The Rolling Stones, la enchamucada maquinaria de la nostalgia

Por Iván Cruz Osorio
@IvanCruzOsorio

El concierto más rabioso y frenético de los Rolling Stones que he presenciado en este tercermundanal ruido fue el que dieron el 9 de febrero de 1998 en el Foro Sol. Era la gira Bridges to Babylon que promocionaba el disco homónimo. En plena edad de la cosquilla, mis ingobernables y blueseritos 17 años me exigían estar en las gradas entre vetustos salteadores, que entre lagrimones y aullidos seguían los legendarios riffs de Richards y las mínimas caderas malagueñas de Jagger. Juegos artificiales, un escenario con columnas “babilonias” y una gigantona pantalla en forma de huevo en el centro, sin olvidar el fantasmal puente que volaba sobre las cabezas de los excitados fans de las primeras filas y que llegaba a un infonavitesco escenario de 4×4, ubicado a la mitad del foro, donde sus la banda se echaba sus hits de los años 60, para luego regresar por el mismo puente al escenario principal y dar su repertoriazo de los años 70, 80 y 90. Los Stones eran en esencia los mismos morros desmadrosos de décadas atrás, pero yo no los veía con ojos de nostalgia, para mí eran únicos, un show para estadio insuperable (mi referente anterior había sido un concierto de Elton John en el estadio Azteca en noviembre de 1992 con rayos láser, que ya se quedaba bastante chato), y una actitud de autosuficiencia y valemadrismo trascendental para mis 17 años.

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Durante mucho tiempo ese fue el concierto de mis amores y amoríos en cuanto a música, escenario, efectos, show. Pese a que pude escuchar en vivo a otros héroes de mis mil batallas como Lou Reed en 2000, King Crimson y Eric Clapton en 2001, Roger Waters y Paul McCartney en 2002. Pero la nostalgia llega, secretamente a través de los conciertos, las bandas, las canciones que vas acumulando. En el fondo es eso, repetir una y otra vez esa rola apabullante por llegadora. Siempre se mueve la nostalgia, las míticas y mitoteras bandas llegan a nosotros por la nostalgia, una nostalgia que ni siquiera es nuestra porque esas grandes rolas que hemos hecho nuestras no pertenecen a nuestra generación, pero terminan por hablar de nosotros y explicarnos. Debo confesar que las rolas de los Rolling que más desentono en la bañera son las que conforman los discos: Beggars banquet (1968), Let it bleed (1969), Sticky fingers (1971) y Exile on Main St (1973). Los años dorados y furiosos de los Stones, la maldición, la maledicencia, el vituperio, las benditas hermana morfina, heroína y la prima cocaína, el aguardiente, mujerzuelas y hombrezuelos, todo es arteramente sacado a la luz de la luna. Su obra previa como la multicitada y maltraída “(I Can´t Get No) Satisfaction” es uno de esos himnos del rock que se ha deslavado con el tiempo y que ni siquiera tiene el mismo significado de rebeldía para sus autores. Bendito el demonio, otras bandas han traído sus himnos de rebeldía, que dejan a “Satisfaction” como una amable abuela del deschongue.

La segunda vez que los escuché fue en el mismo foro el 26 de febrero de 2006, la gira A bigger bang los retachaba: el escenario era menos delirante, el puente era menos legendario. Las viejas piedras cantaban, como el Paul McCartney que había visto por primera vez en 2002, para un público ávido de percibir su aura mítica, era eso, no cantaban o tocaban mejor que años atrás, incluso el espectáculo como tal se relajaba, para ellos también había dejado de ser tan excitante como la primera vez y empezaban a crear frases en español para ganarse a la audiencia y demás gestos populacheros. Aun así aullé y lagrimeé como los vetustos salteadores que 8 años atrás ocupaban los asientos a mi alrededor. Pero otro proceso de la melancolía se encontronó en mí: agradecí el desmadre del concierto, no obstante extrañé las ausencias de ese escenario, y entre ellas, la más sagradamente endiablada, la de Brian Jones (1942-1969). El más virtuoso por la cantidad de instrumentos que tocaba, por los arreglos distintos; él fue el causante del periodo más experimental de los Stones, llevó al sonido de la banda, por ejemplo, la citara en “Paint it black” o la marimba en “Under My Thumb” o el dulcimer en “Lady Jane” o los arreglos de slide para “No Expectations“, entre otras. Cabe señalar su participación en el saxofón en la rola Lennon/McCartney: “You Know My Name (Look Up The Number)”. El sonido de los Stones con él fue decididamente experimental, sin él se definió rumbo al blues y se estableció brillantemente ahí, lo que, sin embargo, al paso del tiempo los volvió predecibles.

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Se dice que a los monstruos del rock hay que verlos siempre, sea como sea, cuando lleguen a tu ciudad, suscribo totalmente. Pero en esta ocasión, en sus dos tocadas del 14 y 17 de marzo, en el mismo Foro Sol, entendí, quizá más temprano que tarde, que la nostalgia ya no me alcanza para querer verlos y pagar los feroces precios de OCESA o lidiar con la voracidad de los revendedores. Nuevos y rodantes escuchas de los Stones están empezando el camino (amén) de la nostalgia, esa maquinaria tan efectiva para los monopolios empresariales que nos traen a estos gigantones. Lo cierto es que todos debemos aprender a administrar nuestros lagrimones negros, por mi parte prefiero ver a sus sataneras majestades en las callejuelas de La Habana vieja entre los ecos inmarcesibles de la Sonora Matancera y las gallinas descabezadas de los santeros con un daikiri en la mano el próximo 25 de marzo.

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