Tomar palabra. De vuelta En El lodo con Tino el Pingüino

por Jonás Derbez

Fotos de Sebastián Ávila
@pincheavila

He dejado de ir a la escuela estos últimos días así que me levanté tarde: mareos, tazas de café, ducha fría. Mi cabeza no estaba en su lugar, escribir era difícil, no encontraba las palabras, cada célula de mi cuerpo temblaba impotente, cadenciosa.

De vuelta en el lodo. Benjamín me había enviado el disco dos días antes, no lo había tocado, me puse los audífonos y lo fui escuchando mientras miraba la pared de tabiques a la que da mi ventana. Un sintetizador que sonaba desde lejos abrió camino a través de los ríos de mi cerebro, mis ojos se entrecerraron. Yo concibo al mundo como una extensión del lenguaje, irrumpió una voz serena, y el lenguaje continúa siendo misterioso. Era la voz de Fadanelli aunque en ese momento no la reconocí. Ésta se mantuvo y poco a poco, empezó a derretirse mientras el beat crecía, Fadanelli tiene un libro titulado Lodo, se me ocurre ahora que trato de encontrar el hilo negro de esta nota.

Las primeras líneas de Tino aparecen con su inconfundible y agradable voz chillona: normalmente oigo voces pero hoy dormí mal, no podría estar más de acuerdo. El disco continuó lentamente junto con la tarde, sus frases circundaban mi mareo como canarios de caricatura, convierto en oro pura furia freudiana, pásame el M I C que me quiero confesar, literal, empecé en esto por lo literario.

Me preguntaba si Tino había leído Lodo o Los detectives salvajes o El Quijote o si yo estaba alucinando tales referencias en sus rimas. Estaba realmente interesado en saber de dónde sacaba las palabras El antihéroe favorito. Estas palabras que no tengo yo, o que tengo atoradas y que quiero confesar con la misma verborrea sentimental ritmada, insultando y amando, destruyendo y deseando, fundiendo al humano en palabras ante las palabras con las que el mundo está construido. Secretamente he querido ser MC, pero sé que no tengo la disciplina necesaria.

De alguna forma dieron las siete, le llamé a Ávila para recordarle de la chamba, no eres mi madre, me dijo.
Dios me libre de serlo, respondí. No llegues tarde, lleva tu cámara.
Estas conversaciones son estériles, luego me colgó.
Corrí para el metro, no traía boleto, la fila interminable estaba llena de miradas muertas estancadas. Me acerqué a los tornillos.
Carnal te puedo pagar mi boleto…
Señora, perdón le puedo…
Oye, compa te paso los cinco…

 

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Tres vatos con más carácter que yo pasaron saltando como Juan por su casa, el policía no se inmutó, les seguí los pasos. Troté los 152 escalones para bajar al andén del metro Barranca. Éramos una sola y uniforme masa humana entrando como comida de perro enlatada a los vagones. Avanzamos tortuosamente, después de chiflidos insistentes y golpes de espuelas a la pared del vagón. Poco más de una hora estuve bajo tierra, sudando entre los túneles, respirando y reciclando el mismo vaho, y una idea me mantenía delirando: tengo la ciudad sobre mis hombros, como una manta ciega, como la piedra que cubre un sarcófago.

Emergí en la Glorieta Insurgentes, era de noche. No podía creer que llegaría más tarde que Ávila. Volteé a ver el cielo como si estuviera buscando la luna o algún tipo de salvación, me encontré mirando el último modelo de edificio en vidrio espejo de la zona. Una chica con los pies bien puestos en la tierra trató de venderme una cajetilla de su flip de cigarros a tan sólo 15 pesos, me negué sin pensarlo mucho, me miró con una anestesiada melancolía y desapareció entre la gente.

Llegué a la calle de Puebla, frente a mi se levantaba la SALA Corona, presumiendo que esta noche era la casa de Tino el Pingüino. La fila era bastante más pequeña que la del metro. Ávila estaba recargado en un poste mirándose los zapatos.

El metrobus es un sofocante infierno, me dijo.
El distrito es el adorable infierno, dije yo.

