#SoundAndVision. El Mil usos 2: las fronteras son y están

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

El hombre que ignora a qué temperatura, con qué suficiencia acaba un algo
y empieza otro algo; que ignora desde qué matiz el blanco es blanco y hasta dónde […]
no alcanzará, no puede alcanzar a saber, hasta qué grado de verdad un hecho
calificado de criminal es criminal.

Muro Noroeste, César Vallejo

 

En la película de los 80 El mil usos 2, protagonizada por Héctor Suárez, Tránsito, el personaje principal, pregunta a un hombre, casi al final del filme “¿aquí ya es México?, ¿acá es Estados Unidos?”, mientras está parado sobre el puente que divide ambos países. Cuando queda aclarada su duda, luego de preguntar lo mismo dos o tres veces, grita —hacia Estados Unidos— la mentada más fuerte que recuerdo haber oído en una película: el sueño americano roto; Odiseo que regresa a su Ítaca de nopaleras. Y lo grita desde México; un paso más, o dos, a la izquierda, y lo hubiera gritado desde Estados Unidos. Al personaje que le pregunta dónde empieza un país y acaba otro, tal vez le pareció rara la insistencia, pero era una duda legítima; es más, yo lo hubiera preguntado otras tres veces, porque con las fronteras no se sabe bien, parecen cobrar vida por la noche: cuando uno despierta, ya están más cerca de lo que estaban el día anterior. Y entonces surge la pregunta (o se acerca, porque ya rondaba desde hace días) ¿dónde una cosa deja de ser esa cosa y empieza a ser otra?

Comencemos con las fronteras más inmediatas que tenemos, que existen mucho antes que nosotros: la luz y la oscuridad. En términos sencillos, sólo tenemos dos grandes porciones para medir los días: hay luz o no la hay: es de día o es de noche. Pero entonces se inventó el tiempo (o existía ya, pero comenzó la medición del mismo) y subdividimos los momentos de luz en día y tarde; para la oscuridad, hay noche y madrugada. Sin tener un reloj a mano, ¿cómo podríamos saber que acabó la noche y comenzó la madrugada? Con el día es más sencillo: la posición del sol, el segundero original, nos puede decir la diferencia, pero la oscuridad tiene fronteras menos claras. Llega el atardecer, se dibuja una delgada cicatriz de cobre en el horizonte (otra frontera) y sabemos que el día terminó. Nadie, o casi nadie, muere por no saber cuándo empieza la madrugada y acaba la noche.

Las fronteras de los derechos son tema aparte, y debido a ellas ha muerto un montón de gente (¿cuánto es un montón?, ¿diez, veinte personas? ¿Aplicará en este caso la regla de “dos son multitud”?, ¿cuándo un montón es un montón y no otra cosa?). Porque los que dicen “tu derecho termina donde empieza el mío” no sé si diferencien con exactitud dónde acaba el suyo y empieza el del vecino. No existe, hasta dónde sé, una autoridad catastral en lo que se refiere a derechos y convivencia, algo o alguien que diga “su derecho a fumar, señor González, colinda al norte con el derecho de la señora Zavala a cuidarse durante el embarazo; al sur, con el derecho del señor Martínez a que su ropa no huela a cigarro” y así por el estilo. Nos dieron derechos, pero nos los dieron sin medidas. Los derechos que nos han dado están allá arriba, estuvo a punto de escribir Rulfo para el cuento que abre su Llano en llamas, pero no quiso meterse en problemas. Prefirió hablar sobre la tierra, y los límites que marcamos en ella. Marcar límites, fronteras, en algo que tiene cuerpo, es, hasta cierto punto, tangible. Pero, ¿qué pasa con las fronteras de lo que no tiene cuerpo?

