#TrenSuburbano. Feliz cumpleaños, Magaly

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

-Feliz cumpleaños, Magaly, espero te la hayas pasado muy bien. Te mando un abrazo.

Reviso el mensaje una vez, dos, tres, y luego, cuando me doy cuenta que está bien, que no le falta ni le sobra, aprieto “enviar”. Las dos palomitas grises aparecen en el whatsapp. Última vez a las 9:56 pm, 10/10/15. Tiene cinco días, entonces, que no se conecta a sus redes sociales, aunque no es que lo haga muy seguido, y cuando lo hace, normalmente es para colocar frases de superación personal y de buenos deseos para todos.

Un cohete estalla en alguna parte y salto. Detesto el ruido de los fuegos artificiales, me parece innecesario. Uno más, y otro, le abren un hueco al cielo, al silencio de la tarde noche. Al menos los que producen luz, me digo, ofrecen un espectáculo; éstos, los que sólo estallan, no. Ahí aparecen, entonces, como si los hubiera invocado: flores de fuego que marchitan en un segundo, dos tres, en el jardín oscuro del cielo, y luego se borran. La ventana del cuarto parece entonces un invernadero, uno donde se cultivan frutos de fuego y pólvora. Se acabó el silencio, ha llegado la celebración.

-A mamá le daban miedo los cohetes, le daban crisis nerviosas y se ponía a gritar y a llorar. Le decíamos que se calamara, que no pasaba nada, pero era inútil. Al otro día, ya calmada, nos decía que le recordaban a las balas y las explosiones de la guerrilla. Estaba triste, siempre triste.

Magaly me contaba, cuando éramos compañeros en la preparatoria, que su mamá, originaria de El Salvador, tenía crisis nerviosas cada 15 de septiembre. Había aguantado lo más que había podido en su país, pero al final huyó a México, donde concibió a Magaly. María Esther Alemán, una mujer salvadoreña, bajita, morena y de cachetes redondos, que tuvo que salir de su país porque un conflicto sembraba muertos a su alrededor (quizás alguno de esos muertos era suyo) y vino a dar a este otro país, donde las explosiones significan –significaban– otra cosa, pero ella nunca lo entendió. La conocí sólo en fotos, donde sonreía, junto a sus tres nuevos hijos, a las afueras de una casa de lámina en El Salvador, ese Salvador que se salvó, donde la guerrilla era una herida infecta con posibilidades de cicatrizar correctamente. Estoy seguro que ella, y miles más de mujeres y niños salvadoreños, ni siquiera saben qué es el Frente Farabundo Martí para la liberación nacional, pero lo llevan dentro.

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Salto de nuevo, porque otro cohete estalló. Allí, en el retazo de cielo que se alcanza a ver a través de la ventana, el aire sopla los restos de un diente de león de pólvora, rojo, y se vuelve a formar la oscuridad impenetrable.

-A lo mejor vemos por ahí a tu mamá –le dije aquella vez a Magaly, de broma, cuando entramos a la sala de cine, y ya no sé si sonrió porque volteé a ver por dónde caminaba para no tropezarme.

La sala estaba casi llena: era una de las funciones de Voces inocentes, de Luis Mandoki. La película conmovió a casi todos los que estábamos allí, pero Magaly no dejó de llorar en casi toda la función. Lloraba, quizás, porque reconoció algo en la película, o quizás porque no reconoció nada. Tal vez, por un par de horas, hizo de la madre del protagonista su propia madre, y de esos niños sus medio hermanos, a los que llevaba años sin ver. Recordé entonces cuando me dijo que a su padrastro, el padre de esos niños y nuevo esposo de su madre, lo llevaban en una camioneta a trabajar en otra provincia –no recuerdo el nombre– y el vehículo volcó. Por dos meses, o tres, mientras el hombre se recuperaba, comieron apenas una vez al día, con el sueldo de Magaly, que trabajaba en un puesto de tortillas.