Entramos a la sala a las ocho y media aunque estaba seguro que que Tino no se subiría hasta pasadas las once, hasta que los chiflidos lo hicieran salir al igual que el metro del andén.

 

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La sala estaba inundada en una espesa luz azul, la mitad de la gente ya había llegado, en las cabezas de unos cuantos se veían las Attack caps, con la leyenda DF, del adorable infierno. La cerveza costaba noventa pesos y el tiempo pasaba artríticamente lento con el escenario vacío.

Se subió Gordo Fu, la primera sorpresa de la noche y no dejó a nadie con las ganas de sus clásicas: Ni de ti ni de nadie, ¿Sabes?, Lo siento ma.

Las manos rebotaban sin parar.

Fu fue relevado por Kooper Kaiser (Yellow Yemas), su gorra y su hoodie no dejaron ver más que su boca corear mala hierba nunca muere, mala hierba nunca muere y a la verga la police al ritmo KRS One. Mantuvo las cabezas asintiendo hasta que los gritos de ¡Tino, Tino! lo sacaron del escenario.

Tino el Pingüino salió después de que el público hirviera, de que el hielo seco no perdonara un sólo lugar libre en aire y que los chiflidos y los gritos a capella de ¡culeeeero! cegaran la música de fondo.

Salió casi flotando entre el gas y los lasers directo a un micrófono que no servía, Ferdinand controlaba desde atrás.

No es cuestión de cientos. Es cuestión de tí, sonó después de cambiar el micro.

Nadie se quedó sin corear el clásico del primer disco. Luego Tino hizo una pausa. Tomó el micrófono y empezó hablar de cómo se siente solo, algunos chiflaron y se rieron, siguió hablando acerca de la soledad moderna, pero que ese día gracias a nosotros se sentía acompañado. ¡Esto es de vuelta en el lodo! Y Ferdinand dejó libre el sinte que había oído una horas antes. De nuevo la voz de Fadanelli apreció, esta vez mucho más grande, esta vez no restringida sólo a mí y a mis auriculares. Su hipnótico tono llegó a toda la sala atiborrada de gente buscando palabras. Entendí entonces por qué este disco empezaba con aquél sample.

 

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El rap me da palabras, pensé. Palabras para hablar de mí y de mi ciudad sofocante, el rap me da palabras para resistir la ciudad sofocante, para tomar mi impotencia, masticarla, envolverla en colérica saliva y escupirla en lenguaje puro, irracional, angelical e irreverente, como lo que sentimos todos los que vamos atorados en el vagón del metro, en la muerte lenta de las filas burocráticas, en la identidad minimizada por otro jodido centro comercial tres mil veces más grande que mi departamento. El rap me da palabras para decir aquí estoy yo y soy tan grande como mi ciudad, y mis sentimientos son más furiosos que la ilusión de sus avenidas. Como los surfistas uniéndose a la potencia del mar, como Johnny Carter subido en un elevador que no para de llevarlo más y más a arriba, como un chamaco dejando su firma por toda la ciudad con plumón indeleble. El rap nos funde como agua fría en más agua fría, recordándonos nuestro éxtasis natural que la vida de maquinas en función de la productividad nos quita. Yo soy la escena, se lee en la playera de Tino.

Se subió Mike Diaz, se subió Maky Nav, Karim Caleth, Fermin Héctor (completando a The Guadaloops) y por ultimo Santiago, guitarrista en La asimetría según Cardín. Para cerrar un concierto de casi cuatro horas, de ocho años escupiendo rimas, de la vida dedicada a la literatura que al final de cuentas es inútil y por eso es extremadamente necesaria.

De vez en cuando tenemos que hacerlo, soplarle al viento y llorarle al mar.

 

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Terminamos casi a las dos de la mañana. Ávila tiró más de quinientas fotos, yo esbocé mis ideas en una pequeña libreta amarilla con la cara de Bukowski, un escritor que Tino menciona como clave en su carrera, en una entrevista para NoFM.

Las palabras de Franco Genel están en sus discos, escúchelos porque yo sólo puedo hablar de las palabras que las suyas generan en mi cabeza.

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