Fronteras1 Hablemos, entonces, de las fronteras que han de trazarse en lo intangible: el vacío. Tren suburbano, 9:30 de la noche, estación Buenavista con destino a Cuautitlán; el aire huele a Channel #9 (que resulta de mezclar el #4 con el #5 y un poco de sudor) y a restos de comida, digerida y sin digerir. El vagón se llena, cada vez más. Las mujeres, tan arregladas por la mañana, tan limpias y correctas, ahora luchan por un asiento (la delgada línea entre lucir glamorosa y no lucir, también tambalea) y los hombres también están en la frontera entre ser caballerosos y ceder el asiento, o no cederlo; ceder o no ceder, he ahí el dilema. Cada asiento es una frontera bien definida, pero ¿qué pasa con los que viajan de pie? ¿Cómo saber dónde acaba y dónde empieza un lugar cuando éste no está trazado con algo, o en algo, material? Los asientos están ya todos ocupados, pero el vagón se llena más y más: es inevitable empujar a alguien y que te empujen; son inevitables, de igual forma, las miradas hostiles, las quejas, los pensamientos de que nuestra frontera individual, nuestro pedacito de vacío, está siendo violentado. El tren avanza y la frontera entre DF y Estado de México es traspuesta, aunque no se sienta (¿sienta, sentarse? ¿Quién dijo sentarse?). El tren es veloz, afortunadamente, y el recorrido se hace corto.

Veloz, ¿qué es veloz? ¿Cuándo se sabe que alguien o algo es veloz y cuándo se sabe cuando no lo es? Hace poco, un par de semanas, se modificó el reglamento de tránsito del DF. Ahora el límite de velocidad, es decir, la frontera entre ir a exceso y no ir a exceso de velocidad, ha cambiado. La frontera se ha movido, se aburrió de dormir en el 90 y se mudó al 80, pero no es de sorprender, ya dijimos que las fronteras tienen patas, y a veces pelos como alambre de púas; seres horribles, volubles. Y entonces se piensa en la diferencia entre legal y justo, términos separados por una frontera delgadita, a veces invisible, como la existente entre el nervio y la carne en un bistec. Ya lo dijo César Vallejo: La justicia no es función humana. No puede serlo. La justicia opera tácitamente, más adentro de todos los adentros, de los tribunales y de las prisiones […] La justicia, pues, no se ejerce, no puede ejercerse por los hombres, ni a los ojos de los hombres.

Tocante al tema de la velocidad, y al del carácter de delincuente, hace un par de semanas le hice una pregunta a un amigo que es ingeniero mecánico, y muy aficionado a la física:

Yo: Oye, ¿es lo mismo desacelerar y frenar?
Él: No, bueno sí. Algunos libros lo manejan como lo mismo, pero otros no.
Yo: ¿Y cuál es la diferencia?
Él: Frenar es aplicar una fuerza contraria a la que impulsa al objeto; desacelerar es simplemente dejar de aplicar la fuerza que impulsa al objeto. Te digo, a veces lo manejan como lo mismo, porque de cierta forma el aire y la fricción siempre te van frenando.
Yo: Ahh, órale.
Él: Oye, ¿cuándo me vas a pagar?
Yo: Luego.
Él: ¿Cuándo es luego? Pinche abusivo.
Yo: ¿Abusivo? Si no tiene tanto que me prestaste.

Y pudimos haber discutido sobre la delgada línea entre ser abusivo y no serlo, pero por WhatsApp no se puede. ¿Dónde comienza a ser abusivo alguien, respecto a temas de dinero? No se sabe, es algo que varía; una frontera de criterios. Conozco gente que te llama abusivo por un retraso de un día; otros, con paciencia de santo, no te llamarían así hasta que cruces la frontera de los 12 meses de deuda. La frontera que separa a los abusivos de los no abusivos es escurridiza, pero todos, de una forma u otra, la trazamos. No en balde el dicho de “te estás pasando” al que, a veces, se le agrega la palabra “de” y el adjetivo de nuestra preferencia. Otra vez, una frontera, un límite que trazamos: hasta aquí puedes llegar, no más. Allende este punto, eres un invasor, y como tal deberás ser castigado.

