la gran mayoría de los fundamentos teóricos que poseía Revueltas. Sin embargo, nunca ha sido impedimento para leer (y dejarme afectar) por su obra. Esto se debe, creo, al carácter, como ya había dicho, profundamente humano, universal, de sus personajes y sus situaciones.Revueltas usa el lenguaje (su adjetivación, por ejemplo, que puede a momentos sentirse sobrecargada) para embellecer, jamás se esconde detrás de él. Su lenguaje no es artificio ni pirueta lingüística, sino un puente que tiende.

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V

Intentar abarcar toda la obra de Revueltas, y hacer un análisis minucioso de ella, es tarea ardua que, por supuesto, no pretendo. Este ensayo está elaborado desde el punto de vista, digamos, del aficionado, del que sabe que está en presencia de algo inacabable, inefable. La parte que más me interesa es aquellaque atañe a lo social, y no por el tema en sí mismo (que debería ser tema sobre el que se arroje más luz) sino por el despliegue, inconsciente quizás, que Revueltas hace de su talento, de su humanidad, de sus palabras, cuando el texto al que atacaba era de ese corte.

Pretendo, además, que esto funja, de igual forma, como una invitación encarecida a revisar la obra de este autor, y hallarle, precisamente, en los lugares menos socorridos en ocasiones: sus cuentos. Se habla del Revueltas de El Apando; yo prefiero hablar del Revueltas de La caída. Se habla del Revueltas de Dios en la tierra, yo hablo del Revueltas de Verde es el color de la esperanza (texto, además, que a mi parecer da origen, es semilla, de El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez).

Revueltas es tan basto que se le puede analizar bajo distintas perspectivas, eso lo tengo claro. Y creo, también, que es necesario criticar a Revueltas, analizar su obra, desacralizarla; si sus restos no están en La rotonda de los hombres ilustres, en un pedestal, ¿por qué su obra sí debía estarlo? Me gusta hablar de los errores de Revueltas, de su obra fallida, de sus pifias, porque eso es también Revueltas: un desborde emocional, un vendaval de palabras, una presa desbordada que no sabía a dónde dirigir su fuerza. Negar al que falló es negar a Revueltas en sí mismo: la valía de su obra no reposa en una pulcritud obsesiva (que, efectivamente, presenta) sino en su carácter desgarrador, lúgubre, atroz.

Pero antes que todo, creo, la literatura de Revueltas debe ser vista (porque así él parece haberlo hecho) como un llamado a la humanidad, al amor, al compromiso social. Leamos a Revueltas, mucho, siempre, pero también seamos José Revueltas, atendamos al llamado del hijo del hombre: estos tiempos convulsos, terribles, así lo exigen. El conocimiento, el arte, la vida, cobran fuerza, se hacen más bellos cuando se hacen puente que nos una, que nos hermane, que nos ayude a reconocernos.

Muchas cosas se pueden decir de él, mucho se teorizará; sin embargo, como él mismo gustaba de decir, y como en su tumba reza, y como su obra lo dice: “Gris es toda teoría, verde es el árbol de oro de la vida”.

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