#TrenSuburbano. A seguirle

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

I

—Ahorita le entregan su cambio, joven, no se apure.

La empacadora, una mujer mayor, incluso con más años encima que mi madre, me sonríe y luego desvía la mirada hacia todos lados. Sus ojos, tras el cristal de los anteojos, son dos pequeñas aves huidizas que se posan sobre todos los objetos del lugar, sobre todos los anuncios luminosos, y que luego no saben qué más hacer. Como cuando un pájaro entra a una casa y revolotea de aquí para allá, sin hacer mucho caso de la ventana abierta.

—Claro, no se preocupe —le sonrío también y le digo que no llevo prisa.

La cajera está ausente desde hace dos minutos, cuando solicitó cambio a su supervisor y se quedó a la espera. Las personas que venían tras de mí en la fila, un matrimonio joven y un albañil, prefirieron cambiarse de línea de espera y ahora están ya rumbo a la salida. Dos minutos no son mucho, creo, aunque bien depende de la situación: bajo el agua son la diferencia entre la vida y la muerte, aunque en una fiesta apenas son una brizna. Dos minutos, cuando algo duele, son la vida, mientras que al dormir son un parpadeo. Dos minutos, ahora lo veo, en la fila del supermercado, son inconmensurables.

—Ya arreció el frío, ¿verdad?

La voz de la señora llega a sacarme de mis pensamientos. Le sonrío, le digo que sí y luego volteo a ver las puertas automáticas de cristal que dan hacia el estacionamiento; el cielo es una naranja que se está pudriendo; el aire es un gato sin cuerpo que juega con las hojas y la basura, las eleva, las parte y, después, las deja libres para irse a rascar la espalda contra los autos y esconderse en las azoteas. Sí, caray, es lo único que alcanzo a contestar, mientras la mujer se acomoda las gafas sobre el rostro y se lleva las manos a la cadera.

— ¿Están bien así sus cosas o le pongo otra bolsa?
—No, no se apure, ahorita las guardo en la mochila.

El silencio es un elemento inestable, que no todos sabemos manejar. Las cosas más profundas de cada uno de nosotros, creo, las llevamos escritas en el habla, o en el alma, con tinta invisible; a la luz del silencio se hacen notorias, presentes; cobran vida. Han pasado tres minutos, una eternidad en el tiempo de los supermercados, que no es nuestro tiempo, de todos los que no estamos inmersos en él.

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Foto: didnotspillcoffee

II

Hace años, cuando aún acostumbraba viajar en combi, escuché a un par de empleados del grupo Wal-Mart platicar sobre las condiciones del lugar.

— ¿Y ese milagro que te encuentro?
—Pues es que ya normalmente salgo más temprano, bueno, estaba saliendo más temprano, pero ahora me toco cerrar.
—Pero pues te van a pagar las horas extra.
—Hasta crees, según sí te las tienen que pagar, pero luego ya al final, cuando llegan los pagos, ves y dices “¿y mis horas extra?” y no hay nada. Y le dices al gerente y dice “sí, luego lo vemos”, pero al final, nada.
— ¿Y por qué no le dices?
—Nah, para qué, siempre es lo mismo. Si le reclamas luego hasta más te cargan la mano.
— ¿Y ya no juegas los sábados?
—No, ya ni tiempo tengo, y cuando tengo tiempo lo único que quiero es descansar.

La combi a oscuras, rumbo a las unidades habitacionales que rodean los centros comerciales. Dos hombres con el cuerpo echado hacia adelante para oírse mejor, hablando sobre el trabajo que, me dio la impresión, no podían sacudirse de encima; como los diálogos de tumba a tumba en Pedro Páramo: dos muertos hablando de cuando estaban vivos, rumiando lo que les queda de recuerdo mientras cruzan al otro lado.

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Grupo Wal-Mart, una de las empresas con más empleados en su haber en la república mexicana, sólo por detrás de grupo Pepsico, según un artículo que leí hace un par de años ya. Asociados, les llaman a sus empleados, para, según algunos expertos en la materia, “crear un vínculo de solidaridad y compromiso con la empresa” y obtener mejores resultados. Una de las empresas con peores condiciones laborales, afirmaban en otro artículo, cuyas prácticas estás muy cercanas a lo ilegal; a lo inhumano, podría decirse.

III

—Ay, disculpe las molestias, joven, ¿ya ve? Ya lo hicimos esperar, lo va a regañar la novia.

Le sonrío a la empacadora mientras extiendo la mano para recibir el cambio. Digo gracias y la cajera no contesta: el haber pagado 80 pesos con un billete de 500 le resultó ofensivo. Mira mis ropas sucias, viejas, y no puede o quiere evitar una mirada de desprecio. No es raro, siempre pasa: somos verdugos y víctimas siempre; dos caras de la misma moneda, la del odio.

Empujo el carrito hasta la entrada y comienzo a reacomodar las cosas. Viajar en bicicleta, con carga, es un asunto delicado, así que me tomo mi tiempo: se debe llevar el mismo peso en cada lado del manubrio, o se corre el riesgo de caer. Parece una lección de vida.

— ¿Ya ve? Le decía que le daba otra bolsa.