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Abusivo. Abusador: palabras no tan lejanas en cuanto a golpe de oído se refiere, pero en términos de significado la distancia es enorme. La segunda, por ejemplo, tiene una carga más fuerte que la primera; en ocasiones se acompaña del sufijo “de menores”, lo que alude a alguien que pasó la frontera de lo legal y sostuvo una relación sexual con un menor de edad. Son comunes los casos de hombres (y mujeres, en menor medida) que fueron a dar a la cárcel por dicho delito, aunque la persona con la que yacieron estuviera a un paso de cruzar la frontera que separa a los menores de los mayores de edad. Una persona de 17 años, con 11 meses y 27 días, aún es un menor de edad. La ley puede no ser justa, o clara, pero es la ley; una frontera que separa a los que delinquen de los que no. Existen también las otras fronteras, más biológicas todas ellas, que separan a los seres –hombres o mujeres- maduros de los no maduros; a los aptos para la reproducción de los que no lo están, aunque claro, éstas comienzan, casi siempre, antes de la frontera de los 18 años que ha marcado la ley en este país. La moral, entonces, es otra frontera maleable, que cambia cada cierto tiempo y nunca se está quieta.

Hablando de huecos legales, también es caso común el de las llamadas “zonas oscuras” donde las leyes no son del todo claras y pueden moverse un poco a la izquierda o un poco a la derecha, según sople el viento (aunque está comprobado que los billetes de mayor denominación, en cantidades fuertes, producen, al ser agitados, vientos de hasta 100 nudos por milla). Lugares donde la luz no llega del todo, y entonces la ambigüedad, enemiga natural de las fronteras, anida. Cosas que no son ilegales, pero tampoco son legales; perogrulladas y tecnicismos que entretejen una red de ambivalencias. En estos casos, debe ser una autoridad, un juez en cualquiera de sus presentaciones (réferi, juez de la suprema corte, oficial de policía, árbitro, mamá, prefecto, etc.) el que dirima las cosas turbias; como el ampáyer del béisbol revisa y limpia cuidadosamente el diamante, para dejar bien claras las fronteras del juego y evitar confusiones, así la figura de autoridad retira el polvo de la ambigüedad que se ha posado sobre las leyes, para que sus contornos, sus fronteras, se aprecien correctamente.

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El papel de las fronteras, en los deportes de casi toda índole, no es menor. En el fútbol soccer, por ejemplo, hay un sinfín de ellas: las visibles, que señalan dónde termina el campo y dónde comienza el área chica o el área grande, o las invisibles, como la trazada imaginariamente para identificar el fuera de lugar. Lo mismo en deportes como el basquetbol, el tenis o la natación (estos dos últimos, además, tienen la frontera del dinero, porque la mayor parte del tiempo no son accesibles a las clases más bajas); lo mismo con los deportes de contacto: los golpes por debajo del cinturón —frontera— en box, están prohibidos (y por ello algunos boxeadores se suben el calzoncillo prácticamente hasta las axilas, con el consabido riesgo de parecerse a Mickey Mouse; no está prohibido, aunque tampoco es legal) y en lucha olímpica, así como en sumo, pierde quien es arrojado fuera de los límites del área de combate. No podríamos entendernos sin fronteras, parecemos seres que llevan la jaula por dentro de la carne, al contrario de las aves. La guerra, en casi todas sus variantes (como lo son los deportes de contacto, guerras bellas, casi inofensivas, donde la muerte no es parte de la ecuación) hallan su origen en alguna de las aristas de las palabras frontera y límite; nosotros y ellos.

