Tláloc cómete un snickers

Por Óscar Muciño
@opmucino

Las capas de sedimentos que conforman la memoria nacional delinean nuestra composición social e ideológica. La más clara prueba son las formas priístas que permean cualquier institución, organización y hasta relaciones personales, como una especie de atavismo. Los doce años de “transición” no existieron.

Entre varias de estas reminiscencias, está la que guarda el barrio de Tepito, un lugar donde se concretó la conquista de la ciudad de México -Tenochtitlan y que fue uno de sus últimos reductos de lucha. Existe una placa alusiva en la Plaza de la Concepción.

O la incorporación de elementos de la cosmogonía mexica, trastocados por el tiempo y pasados por un barniz comercial, como símbolos que intentan enraizarnos, e identificarnos con lo anterior a la herida de haber sido conquistados, colonizados y subrogados para beneficios de otras naciones. Hay playeras, cuadros con dioses prehispánicos, incluso existen algunas páginas de memes prehispánicos.

De las crónicas aztecas incorporamos a La Llorona, cuya primera referencia es recogida por León Portilla en Visión de los vencidos, La Llorona es uno de los presagios funestos antes de la llegada de los españoles:

Sexto presagio funesto: muchas veces se oía: una mujer lloraba; iba gritando por la noche; andaba dando grandes gritos: -¡Hijitos míos, pues ya tenemos que irnos lejos! Y a veces decía: -Hijitos míos, ¿a dónde os llevaré?

También algunos ritos funerarios se mezclaron con los ritos cristianos, pienso en la idea de rezar un rosario de nueve días tras el fallecimiento de alguien, esta costumbre probablemente viene entrelazada con aquella concepción cosmogónica que situaba el paso al Mictlán como un viaje de nueve días.

Uno de los dioses que más curiosidad me genera es Tláloc. Vigente y en boca de todos cada vez que ocurre una lluvia fuerte que desquicia la ciudad de México. Hay comentarios, se leen titulares en los periódicos: Tláloc anda desatado, Tlaloc enojado, Tlaloc detente, Tláloc cómete un snickers.

Tlaloc 1

Tláloc es uno de las deidades más antiguos de Mesoamérica, se han hallado vestigios de él que datan del año 600 a.C. El mito, en el códice Aubin, cuenta que una vez llegados los mexicas al lago del valle el sacerdote Axolohua se sumergió en la aguas para volver al día siguiente con un mensaje: “Fui a ver a Tláloc, porque me llamó, dijo: Ha llegado mi hijo Huitzilopochtli, pues aquí será su casa. Pues él la dedicará porque aquí viviremos unidos sobre la tierra”. Podría interpretarse como la unión de un dios nómada, guerrero, y un dios agrícola.

El monolito que está en la entrada del Museo Nacional de Antropología mide siete metros y pesa alrededor de 168 toneladas. Un 16 de abril de 1964, durante el sexenio de Adolfo López Mateos, Tláloc fue trasladado de San Miguel Coatlichán, Estado de México, a la avenida Reforma; en una operación dirigida por Pedro Ramírez y que requirió de varios tráilers, cuerdas de acero y una plataforma con capacidad para soportar 200 toneladas, además de la destrucción del paisaje de los alrededores y la creación de una vía pavimentada.

Los habitantes de San Miguel denunciaron en su momento un despojo, pues nunca estuvieron de acuerdo con el traslado del monolito, además mencionan que en realidad en Reforma se encuentra Chalchiuhtlicue, diosa de los lagos y las corrientes de agua y que el verdadero monolito de Tláloc continúa enterrado en lo alto.

Chalchiuhtlicue en su morada original permanecía acostada y con su cabeza orientada hacia el sur. Es la dualidad de Tláloc, y al ser diosa de las corrientes debía estar en las faldas, unida con Tláloc por la serpiente de agua que formaba la corriente del río.

A Chalchiuhtlicue también se le conoce como la Piedra de los Tecomates, que son vasijas de forma redonda y de boca grande; este nombre hace referencia a las cuencas que tiene la deidad en su cintura, cuando éstas se humedecían significaba que iniciaría la temporada de lluvias, y cuando llovía se llenaba y el agua contenida tenía propiedades divinas, además agricultores llevaban algunos granos para colocarlos en los tecomates, como ofrenda para obtener una buena cosecha.

Para poder llevarse de San Miguel Coatlichán a la deidad el gobierno de López Mateos tuvo que enviar al ejército a controlar a los pobladores, otro reminiscencia, pues sabotearon constantemente la obra: ponchando llantas, escondiendo herramientas, apedreando a los trabajadores. Llegadas las fuerzas armadas establecieron un sitio en la población que permitió realizar el proyecto.

La crónicas de la época relatan que alrededor de las 20:40, cuando ya estaba en la ciudad, se desató un tormenta que inundó varias colonia del D.F. Si bien no existe una versión oficial sobre si es Tláloc o Chalchiuhtlicue quien está en el Museo de Antropología, para la memoria de los habitantes de San Miguel es una certeza que él sigue enterrado.

Finalmente (y “poéticamente”) me pregunto, ¿acaso es la persistencia del agua la que provoca que sus deidades prevalezcan en la mente de muchos habitantes del Valle de México, o sólo que con cualquier lluvia nos inundamos?

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Fuentes:
http://www.jornada.unam.mx/2014/04/05/espectaculos/a08n1esp
http://www.arqueomex.com/S2N3nTlaloc96.html
http://www.arts-history.mx/blog/index.php/component/k2/item/769-el-monolito-de-coatlinchan

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