Todo tesoro tiene sus riesgos

por Erika Arroyo
@_earroyo

A trote, Rayo de Sol recorre el lindero de la pista de carreras calentando la tierra y encantando el polvo con la aparente ligereza que hace de esa mole de músculos y sedosa crin, el objeto de las apuestas más jugosas. Imparable, no ha perdido la principal en toda la temporada, el hipódromo se derrite a su paso y él ni siquiera lo sabe.

El pura sangre que corre sobre la pista del dinero es una importación que viajó en barco desde el norte de Reino Unido sin montura pero con un certificado Stud Book y unas patas ejemplares para las distancias y la velocidad. Llegó para colocarse en los titulares de un pueblo en y en la colección de posesiones de un hacendado que lo adquirió a cambio de un cargamento de café y una de sus propiedades en un paraíso pesquero. “Una inversión, una mina de oro”, decía en cada oportunidad, como solía hacer para encontrar la utilidad a los caprichos extravagantes de un aspirante a ser extranjero a costa de perder lo que fuera. Bienvenidos a #Postales.

Un telegrama y un dibujo de algún estudiante de artes plásticas bastaron para hacer labor de venta.

Oye, papi, ¿pero por qué este caballo tiene grumos en el pecho?
No son grumos, son músculos.

Sir John, como a sí mismo se re-bautizó, contaba los días para ver con sus propios ojos a aquel cuadrúpedo con el que se imaginaba cabalgando gentilmente rumbo a algún juego de criquet o tarde de té. La realeza no anda en burro.

Antes de ser Rayo de Sol, el titán del hipódromo, fue Ballo, una encarnación de un caballito de carrusel de feria que en el imaginario de Jorgito se había escapado de la estructura giratoria para visitarlo tras haber mudado de dientes.

Su paso por aquel lugar fue fugaz, pero memorable. Sin duda, era un caballo envidiable, de porte inmejorable y relinchar melodioso, pero tenía un defecto: le temía a los ratones. Nadie juzgó su fobia hasta que se convirtió en un problema tangible, en un paseo muestra con una familia que había viajado desde muy lejos, la hija mayor tomó las riendas del animal y al regresar al punto de partida, un ratón asustadizo pasó corriendo ocasionando un desastre brutal.

Una tanda de patada y coz, una huída despavorida que dañó los jardines del ayuntamiento, un escándalo municipal que terminó con ese cuento.

Llegó una horda de posibles compradores al día siguiente. El desfile preguntaba una y otra vez sobre las cualidades de la raza y los peligros de que una buena noche desapareciera a manos de algún ladrón. Las respuestas siempre eran las mismas: “todo tesoro tiene sus riesgos”.

Tantas miradas de curiosidad y tanta convivencia con humanos todavía más desconocidos que aquellos que lo alimentaban cansaron al pobre animal a unos niveles inimaginables. Para la tercera ola de visitantes, emitía unos ruidos insoportables que ahuyentaron a todo aquel que se le acercaba.

El mejor postor tardó pero se hizo presente. Un citadino que pagó las perlas de la luna y otras más para llevarse sedado al nuevo héroe de su hipódromo.

Confundido al despertar, pero motivado por un entrenador que afiló sus destrezas y le premió en todas y cada una de ellas, la “nueva adquisición” como le nombraron al llegar se acostumbró pronto a la presión y las adulaciones. Los ratones se volvieron imperceptibles a la velocidad de su galope.

Rayo de Sol es ahora una mancha, una impresión en los sentidos de los espectadores de la que no se puede dar detalle, su carrera es una marcha de compás preciso que resuena en el corazón de los más ambiciosos y los soñadores que, con tal de ver a la nueva leyenda, acuden con sus ropas de domingo cualquier día de la semana y se toman los restos de los tragos, aguados por el exceso de hielo, de quienes se acercan a las gradas para gritar a un animal que de sus ánimos y porras seguramente escucha sólo balbuceos.

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