Aunque he descrito a las fronteras, mayormente, como una herramienta de exclusión, también pueden ser usadas en forma, digamos antinatural , suponiendo que haya naturalidad en excluir. No son pocos los casos de aquéllos que han resignificado sus fronteras y las han intervenido o expropiado, en el sentido más amplio de la palabra. Pongamos como ejemplo los murales realizados en las láminas que separan Estados Unidos de México o, en menor medida, la invención del deporte frontón, que se le atribuye a los internos de las cárceles: un muro, destinado a aislarlos, separarlos, se convirtió en elemento indispensable para su esparcimiento. O los grupos marginados dentro de una sociedad, que terminan por trazar sus propias fronteras —una discriminación del discriminado; ejercer, como dice Foucalt, poder desde la opresión— en ocasiones por medio de barreras lingüísticas: la creación de un dialecto que deja, por antonomasia, afuera a quien no lo domina. Cuando niño, algunos de mis compañeros hablaban el dialecto de la “F”, donde colocaban el fonema “efe” en medio de cada sílaba; quien no lo entendía quedaba fuera, no entendía el mensaje: era extranjero. Pienso, también, en el caso del primo de un amigo cercano, que labora como celador en una prisión en las orillas de Oaxaca, que nos contaba que los presos, en ocasiones, ni siquiera hablan español, o lo hablan como segunda lengua, y entonces su primera lengua, desconocida para los celadores, la usaban para comunicarse entre ellos; una frontera lingüística que deja fuera a quien no conozca el idioma; extranjeros. Después de todo, las fronteras son delgadas cuando se trata del lenguaje: tránsito, transito y transitó, palabras que se escriben exactamente igual, varían enormemente según dónde se coloque el acento, una pequeña frontera de tinta. “La perdida de tu hermana” no es igual a “La pérdida de tu hermana”, aunque sólo separe a ambas frases un simple acento, frontera casi invisible.

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Si las fronteras son animales —se me antojan más cercanas a los perros, que serán salvajes o dóciles, útiles, según la forma que las criemos o creemos— hablemos entonces de aquéllas que se entienden como protección. Algunos antropólogos se explican el miedo a la oscuridad, tan presente en algunos de nosotros, como la reminiscencia de nuestro antepasado, el homo habilis, que todavía era presa; el hombre que aún tenía depredadores (años, miles de años, después de iniciada la evolución, una vez traspuesta la frontera original: el agua). Las fronteras de la oscuridad, si eran traspuestas, conllevaban el riesgo de morir a manos –garras- de algún animal salvaje. En La máscara de la muerte roja, Edgar Allan Poe relata la construcción de una enorme fortaleza, amurallada, para dejar afuera la peste que azotaba la región (claro está que el protagonista, al ser un príncipe con tintes de tirano, dejó fuera a todos los pobres). Las murallas que se construyen en las costas de países azotados por tsunamis son, por decirlo así, una frontera que deja afuera al mar, cuando éste quiere pasar la línea de la playa, el muro exterior de su prisión de arena y piedrecillas. No es esto, en modo alguno, una apología a la xenofobia de muchas naciones actuales, que usan las fronteras como escudo, como arma contra los “otros” (el tono de piel, la religión, el lenguaje, también como fronteras que marcan un ellos y un nosotros).

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Las fronteras, entonces, están presentes siempre y, echando mano del verbo en inglés to be, en el que la frontera entre ser y estar es tan delgada, las fronteras son; son y están. Nos hacen ser y nos hacen estar, de un lado o del otro (o en medio, aunque no convenga mucho a veces, o sea lo más conveniente en otras); siempre, en algún punto de esta tierra, de esta vida, seremos, para alguien, los otros, los extranjeros; los del otro lado. Aunque cuando se trata de lo humano, donde las fronteras son tan poco claras, me parece que el cuidado debería ser extremo, pues como dijimos, a veces se pronuncia, casi como si fuera un mantra “tu derecho termina donde empieza el mío” pero, en las cosas sin cuerpo, como el aire, las creencias o las ideas, ¿cómo se traza una frontera? Sólo se me ocurre una respuesta: diálogo (parecido, que no igual, a dialogo y dialogó). Las palabras, a veces, parecen ser la única forma de establecer fronteras satisfactorias para todas las partes involucradas en un estira y afloja de líneas divisorias. Después de todo, más allá de la palabra yo, todo el mundo es de todos, o no es de nadie.

(Y como la línea entre vida y muerte parece ser la más inestable, mi más sentido pésame por el sol de la mañana).

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