La función terminó, y las luces del lugar, una a una, fueron amontonando sombras sobre el rostro lloroso de Magaly. A la salida, una mujer comentó “sí es una película triste, pero no tanto como para estar llorando toda la función”. Ella no sabe, dijo Magaly, es una estúpida. Y por ese día, todo lo que restaba de ese día, odió a esa mujer como sólo saben odiar los que no tienen al lado alguien que les enseñe a hacer lo contrario.

Una cremallera de fuego le quita el vestido de silencio a este 15 de septiembre. Son unos cohetones especiales, creo, que van estallando hacia arriba, con pequeñísimas explosiones que suenan como si bajaras un cierre oxidado. A lo lejos se escucha música de mariachi, alguien dispara al aire. Celebramos la independencia de México, y no sólo en la cabecera municipal del pueblo, sino en la plancha del Zócalo capitalino. Viajamos en un tren concesionado a españoles, con ropa estadunidense y banderitas tricolor made in China, a dar el grito de independencia. Somos los esclavos que hoy 15 de septiembre agitamos las cadenas al ritmo de nuestro himno, y alabamos a los héroes que nos dieron patria, sea lo que sea eso. Me viene a la mente la ilustración de uno de los libros de texto gratuito de la primaria, no recuerdo cuál, donde La patria enarbola la bandera; México representado como una mujer. Nos enseñaron a amar a nuestra madre, la patria, pero no nos dijeron que somos unos hijos de la chingada: los niños de los que se burlan en el homenaje porque su mamá es prostituta. Nos dan un poquito de pólvora para quemar, una bandera miniatura, como las sombrillitas de los cocteles de gente fina, y jugamos a la revolución, porque ha llegado septiembre, un toro bravo al que clavamos banderillas de colores en el lomo oscuro de sus noches.

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Septiembre, un mes doloroso para Magaly. El trece de este mes es su cumpleaños. Este mes hacía a su madre recordar su otro país, el que estaba convulso en ese entonces como lo está éste ahora. Una vez, para festejar su natalicio, fuimos de paseo al Zócalo capitalino. Ya estaba adornado el lugar para que se diera el grito. Comimos helados naturistas ese día, lo recuerdo, y ella habló de cuando su mamá le compró uno, allá en El Salvador, antes que la trajeran a vivir a México, con su papá, del que la habían separado a los 7 años. Mientras comíamos el helado, sentados cerca de la catedral, un niño se nos acercó a pedir dinero. Le di cinco pesos y Magaly le dio otros cinco.

-Los niños no deberían trabajar –dijo, con la mirada en alguna parte de El Salvador y los ojos quietos, como barcos sin gente, en los adornos tricolor.

Terminamos el helado y caminamos un poco por los alrededores. Los otros personajes de la revolución, el otro México: el hombre contrahecho que pide limosna desde el suelo, en su avalancha, su cuerpo como los cubos rubik, una osamenta perfecta, pero en desorden; los vendedores ambulantes, los niños pobres, la mujer quemada que teje con lo que le quedó de manos; los desempleados, que van pasando el diario de una mano a otra, cuentas morenas del rosario que le cuelga del cuello a la ciudad, revueltianos, infinitos, con letreros mal redactados en el pecho, entre las manos, como óbolos para pasar al otro lado del hambre en esa enorme chinampa de cemento que es la ciudad. Salvador y México juntos, sin saberlo, por un hilo de recuerdo, una mirada que se quebraba al menor aire de nostalgia.
Suena mi teléfono: Magaly ha contestado el mensaje.

-Muchas gracias por acordarte.
-De nada, ¿cómo has estado?
-Bien, ya sabes, lo de siempre.
-¿Y Rolando?
-Bien, ya va a la escuela, sólo que con lo de los gastos se me complica.

