Tras los asesinatos en Narvarte, ¿ha caído la gloriosa México- Tenochtitlan?

Por Diego Mejía
@diegmej

La colonia Narvarte de la ciudad de México es, sin duda, una superviviente de la debacle de la clase media nacional. En ella, la Brooklyn mexicana, se pueden percibir, como si fuera una ventana al Milagro Mexicano, las distintas capas de la media tabla de la pirámide social; en la Narvarte viven familias tradicionales y conservadoras, artistas, burócratas en sus últimos días, profesionistas viejos que tienen los números de cuenta más antiguos de la Universidad Nacional, nuevos matrimonios obnubilados por los detalles de la colonia y presas de la gentrificación; también hay cafés, una privilegiada oferta de comida, comercios de abolengo, extranjeros, extrañados y jóvenes, sobre todo eso: la Narvarte se ha convertido en el primer puerto para muchos chicos que inician su peregrinar por la “madurez” de la existencia.

De alguna manera, la colonia Narvarte es el centro neurálgico de la capital del país: ufana, linda; hasta hace unos días parte de una burbuja de protección que sentían los chilangos ante la sangrienta guerra contra el crimen organizado. Los capitalinos acostumbrados a la inseguridad e insensibles ante los miles de muertos de la ofensiva federal, poco a poco se han dado cuenta que su burbuja se ha reventado como una pompa de jabón; así de frágil: cada día suceden dos homicidios dolosos en esta ciudad relacionados al crimen organizado, según la estadística oficial. La tarde del 31 de julio, solamente en un departamento murieron cinco personas.

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La ciudad de México había sufrido algunas tragedias que pronto se llevó el ritmo de los días: el multisecuestro de los jóvenes del Bar Heaven, los homicidios de la colonia Condesa, y un rosario terrible de “ajustes de cuentas” en las zonas del norte y el oriente, las más pauperizadas de la capital. En todas las anteriores, la contingencia mediática reprodujo discursos de horror: es problema de drogadictos, los muchachos secuestrados son de Tepito, seguramente estaban metidos en malos negocios; es normal que en Iztapalapa se maten, está lleno de “nacos” y “sanjuderos”. Los juicios surgían desde el centro, el centro en todo sentidos, geográfico y político de la ciudad; una zona aparentemente inquebrantable.

La tarde del 31 de julio, un comando ingresó al 1909 de Luz Saviñón y asesinó a cinco personas. Así, bajo el sol de la canícula y el cielo despejado, la Narvarte, el palacio de la clase media chilanga, progre dentro del panismo conservador de la delegación Benito Juárez, ingresó a la vulnerabilidad. La fortaleza capitalina, con un perseguidor como jefe de gobierno, se quebrantó por su lado más ancho, el más orgulloso, el más chilango. La demarcación Benito Juárez ocupa el primer lugar en los estándares de calidad de vida de México: cuenta con universidades, centros de comercio, restaurantes finos, casas de estilo colonial californiano, servicios, acceso.

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En el departamento de Luz Saviñón se encontraba el fotorreportero Ruben Espinosa, un joven exiliado dentro de la patria por motivos de seguridad. Cincuenta días antes, abandonó Xalapa en búsqueda de un ambiente seguro para poder seguir con su labor informativa. Previamente recibió amenazas contra su vida por su ejercicio informativo en Veracruz, el peor sitio del mundo para ser periodista; 15 comunicadores han sido asesinados bajo el gobierno de Javier Duarte, 37, según organizaciones no gubernamentales se fueron del Estado: Rubén forma parte de las dos estadísticas.

Espinosa pensó que la ciudad de México le ofrecería la seguridad requerida. ¿Por qué no pensarlo? Los capitalinos atiborran los centros de entretenimiento a todas horas: bares, restaurantes, teatros, cines, plazas comerciales, las calles, las fiestas. La ciudad aparentó ser un búnker en lo más alto de la meseta mexicana. La violencia de la maña era una referencia de páramos lejanos en los que los Pedros eran asesinados y adornados con cartulinas con mensajes escritos en los que moría el país y el idioma. La gallarda Tenochtitlán parecía ajena a ese terror en el que cada día viven miles de reporteros en muchas regiones del país; el velo se desgarró.

Matar a periodistas es tan grave como matar a activistas, estudiantes y empleadas domésticas. Junto Rubén murieron Nadia Vera, Yesenia Quiroz, y Alejandra Negrete, de quien el apellido parecía algo ajeno, y Mile Virginia Martin, de nacionalidad colombiana. Todas asesinadas, ultrajadas, anuladas, torturadas, todas directo a la lista que es doble: un país en el que se mata gente, en el que es riesgoso ser mujer.

Más allá de la posible existencia de la mano terrible del gobernador de Veracruz en el asesinato, resulta aterrador que una ciudad que presume su sistema de videovigilancia (del que se hace alarde en los noticiarios televisivos triple A cuando se evita el asalto a un Oxxo) no haya sido testigo fiel del crimen: si la residencial colonia Narvarte puede ser vulnerada, qué se podría esperar de zonas menos favorecidas de la capital. ¿¡Qué!?

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El multihomicidio de la Narvarte parece ser el piso de fondo para una sociedad harta; parece que sólo lo parece. Antes han sucedido otros pisos y nada ha cambiado; en la víspera del aniversario de la tragedia de Iguala el gobierno se reorganizó para que las cosas siguieran igual, entre el 26 de septiembre de 2014 y la ignominia de la Narvarte, sucedieron los multiasesinatos de Jalisco, Michoacán, Estado de México, represión y torpeza de la autoridad; hubo más periodistas muertos, mujeres desaparecidas, jóvenes violadas. Nada nos hizo llegar al fondo. Al fin, todo sucedía lejos, en carreteras de dudosas curvas y peligrosos parajes; en pueblos azotados por la miseria desde que este país presume independencia, Allá, lejos, en los lugares en los que suceden las noticias que nos desgarran pero nos dejan inmóviles.

Ese viernes en la Narvarte murieron cinco nadies, cinco maneras del desamparo, cinco maneras de subsistir: una trabajadora doméstica, una promotora cultural, una estudiante, una extranjera y un fotorreportero; todos con estigmas sociales: pobreza, desamparo laboral. De alguna forma, todos tenemos un grado de identificación con los personajes: nadies que nos vemos en otros. El espejo roto; el país lastimado.

El 31 de julio se vulneró lo que parecía seguro. ¿Ha caído la gloriosa México- Tenochtitlan?

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