#TrenSuburbano. El árbol de la vida

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

Me siento un momento a descansar en los pequeños bloques de concreto que, me parece, se han colocado ahí, en la banqueta, para eso. A mis espaldas quedó el Monumento a la Revolución, una araña de concreto y fierros que jamás puede ver por más de diez segundos sin sentir vértigo. A mi izquierda, El Caballito, esa figura rara, anodina, que sirve, según escuché, para ventilar los gases del metro. A mi izquierda un 43 de hierro rojo que tiene un signo de más pegado a la izquierda. La tierra tiembla, un poco, cada que los manifestantes, posados en la calle donde están las oficinas de El Universal, golpean el piso con los pies, al mismo tiempo, mientras exigen algo a gritos. Los semáforos intentan poner un poco de orden en el flujo de autos, aunque siempre hay alguien desesperado. Saco la cajetilla de cigarros de la mochila y prendo uno, mientras la tierra vuelve a temblar. Un hombre harapiento, sentado en una de estas bancas desnudas de concreto, me pide, sin hablar, que le dé un poco de mi cigarro. Le ofrezco uno nuevo y, cuando lo ha puesto en su boca, entre sus labios cortados de sed y frío, le ofrezco fuego. Acerco la llama, cuidadosamente, a su rostro: lo siento tan seco, tan quebradizo, que me parece que el fuego puede arrojarse sobre él y no soltarlo. Fumamos en silencio.

Pasan dos semáforos (el tiempo en las ciudades bien puede medirse por los semáforos) y terminamos el cigarro, casi al mismo tiempo. Saco de mi mochila una naranja y la pelo, luego la parto a la mitad y la reparto con el hombre. Seguimos callados: lo que nos hermana es lo que nos llevamos a la boca y no lo que nos sale de ella; para qué hablar, pensamos los dos. Me llega su aroma: a eso debe oler el olvido, la madrugada en estos lugares. Terminamos de comer y me levanto, nos despedimos con un ligero movimiento de cabeza. Aprovecho que el semáforo sigue en verde y atravieso la avenida: por un momento me parezco, creo, al pequeño hombrecito verde, hecho de luz, que corre a ningún lado en la luz de “siga” del semáforo. Cuando pongo pie en la otra banqueta, los autos se desatan de la cuerda invisible que los sostenía y se pierden por las calles. Frente a los bancos, un grupo de hombres, todos vestidos con traje, fuman y conversan; al irse dejan las colillas en el suelo, como cartuchos de bala; pienso en las pruebas periciales que aparecen en los noticieros: la muerte diluida o de un solo golpe, pero siempre la muerte y la huella que deja en el suelo. Junto a los bancos, resguardados de la vida, hombres y mujeres, los sin-techo, como diría Dickens, miran pasar el aire.

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Intento cruzar la calle, pero otro semáforo me detiene. Ellos, los que esperan del otro lado de la calle, son el reflejo de los que estamos de este lado, o viceversa; pienso en el chiste de la gallina que cruzó el camino. El rojo cambia a verde y seguimos nuestro camino. Llego, luego de unos pasos, al semáforo que corta el tránsito de Eje Central. Miro frente a mí la Torre Latinoamericana, que comienzo a escalar con los ojos, pero no puedo llegar hasta la punta. Los autos se detienen y cruzamos, en una batalla breve, sin furia, por llegar primero al otro lado, donde las estatuas vivientes son numerosas. Una pléyade de sin-techo se va sumando al caminar conforme se avanza: niños que tocan el acordeón, organilleros, ancianos que venden cigarros y dulces; gente que ofrece el paraíso en cualquiera de sus modalidades. Otro semáforo, y luego otro más, cortan, seccionan, la caminata. Ahora también hay semáforos para ciegos, árboles de hierro donde anidan esas aves inorgánicas que avisan, con su canto, cuándo es posible atravesar y cuándo no. El pequeño hombrecillo rojo, muerto en el semáforo, cobra vida (el verde es vida9 y podemos seguir. El Museo del Estanquillo queda atrás, ahora que he avanzado, y frente a mí se muestra el Zócalo, donde la bandera (que tiene cierto parentesco visual con los semáforos) ondea. En vez de ir hacia allá, giro a la izquierda hasta llegar al módulo de información para turistas, a un costado de la catedral. Ahí, como siempre, un grupo de hombres sin empleo (los sin-trabajo, como decía Revueltas) esperan a la vida, parapetados tras los letreros donde anuncian lo que saben hacer. Uno de ellos, un poco más joven que los demás (que van de los 40 a 60 años, aproximadamente) mira una revista pornográfica que, de vez en cuando, gira a izquierda o derecha para, después, desbarrancarse en el horizonte de carbón de aquellos sexos.

