#TrenSuburbano. El ciclo de Prometeo

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

Es sábado, es quincena. Esa palabra que rige las finanzas, los tiempos de compra, es un hígado que se nos regenera cada quince días para que la vida lo consuma poco a poco, mientras nosotros estamos atados a la piedra del consumo.

Salgo de mi casa hacia el centro de Cuautitlán, iré caminando porque, además de caro y peligroso, el transporte público, en estos días, se vuelve una trampa: no es casualidad que los asaltos, los robos, se incrementen en estos días (las autoridades recomiendan estar alertas, revisar que nadie nos sigue o nos vigile, pero nunca se les ve cerca de los bancos, no lo suficientemente cerca, al menos). Tomo las vías, como siempre, y en las casas de los lados, las que parecen siempre a punto del colapso, unos niños, de aspecto sucio, juegan con billetes didácticos; recuerdo cuando en la escuela nos hacían llevarlos, para enseñarnos a usar el dinero, enseñarnos, un poco, a ser adultos. Una lengüetada del viento les arrebata un par de ellos que, sin embargo, logran recuperar luego de perseguirlos un poco; todos menos uno, un papel anaranjado del cual nunca sabré la denominación, que se va por encima de sus gritos y desaparece, como la última hoja de un árbol ya extinto. El mismo aire, con otra de sus manos de basura y polvo, aviva el fuego en el anafre al lado de las vías, donde un hombre, de no más de 50 años, prepara pepitas que, seguramente, vende en los camiones. Una niña, un poco mayor, de quizás diez años, está sentada sobre un bote de plástico en la orilla de la carretera, sus ojos cuidan el juego de sus vecinos; su cuerpo vigila el puesto de dulces que, seguramente, es parte importante del sustento de su familia. No creo que ella sepa qué es una quincena, ni para qué sirve. A qué le sonará la palabra, me pregunto. Tal vez cuando alguien dice quincena ella se imagina un ave, un tren o una noche balaceada de estrellas, no sé.

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Acaban las vías y viene la avenida principal, siempre llena en estos días, en horas ya conocidas pero inevitables. Los negocios comienzan a florecer conforme se acerca más el centro de Cuautitlán, conforme la periferia, los pueblos aledaños, se amontonan tras de uno, junto a los pasos muertos, ya dados. Un Salinas y Rocha en el que, a la entrada, un par de bocinas enormes salpican las calles con una canción que no reconozco. Una farmacia de similares con ofertas también anunciadas a través de bocinas estentóreas. Luego, juntos, pegados, y a la vez distantes, dormidos porque es sábado, los bancos. Banorte, Scotiabank, HSBC, todos con sus puertas de cristal, sus jardines pulcramente depilados, sus cámaras de seguridad y sus cajeros automáticos insomnes, que siempre funcionan, no importa el día o la hora. Aquí no, pero en el D.F., muchas veces, he visto indigentes dormir junto a los cajeros, refugiarse del frío, de la lluvia o de la noche (o de las tres cosas, una santísima trinidad de la calle) mientras llega el día, soñando, quizás, con todo el dinero que hay dentro de esas cajas de plástico, o soñando, quizás, solamente, con otro día de vida, uno menos hostil, algo parecido, mínimamente, a la estabilidad. También los perros, a veces, duermen junto a los cajeros, enroscados sobre sí, la cola rozando el hocico, un uróboros canino, una señal de que la vida es un ciclo; un símbolo que ninguno de nosotros sabe ver a tiempo.

Llego a Elektra, donde tuve que abrir una cuenta para que mamá recibiera su dinero cada quincena. Luego de atravesar el laberinto de lavadoras, de minicomponentes, de pantallas de plasma y teléfonos celulares (que parecen estar tan a la mano, tan cerca, que uno siente que ya le pertenecen, aunque siempre están tras un cristal apenas existente, o atadas a un discreto alambre de acero) llego a la fila, que es larga, multicolor, asimétrica: una serpiente de retazos de tela de todas las calidades y los colores, una lombriz de agua sucia que repta por los azulejos enormes azulejos blancos de estas tiendas. Al llegar a la caja, e intentar obtener el dinero, me dicen que hay un problema con la tarjeta, que pase al área de atención a clientes.

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Me siento en una silla verde de plástico. La mujer a mi lado trata de mantener quieta a su pequeña hija, una niña de cinco o seis años que agita en la mano derecha una muñeca desnuda (por qué, me pregunto, todas las muñecas que he visto en manos de niñas pobres están desnudas) y quiere andar por la tienda. La mujer voltea a todos lados cuando la niña grita, y reconozco en su mirada la vergüenza, la indefensión del que es pobre y se siente vigilado. Bajo la silla, cruzados, sus pies se retraen; sus zapatos, antes negros, ahora tienen la punta gris, tallada; son las huellas de quien camina mucho, a diario, siempre con los mismos zapatos, por calles llenas de tierra y de piedras sueltas. Llevan de tanto correr, los zapatos rotos, dice la canción de navidad, sobre los pastores que corren presurosos. Una madre es, creo, como un pastor, que lleva a su familia a donde tienen que llegar pero, ¿cuál es ese lugar? ¿A dónde puede ir ella en este enorme valle que es la vida, si no es en línea recta, hacia el fin, hacia la muerte? La llaman, luego de no sé cuántos minutos en los que, estoy seguro porque lo vi, los empleados no estaba ocupados: es una manera de discriminación (la pobreza que es, además de todo, basura en el pecho que hay que arrojar al terreno del vecino más pobre, en este caso una mujer por demás humilde) y a lo mejor ni lo saben: somos patéticos, todos tan pobres, en mayor o menor grado, y no nos damos cuenta. Me llaman a mí, y antes de levantarme escucho la palabra “intereses” en boca de la empleada, y el gesto, marchito de por sí, se le descompone más a la señora; como en las pesadillas, que por más que golpeas a quien odias nunca cae, así con los intereses.

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El empleado, más joven que yo, pide mis datos, ciertos números, y me dice que el problema está resuelto. Me acerco nuevamente a la caja, que ahora está vacía, y retiro el dinero. Cuando voy de salida, choco con la hija de aquella señora: no se ve triste como su madre, porque no sabe lo pobre que es, lo indefensa que está; la pobreza, creo, flota en el aire, arriba del ombligo, porque los niños parecen no verla hasta que crecen, y a los muertos, que se entierran acostados, no los toca. Una familia sale con una pantalla de plasma en las manos, otros entran con dinero en las manos para, estoy seguro, los abonos semanales. Camino de nuevo hacia mi casa, y mucha gente sale de la tienda y del Coppel, que está en contra esquina. Más allá, de vuelta a mi casa, empieza la sección de casas de empeño, de las que también sale mucha gente, la mayoría con hijos, con las manos y los ojos vacíos. Las casas de empeño, como buitres de piedra, esperan, sólo esperan, a que a alguien, quien sea, las deudas lo devoren de adentro para afuera, como les pasa a las manzanas y a los cadáveres, para tomar su parte. Todo esto parece ser un ciclo, la condena de Prometeo; un ciclo dentro de otro, como las pequeñas muñecas rusas.

Al pasar junto a los niños de las vías, de regreso, veo que ahora juegan a la pelota, y los billetes yacen olvidados entre las piedras y la basura a los lados de las vías. Llega el aire nuevamente y, otra vez, eleva esos papeles coloridos por el aire, que se mantienen ahí por un segundo, sobre nosotros, como pequeños buitres multicolor, esperando para hacer lo suyo.

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