#SoundAndVision. Xtro 3: Vigilen los cielos

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

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Hace más de 20 años, un día entre semana por la noche, proyectaban en el canal 7 una película titulada Xtro 3: vigilen los cielos. La trama era sencilla, a momentos fácil y ramplona, pero da pie a numerosas lecturas, algunas más profundas: un comando militar es enviado a una isla a investigar casos de asesinatos y desapariciones. Al llegar ahí, se percatan de que 1) la isla no es un lugar cualquiera, es una base militar donde se investigaba algo y 2) ese algo es una nave alienígena recuperada años atrás por el gobierno norteamericano.
A la mitad de la película se descubre que el responsable de las muertes es una criatura alienígena que logró sobrevivir al choque y que, además, desarrolló un fuerte odio hacia los humanos al presenciar la disección de su compañero (compañera, en realidad) de viaje, intervención que, por supuesto, se llevó a cabo sin ningún miramiento hacia la integridad de la criatura, quien murió debido a la misma. El filme me marcó por dos cuestiones: me transmitió la soledad más grande —estar lejos del hogar y rodeado de extraños que, además, se llevaron al último que se te parecía— y, también, porque es una de las contadas películas que vi, completas, al lado de mi papá.

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Si bien es cierto que para comprender algo es, en ocasiones, necesario abrirlo, inspeccionarlo, separarlo en sus componentes, este proceso conlleva, en la mayoría de las veces, una destrucción de eso que intentamos analizar. En el filme mencionado, el método de asesinato del alienígena era, precisamente, la vivisección, proceso que dominaba totalmente luego de desmantelar los cuerpos de todos los científicos de la base. En la escena más gráfica, en la que el único sobreviviente del comando logra acercarse a la guarida de la criatura, observamos a su última compañera, su subalterna —quien se había extraviado en el bosque— siendo despojada, con precisión obsesiva, de partes muy específicas de su anatomía; recuerdo, con claridad, cuando el alienígena extrae el oído interno, ayudado de un pequeño taladro.
Los niños que intentan ver cómo funciona su juguete favorito y que, una vez abierto y separado en sus elementos, no pueden ensamblar de vuelta a su estado funcional; la mariposa o mosca a la que se arrancan las alas para observarlas a detalle: el hijo al que se aleja en un proceso que intentaba ver cómo funciona la paternidad. En lo que está vivo, el análisis a veces cuesta la vida misma. Quizá entonces la vida no se comprende, se aprecia desde lejos, o se le teme. O se le hace temer.

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La criatura extraterrestre, además de ser sumamente veloz, y de tener la capacidad de camuflarse con el ambiente, era resistente a las balas y a cualquier arma. Por lo tanto, era invencible en términos humanos. La única manera de contenerla que se les ocurrió fue encerrarla en una prisión de capas y capas de concreto; un Minotauro moderno en un laberinto igualmente inexpugnable. Cuando le pregunté a mi papá si eso era posible, si en verdad existían los extraterrestres, o si de existir tenían sentimientos así de fuertes como para orillarlos a la venganza, no me supo contestar. Era un día entre semana, a la mañana siguiente había que levantarse a la escuela, al trabajo, a la vida: a las cosas que nos arrancan, también poco a poco, partes del cuerpo, sólo que nos las dejan dentro de la piel. Era un día entre semana, nos desvelábamos juntos, y fue lo más cerca que pudimos estar de ese fenómeno extraño de la paternidad sin arriesgarnos a perder una parte de nuestra distancia controlada, a la que estábamos tan acostumbrados. Las demás cosas, las que no entendíamos —ni entenderemos— las encerramos bajo capas y capas de un silencio espeso y cotidiano, como el concreto, sobre el que construimos cada quien su mundo.

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Al final, en lugar de buscar venganza con el resto de la raza humana —lo que yo creí que pasaría— la criatura huye; supongo que vuelve a su planeta de origen. La distancia es, acaso, la única forma de supervivencia cuando ya se ha comprendido la vida y no nos gusta lo que vemos; sólo el aire cierra las heridas que no caben en el cuerpo. Terminó la película, papá y yo nos fuimos a dormir, y nunca más hablamos de ella. Los recuerdos, las memorias, son cuerpos extraños, caprichosos, a los que no siempre es posible comprender sin destruirlos en el proceso; tal vez de tanto regresar a ese recuerdo, para entenderlo en su totalidad, le he quitado algunas partes que ahora ya no sé cómo colocar de vuelta, o le puse algunas que no pertenecían al cuerpo original. Pero pasó.

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A la usanza de las fábulas, es más cómodo, creo, aleccionar sobre nuestra condición humana a través de criaturas no humanas. En ese mismo tenor, Starship troopers (Paul Verhoeven ) y District 9 (Neill Blomkamp) se pueden tomar, además de como películas de acción muy entretenidas, como críticas eficaces y muy fluidas sobre el Nazismo y el Apartheid, respectivamente; sobre lo humano, en conjunto. Este ejercicio resalta nuestras similitudes, debiera acercarnos a los que creemos radicalmente distintos. En la película, por ejemplo, si el extraterrestre sabía cómo intervenir los cuerpos humanos era porque había visto cómo se intervino a su compañera, y entonces se deriva que su cuerpo, y el de los humanos, no era tan distinto.

Es más fácil diseccionar nuestra condición humana, analizarla y criticarla, a través del desmembramiento o descripción de un cuerpo ajeno, un cuerpo alienígeno y ficticio. Arriba como abajo. Mirar al cielo para entender la tierra; lo que pasa en un extremo pasa en otro, ya sea del universo o del sillón frente a la tele.

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Alienígena, creo, es una palabra que hace referencia a lo que nos es ajeno, a los otros; a los que no parecen pertenecer a nuestro mundo, o al menos es una de las acepciones que posee, aunque me viene —o nos viene— a la mente, con más frecuencia, lo relacionado a los extraterrestres. Sin embargo, aquella noche, hace ya años, cuando vi la película con mi papá, éramos dos seres parecidos, uno producto del otro, aunque ajenos, muy ajenos, casi desconocidos. Dos habitantes de dos mundos disímbolos. Alienígenas los dos, cada cual a su manera, para el otro.

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El martirio al que es sometida la criatura alienígena es, a mi parecer, una crítica, bastante digerible, hacia la vivisección y las relaciones que los seres humanos hemos entablado hacia el resto de los animales de la tierra. Es una película de bajo presupuesto, claro, y que deja mucho que desear en términos muy amplios, pero que toca fibras sensibles sin, precisamente, castigarlas o atrofiarlas; las evidencia, mas no las extirpa o martiriza. Y basta, es suficiente y funcional en su rango. Parece decirnos “revisemos el trato que damos a los animales, empaticemos” sin usar esas precisas palabras. Pienso, ahora pienso, que es similar a decir “hoy puedes desvelarte” para decir algo más, algo más hondo, porque no se sabe decir de otra forma, o no se tienen los recursos.

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