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Una mujer, con un niño en la espalda, me ofrece barras de amaranto. Compro un par y decido alejarme de ahí. El aroma a copal, a incienso, nunca ha sido de mi agrado, y ahora el aire me lo empuja por la nariz. La mujer que lee el futuro en las manos y en las cartas fuma; sus ojos se clavan al piso y parece, por momentos, querer leer ahí el pasado. El semáforo me detiene ahí por unos segundos más y luego me deja ir hacia la calle que lleva al metro Allende: más de quince años de andar por ahí y aún no sé el nombre correcto de las calles: como hablar con alguien en el parque, cada semana, y jamás preguntar cómo se llama. Camino hasta llegar al Museo interactivo de economía (donde alrededor hay otro museo, el del otro lado de la economía: niños pidiendo limosna, mujeres indígenas que venden chicles, ancianos intentando sobrevivir) y ahí el semáforo, otra vez, me detiene. Recuerdo, entonces, al niño que conocí hace tiempo. Era mi cumpleaños diecisiete, había salido a caminar y llegué hasta la Glorieta de Camarones, donde una mujer vendía dulces mientras sus hijos pedían limosna de auto en auto. Me senté a observarlos y, aún no sé por qué, le pregunté la hora al mayor, que no tendría más de siete años. Corrió, sin darme tiempo de decirle que no, al Oxxo más cercano y volvió con la hora entre los labios, como quien vuelve con agua para el sediento. Le di todo lo que traía en las bolsas, más o menos cuarenta pesos en monedas, y me fui lo más rápido que pude. Nunca lo volví a ver, aun cuando pasé por ahí a diario, durante los tres meses siguientes, rumbo a la escuela.
Sigue el semáforo, entonces vuelvo de aquella glorieta y sigo caminando. La chispa que incendiaba el cielo de la tarde ahora está en las lámparas y las luces frontales de los autos; el cielo, sin ignición, es sólo una mancha de petróleo. Luego de caminar (siempre con la pausa de los semáforos) llego a metro Hidalgo, después a Revolución. Al lado de los postes de semáforo, las prostitutas aguardan. Luego, en la esquina de la calle que va hacia el tren suburbano de Buenavista, frente al Bancomer, un grupo de hombres, jóvenes y viejos, esperan a que el semáforo detenga a los autos y aprovechan para lavar los parabrisas de quienes así lo permiten. Amarrado al poste del semáforo, un par de perros dormitan tranquilamente; a su lado hay una montañita de croqueta y un traste con agua. Los limpiavidrios, cada que terminan su labor, se acercan a los perros y los acarician o al menos les dirigen un par de palabras, luego siguen comiendo y platicando. No sé por qué me sorprende, pero esos hombres aman a sus perros. Quizás la calle así es menos dura, si se reparte entre muchos, como lo hacen ahora con un refresco de cola de tres litros. A lo mejor ellos, como yo, sienten vértigo al mirar hacia arriba y por ello prefirieron ver hacia abajo, donde descubrieron que no sólo ellos son de la calle.

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Sigo caminando y llego hasta el tren suburbano; otra vez, hay que esperar a que el semáforo indique que es posible atravesar. En el otro semáforo, perpendicular a éste, un hombre verde gorditas de nata y un par de jóvenes hacen malabares. Los semáforos parecen ser el árbol de la vida porque bajo su copa de luz habitan todo tipo de seres. Escucho el silbido de esas aves artificiales, cada vez más acelerado, y entonces sé que está a punto de venir la lluvia de autos. Miro el edificio de las instalaciones del tren, excesivamente iluminado, en medio de la nada del cielo. Otra vez, como con los edificios altos, intento escalarlo con la mirada pero no me atrevo, desvío la mirada hacia la avenida que va hacia Indios Verdes y siento vértigo también por esa altura acostada, inescrutable, de la noche y la distancia de las calles solas, que parecen no acabar.

Entro a las instalaciones y me dirijo a los torniquetes. Mientras me busco la tarjeta, una familia numerosa, visiblemente pobre, ingresa, miembro a miembro, al tren. Cuando va a pasar el padre, quien parece ser el padre, el lector de tarjetas hace el ruido de rechazo y la luz de acceso se torna roja. Lo intenta de nuevo y el resultado es el mismo. Se notan preocupados, hartos, cansados. Los niños parecen no entender que es algo que se soluciona relativamente fácil (basta tener el saldo mínimo, 6.50 pesos, para ingresar, y entonces se deja la tarjeta en la estación final, como fianza del viaje) y parecen nerviosos; o a lo mejor soy yo el que no entiende que esto es una muestra de su vida, algo que no se arregla fácilmente, y por eso están tristes. Paso junto al hombre, a quien el guardia le ha pedido despejar el camino, y mi tarjeta da luz verde. Su familia se ve triste, y sus rostros, cansados, de repente estallan amarillo por las luces de la plaza comercial, como la luz preventiva de los semáforos.

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