#TrenSuburbano. Debajo de los puentes

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

Hay, cerca de mi casa, un puente a medio construir. A veces subo y desde ahí miro las cosas. Hoy lo hice, aquí estoy. Es distinto mirar todo desde una perspectiva así de alta, una atalaya. Se puede ver el pueblo con mayor claridad. Se ve, también, la parte interior de algunas casas (las alturas a veces borran las distancias, los obstáculos, las divisiones). Y desde ahí mismo, además de las calles y las vías del tren, se puede ver una familia que vive debajo del puente. Construyeron su casa con maderas, láminas de asbesto y metal y, además, algunos retazos de tela. Es una casa de paredes de tela, podría ser bello si no fuera real, si no fuera la vida. Tienen botes llenos de agua, un tambo de plástico también lleno de agua, una enorme bolsa de lona llena de envases de plástico que seguramente venden y, además, un perro amarrado con cuerda que parece siempre estar hambriento. Debajo de un puente inconcluso, una casa inconclusa, en un lugar, un pueblo, que siempre está creciendo, que siempre rasga sus orillas para crecer más. Inconcluso. Recuerdo algunas cosas sobre puentes:

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1.-Cerca del tren suburbano también hay un puente inconcluso. Se supone debería conectar el centro de Cuautitlán con el Periférico. Pero alguien decidió no terminarlo, alguien decidió dejarlo así. A su entrada hay un gran bloque de piedra para que ningún vehículo pase, esfinge de cemento que aún no dice el acertijo que quiere se resuelva. Si uno lo ve por la tarde, parece un cuchillo clavándose en el sol, una navaja de piedra para sacarle el corazón al atardecer y ofrendarlo al tiempo.

2.-Siempre bajo los puentes vehiculares en Cuautitlán hay vías de tren. La gente dice que antes, cuando esos puentes no estaban, uno podía estar hasta una hora parado en el tráfico cuando el tren se atravesaba. Las vías del tren también son un puente, uno que conecta el horizonte con el olvido. He visto muchos trenes desbarrancarse en el anochecer, y entonces se vuelve a creer, por un segundo, que el mundo es plano.

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3.-Otro de los puentes vehiculares conecta el centro de Cuautitlán con el área del tren suburbano. Bajo éste, yo no lo sabía, vive un grupo de perros callejeros. Son tres, cinco, a veces más. A veces se les puede ver echados, con ligeros temblores, el hocico entreabierto –siento que van a hablar, que de un momento a otro dirán algo– y la cicatriz de una caricia humana aún sobre el lomo. Quizás sueñan que sus dueños vuelven por ellos, y que los días bajo el puente, cuando hay lluvia y el agua forma una cortina al caer del puente, son un sueño.

4.-Bajo los puentes también es común ver parques, diminutos parques. En ellos crece la hierba, diminuta hierba –el cabello de la soledad, las venas verdes del silencio– porque nadie nunca va a esos lugares. A veces se puede ver a un par de novios, o a un indigente refugiarse del sol o de la lluvia; refugiarse incluso de la vida. El eco que se forma ahí hace que el ruido de los carros, avanzando sobre la cabeza de uno, parezca una tormenta.

5.-Hay puentes peatonales también. Muchos. Pero existe una especie, una en especial, que nació para estar abandonada. Puentes peatonales que nadie usa (preferimos cruzar por abajo, esquivando los carros). Son ésos los que van envejeciendo de a poco, que se quedan sin pintura –incluso en época de campañas políticas– los que enloquecen de soledad, los que se preguntan qué será el contacto de unos pasos sobre ellos. A veces se llenan de grafiti, o de suciedad humana y animal. Luego, si tienen suerte, alguien los derrumbará.

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6.-Existe otro puente vehicular, que conecta el área industrial de Cuautitlán con las unidades habitacionales. A ambos lados de él, pequeños cuando se les compara, hay dos puentes peatonales. Es una perra de concreto y fierros que cuida a su crías, sus cachorros moteados de pasos. En esos dos puentes peatonales siempre hay dos señoras vendiendo pepitas, dulces, chocolates. Qué sentirán, me pregunto, de estar siempre sobre el puente, no debajo de él, ni lejos de él, sino siempre sobre el puente, en una especie de limbo. Ven a la gente ir y venir, pero ellas deben estar siempre ahí.

Miro de nuevo esa casa debajo del puente. Comienza a oscurecer, debo irme. Cuautitlán es un pueblo lleno de puentes, lleno de caminos en el aire. Todos sabemos lo que hay encima de ellos, para eso fueron creados. Pero lo que hay debajo siempre es distinto. Recuerdo que hace un mes vi a un hombre debajo de un puente vehicular cerca de metro Indios Verdes, estaba cocinando en una fogata. Si alguien nos mira desde arriba, si algo está al pendiente de nosotros, ese algo, ese alguien, no puede ver a través del concreto, porque los ha olvidado a ellos. Siempre habrá vida debajo de los puentes, o algo que se le parezca.

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