#TrenSuburbano. Etiqueta amarilla

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

Mientras espero la combi –hoy he decidido viajar así a casa de mi novia porque ha llovido y es peligroso andar en bicicleta– miro un perro ir de aquí para allá, sin saber bien a bien a dónde dirigirse. Luego de un par de minutos, por fin, lo observo, no sólo lo veo. Luce limpio, amable, confundido. Cuando intenta cruzar la calle, los carros le pasan cerca, muy cerca, y él entonces regresa a la banqueta, pero sólo por unos segundos, hasta que algo le orilla a bajar de nuevo. Entiendo –entendemos: junto a mí hay más personas esperando el transporte– que lo han abandonado, y que no tiene mucho que eso ha sucedido. No sé qué tiene esta calle, precisamente esta calle, esta esquina, que es aquí donde los perros son abandonados. A veces he podido verlo: un auto baja un poco la velocidad, la puerta –generalmente la del copiloto– se abre y entonces el perro es arrojado, para quedarse mirando, confundido, cómo el auto parte. No se sabe quién es, sólo se ven un par de nucas tras el cristal del auto dirigirse, seguramente, a un departamento donde las visitas ya nunca se quejarán del olor a perro. Ahora el perro es problema de alguien más.

 

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El camino a casa de mi novia es largo, debido a la lluvia. Los autos andan lentamente, y los baches obligan a bajar la velocidad aún más. Hay un método para saber si un bache es de verdad grande y peligroso: son los únicos que el chofer del camión o combi esquivan o pasan con menor velocidad. Pero en realidad los baches no afectan los vehículos, afectan a los pasajeros. Aquí no nos gusta quedarnos con los problemas, simplemente los pasamos a otros, hacemos que otros –nunca nosotros– se queden con el problema. Como en la cabecera municipal: nunca es responsabilidad del departamento al que uno, si se atreve y es lo suficientemente inocente y decidido, va a quejarse de algo. Los baches no se quedan en el carro, se quedan en la espalda de los pasajeros. Los aumentos en la gasolina nunca se quedan en los bolsillos de los dueños del transporte público o de los conductores, siempre se los quedan los pasajeros. Recuerdo, fugazmente, cuando iba en la secundaria y el pasaje mínimo era de cuatro pesos, no de ocho.

Llego por fin a donde debo bajar. Pago el pasaje y desciendo. Luego de más de una hora en un espacio hacinado, el aire frío con gotitas de lluvia se siente bien. Miro las torres del cableado de alta tensión: el sonido de la corriente me llega. Los pequeños espacios verdes –que el gobierno municipal ha recuperado para nuestro bienestar, estimados ciudadanos– están vacíos. Las calles brillan de manera agradable: todo parece ser un poco más bello cuando ha llovido, al menos eso creo. No hay basura, no hay polvo en las calles, no hay perros callejeros: todas esas cosas que son parte del entorno y que a veces no nos gusta ver. Es como esconder todo lo malo debajo de una alfombra de agua.

 

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Camino a la tienda y compro un cigarro. El hombre duda un poco –no me conoce, y esto bien podría ser una trampa de parte de las autoridades municipales, que constantemente vigilan que no se venda cigarros sueltos en las tiendas– y pone la cajetilla sobre el mostrador. Tomo uno, lo enciendo y regreso la cajetilla, el encendedor y una moneda de cinco pesos. Me regresa el cambio, dos monedas de cincuenta centavos de las nuevas, las pequeñitas y plateadas. No oculto mi molestia, no doy las gracias.

Me siento un momento a un lado de las canchas de futbol –en realidad son de basquetbol, pero casi nadie les da ese uso– a fumar. Los niños y jóvenes vuelven a salir de sus refugios ahora que ya no llueve. Comienzan a formar los equipos. Recuerdo cuando todavía jugaba futbol y nadie me escogía. Las situaciones no cambian, sólo los personajes (estar vivo es a veces como montar una obra escolar, donde todos, absolutamente todos, debemos hacer algo, aunque no queramos). Quedan, hasta el final, los que, seguramente, no son buenos en el deporte: un niño pasado de peso, uno muy pequeñito en comparación con los demás y una niña. Se reparten equitativamente en los dos equipos y uno tiene que esperar al siguiente partido.

 

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Dame diez minutos más, dice el mensaje de mi novia en el celular. Serán veinte, pienso, al menos veinte. Me acerco a un puesto de dulces y chicharrones junto a las canchas a comprar un chicle. Pago con las monedas de cincuenta centavos y la señora no contesta el gracias. También ella debe detestar esas monedas, pero ahora no tiene opción, ya son de ella.

La lluvia vuelve, más ligera que antes, pero vuelve. Miro pasar la carreta de la basura, tirada por un caballo flaco. Un hombre azota al caballo, mientras una mujer y una niña –seguramente su esposa e hija– van entre los desechos; separan lo que pueden reciclar. Padre, madre, hija: casi un paseo familiar donde se juega a sobrevivir. Se ven cansados, pero no pueden parar, no deben parar. El caballo luce enfermo, triste, pero no lo dejan descansar: el cansancio también es algo que debe pasarse al siguiente, siempre arrojarlo a otro lado para que no nos estorbe. No sé cómo hará el caballo para deshacerse de él.

Por fin llega mi novia, caminamos hacia una plaza comercial. Compramos un helado, el dependiente es grosero. El maltrato que sus jefes le brindan, las humillaciones que a veces la gente reparte en grandes cantidades… de eso nos toca algo a nosotros, no puede quedarse todo en él. Nada se crea ni se destruye, sólo se transforma, se reparte, se deja correr, como el agua sucia que comienza a brotar de las alcantarillas por tanta lluvia de tantos días. Miramos los electrodomésticos en una tienda, uno de ellos tiene una etiqueta amarilla “no retirar hasta que el producto haya sido adquirido por el consumidor final”.

 

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Salimos de la plaza. Afuera hay un ejército de vendedores ambulantes: elotes, dulces, carretillas con cacahuates. También hay mujeres con niños en el rebozo, hincadas, terriblemente silenciosas; dan la impresión de haber echado raíces. Ellos recibirán, en un par de horas, cuando comiencen a salir los empleados de los cines, de los supermercados, de las fuentes de sodas, ese rencor, ese desprecio que viene desde quién sabe dónde y que siempre tiene que encontrar una salida. Quizás ellos, al llegar a sus casas –si es que tienen una– pasarán a alguien más su ira, su miedo, su frustración. Siempre hay alguien más, me digo al ver un perro tembloroso bajo el puente, mojado y confundido, con el aspecto de haber sido, también, recién abandonado. Siempre hay alguien más. Y pienso en la etiqueta de los electrodomésticos “no retirar hasta que el producto haya sido adquirido por el consumidor final”. Pero en nuestro caso no es posible, siempre alguien más recibirá lo que no nos gusta.

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