Rolando y los apellidos de su madre. Quien lea las dos actas de nacimiento, la de la madre y el hijo, podría pensar que son hermanos. Ahora Magaly, hija de una casi madre soltera, es madre soltera. La estafeta pasó de madre a hija. Lo que antes se me hacía imposible, imaginar a Magaly cuidando a un ser humano, a un pedazo de sí misma, ahora se me hace natural. El último trozo del rompecabezas de su madurez, a la que la vida la empujó siempre antes de tiempo, ahora llegó en forma de otro ser humano. Magaly, una muchacha que siempre tuvo que madurar antes, se hizo madre. Pienso en los frutos que bajas del árbol antes que maduren: son amargos, duros. Así era Magaly.

-Bueno, gracias por felicitarme, ya me voy a dormir, mañana entro temprano a trabajar.

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Siempre trabajó, de una cosa o de otra. Cuando íbamos en la preparatoria, lavaba un salón de fiestas cerca de su casa. Luego, cuando desertó de la escuela, porque el dinero no le alcanzaba, trabajó en el turno de madrugada en la fábrica de Sabritas, armando las cajas de cartón en las que el producto es transportado. Durante su embarazo, me dijo años después, trabajó en una cremería cerca de su casa, en la Vía José López Portillo, del Estado de México. Ahí conoció al padre del niño, que luego de saber del embarazo desapareció y cambió su número telefónico. Me la imaginé varias veces embarazada, aunque nunca lo logré. Quizás vomitaba mucho, porque no se alimentaba muy bien. Además era bulímica, pero no del cuerpo, sino del espíritu: a veces estaba muy feliz, demasiado, como si hubiera metido a su cuerpo todas las alegrías de este mundo, y a los pocos minutos comenzaba a vomitar sal por los ojos, como si sintiera culpa, culpa de ser un poquito feliz y alguien a quien conocía no lo era.

Dejo el teléfono en la mesa y me asomo a la parte delantera de la casa. Los perros pasan velozmente, como incendiados en un fuego que no se ve. Se escucha a lo lejos el tren, su silbido, su reptar oxidado; es una víbora inorgánica entre los pastizales secos de la noche. Otro nexo con El Salvador, la gente que viene de allá con rumbo a Estados Unidos. Los cohetes siguen elevándose desde un punto que creo reconocer, a lo lejos, como la iglesia. Espermatozoides de fuego que parecen querer fecundar el óvulo de piedra que es la luna, y no lo logran.

En la televisión, los noticieros pasan tomas de distintos puntos del país y cómo celebra la gente ahí. Algunos padres llevan a sus hijos en hombros, los han disfrazado de revolucionarios: pantalones de caporal, camisa blanca y corbatín a tres colores, bigote espeso y falso. Pequeños adultos, hombres maduros miniatura, como los que trabajan en vez de ir a la escuela.

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También enfocan los puestos de comida, de bebidas alcohólicas. La gente come hasta el hartazgo y bebe como si cada trago fuera el último. México, la palabra México, es el traje de charro que tienen en el armario los otros 364 días y se ponen en esta fecha; un traje ridículo raído, anacrónico. Todos lucen felices porque celebran algo. Reviso mi celular, las redes sociales también desbordan patriotismo, alguno que otro recuerda a los 43, que cada vez se hacen más un número que una lista de 43 nombres; una mezcla homogénea de pieles morenas, nombres raros y vidas ignotas. Un amigo escribe “Viva México, que es bello y no tiene la culpa de la gente mala, floja y viciosa que a veces hay” y firma desde Polonia, donde vacaciona: el chiste se cuenta solo. Hay fotos de chiles en nogada, pambazos, pozole. Cierro la aplicación y mando otro mensaje.

-Oye, otra vez, feliz cumpleaños.

Empieza a llover. Las gotas, sobre el techo, son un adelanto del desfile militar de mañana, al que los padres asistirán con sus hijos, y reirán y señalarán los aviones y helicópteros, como si Damocles hubiera volteado hacia arriba y hubiera dicho “mira, qué hermosa espada”.
Septiembre, el mes que más le duele a Magaly; el mes que, desde que la conocí, también me duele, más de lo que lo hacía antes, porque su tristeza pareciera ser algo contagioso, para lo que no hay cura todavía.

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