La señora que me ayudó a empacar pasa detrás de mí y sonríe. Le comento algo, una trivialidad, y sigo acomodando cosas. La mujer se sienta en una banca, al lado de más personas de la tercera edad, y saca de su delantal las monedas que ha reunido. Sus dedos, aves famélicas de cristal, de plomo, de ceniza, entran y salen de las bolsas. Sus piernas cortas, débiles, cuelgan de la banca. Cuando levanta la mirada, porque tal vez notó que la observaba, me hago el desentendido. La gerente de la tienda llama a los demás que están en la banca, los primeros en la fila porque, seguramente, han llegado más personas y alguna caja está desatendida. Otra banda sinfín, sobre la que avanza la carne que da ganancias a la tienda.

— ¿Y ya se va usted?

La escucho decir “ocho, nueve, diez” en voz apenas existente y luego me responde.

—Hasta las nueve que cerramos la tienda. O a veces uno se puede ir antes, pero si ven que uno flojea lo empiezan como a descansar, digamos.

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Foto: Gustavo A. Zambrano Cabrera

Antes, pienso (aunque no se lo digo) sólo los niños menores de 14 años podían ser empacadores. Era un trabajo bien remunerado. Algunos amigos míos, y compañeros de escuela, decían que en épocas de navidad y año nuevo juntaban hasta 300 pesos en un solo día. Miro el letrero a mis espaldas, sobre una puerta sólo para empleados “Los empacadores que aquí laboran no perciben sueldo, sus ingresos se limitan a las propinas que reciben de usted.”, se anuncia. Grupo Wal-Mart, el dueño del tiempo, de la vida de muchas personas —y animales— no puede darse el lujo de proporcionar un mínimo sueldo a estas personas. Y no sólo ellos, el resto de las cadenas de supermercados trabajan con el mismo esquema.

—Que le vaya bien, señora. Gracias.
—Cuídese, joven, buena noche —la llama la gerente— vamos a seguirle.

Salgo. El aire, helado, me palmea en la espalda y luego corre a esconderse tras una casa, para después subirse a un camión, por la puerta trasera, y huir.

IV

Recuerdo a mis compañeros, los que trabajaban como empacadores (cerillo, les decían antes, ahora lo recuerdo) y sus anécdotas: al terminar el día laboral, casi siempre, corrían a los locales de videojuegos y ahí pasaban horas. Luego, cuando el hambre los atacaba, comían hamburguesas o banderillas en algún lugar cercano; siempre con refresco, no con agua simple o de sabor como en casa. Al final del mes, con todo y los gastos, tenían suficiente como para comprarse unos tenis o algo de ropa.

Con los adultos mayores, supongo, las cosas no funcionan así. Hay algunos que solicitaron el trabajo para pasar el tiempo, es cierto, y la necesidad no es la motivación primaria, pero otros, de los que he visto más, seguramente compran medicinas en lugar de lunetas o hamburguesas. O habrá quienes completen la renta, o algún tratamiento, con ese dinero.

Este tipo de empleos, y las casas del adulto mayor, son lo más cercano al respeto que he visto destinado a las personas de la tercera edad.

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Foto: Francisco Goncalves

 

 

V

Cuelgo las bolsas en el manubrio, desencadeno la bicicleta y guardo las cadenas en la mochila. Comienzo a pedalear, lentamente, hasta encontrar el ritmo de la bicicleta cargada. Un anciano, con sombrero de paja indica a un auto, a silbatazos, la forma correcta de librar el cajón de estacionamiento. La ventanilla del conductor se retrae y una mano (abstracta, casi incorpórea porque no la veo atada a un cuerpo) deja caer en la palma del anciano un par de monedas. Me recuerda al fresco de la capilla Sixtina, donde la mano del hombre y la de Dios por poco se tocan. El hombre camina hacia atrás y casi choca conmigo, por lo que me veo obligado a frenar y girar un poco; una de las bolsas se me cayó.

—Disculpe —le digo, y el hombre sólo sonríe y se lleva la mano derecha al sombrero.

Recuerdo a la mujer que conocí en otro centro comercial, desarrollando ese mismo trabajo, el de los “viene viene”. Luego de recibir las monedas, nos preguntó sobre algún lugar cercano donde rentaran cuartos; decía haber llegado al Estado de México, a ese preciso punto, ese mismo día; volteaba a todos lados mientras escuchaba nuestra respuesta. Nunca la volvimos a ver.

—Gracias —le digo cuando recoge algo de lo que se me cayó y me lo entrega — que descanse.
—Pues a seguirle —contesta, y su respuesta parece no encajar con lo que dije; me suena raro.

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Foto: Sketch88

A seguirle: no sé si me lo dijo a mí o se lo dijo a sí mismo. A seguirle, lo mismo que dijo la señora. Estar viejo y solo es como andar en bicicleta: si dejas de pedalear puedes caer, y todo lo que lleves cargando se esparcirá por el suelo, y a lo mejor no hay alguien cerca que te ayude a acomodar todo y continuar.

Miro la hora en mi celular: pasé sólo diez o quince minutos allá adentro.

 

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Foto de portada: Puk Aguirre

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