#TrenSuburbano. Herencia

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

La hierba en el cajón de estacionamiento ha crecido desmesuradamente. Los pequeños bloques de cemento, que marcan la línea de entrada para el carro, están sepultados bajo el verdor de las plantas sin nombre específico (les llaman mala hierba, sólo así: generaciones y generaciones de ellas). Es domingo, así que no tarda en llegar el hombre de la desbrozadora (no puedo llamarlo jardinero, este miserable pedazo de terreno, esta costra de tierra y hierbas hostiles no puede llamarse jardín, aunque los vecinos, los buenos vecinos, digan lo contrario). Después de una hora lo miro pasar, lo llamo y acordamos el precio.

El sonido del motor arrancando, seguido por el del trozo de cable que gira hasta volverse invisible, terminan con lo que quedaba de  la mañana. Llega hasta el interior de la casa el aroma de la hierba mutilada, clorofila a punto de marchitarse. Me asomo a la ventana para ver si ya terminó. No lo había notado, pero el hombre no viene solo: su hijo, o quien parece ser su hijo, un niño de seis, siete años, amontona la hierba cortada en una esquina de la casa, luego va a la bicicleta de su padre –porque él también viene en bicicleta, una más pequeña y con la cadena llena de óxido- por una bolsa para basura; también trae una escoba. Sabe exactamente qué instrumento es el siguiente en la labor, y los pone en manos de su padre con precisión de ayudante de cirugía. Terminan, les ofrezco un vaso de agua que aceptan y se van luego de beberlo. Cada quien sube a su bicicleta y parten.

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Hoy comeremos fuera. Mamá y yo salimos de la casa y tomamos la combi rumbo al centro de Cuautitlán. Casi no hay asientos libres, así que el viaje es incómodo. Los niños viajan en las piernas de sus padres (pero aun así pagarán pasaje) y me llega el olor a crema Nivea, a suavizante del que se vende a granel, a aerosol para el cabello. En los asientos de adelante, junto al chofer, viajan su esposa y su bebé. Es casi una tradición que los domingos los choferes lleven a su familia al trabajo. También los conductores de camiones lo hacen, siempre tienen el asiento detrás del suyo apartado para sus acompañantes. La mujer recibe el dinero de los pasajes, pregunta a su marido el total y luego da el cambio. Es un día de campo sobre ruedas.

Bajamos frente al mercado. En los puestos de comida casi siempre hay niños, casi siempre hijos de los dueños. Ellos realizan las funciones que nada tienen que ver con dinero: lavar platos, destapar refrescos, recoger las mesas. Tocar el dinero, maniobrar con él y domarlo –el dinero es un animal salvaje al que los niños tienen prohibido acercarse- es muestra de que han crecido, que la infancia se acabó. Mientras comemos, se acerca a nosotros un niño de no más de diez años, nos extiende una gorra y nos dice si gustamos cooperar para el músico. Detrás de él, a unos pasos, viene su padre: toca una pequeña flauta mientras danza; trae cascabeles en los tobillos y los antebrazos; en el pecho, sobre la playera de la selección mexicana de futbol, un tocado que simula ser de plumas.  Le doy un par de monedas y luego se va. El sonido de la flauta pelea contra los gritos de la gente, pero termina por perder.

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(Recuerdo entonces a las familias enteras que vagan por los mercados, por los parques: el padre a la cabeza, tocando el acordeón; la madre un poco detrás de él, con un bebé en la espalda y una bandeja en las manos; luego el o los hijos, con pequeñas tazas de plástico para recibir las monedas. Cuándo se detendrán, dónde verán un águila devorando una serpiente o algo que les dé tregua, un trozo de tierra para morir un día).

Terminamos de comer y nos vamos. Mamá se detiene a mirar en los puestos, pero no compra. De algún pueblo, no sé de cuál, bajan las mujeres y los hombres a vender las cosas que ellos mismos cosechan: cosas criollas, les llama mamá; de éstas sí compra. Duraznos, nopales, verdolagas. Una mujer, partida a la mitad por su falda de colores (siento que la banqueta es un río donde ellas flotan: nunca he visto sus piernas) le dice a su hija que reciba el dinero que mamá le extiende. Seguimos vagando, no buscamos nada en realidad. Nos dirigimos a la base de combis y esperamos hasta que se vayan dos para poder alcanzar asiento. Avanzamos muy lento y me doy cuenta que es porque un hombre, seguido de su hijo, jala un diablito cargado con muebles de madera que él mismo fabrica. En cuanto tiene oportunidad, el chofer lo rebasa; cuando pasamos junto a él, veo su cara llena de aserrín y sudor. A veces arrastran esos muebles el día entero y vuelven con todos ellos a casa.

Llegamos y, apenas descender, mamá corre a abrir la puerta porque el camión de la basura está en la calle. Subo a mi cuarto para ver si no tengo nada que tirar. En la parte trasera del camión, donde están los desechos, el hijo del conductor vacía las bolsas y revisa si no hay nada que puedan reciclar. Avienta el PET a la derecha y el cartón a la izquierda (él también parece no tener piernas, hundido en los desechos hasta la cadera). Un día él conducirá el camión y quizás su hijo separe lo útil de lo inútil.

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La comida me cayó pesada, salgo a andar en bicicleta. Los domingos por la tarde son solitarios, desoladores: ya parecen lunes, con su ajetreo y su cara de asfalto caliente, de sudor, de labores que no se soportan. En una de las calles paralelas a la avenida principal veo al hombre del tianguis –el que tocaba la flauta- y a su hijo: pascola en el desierto de este pueblo;  yoreme perdido en el asfalto. Arrastra los pies y los cascabeles suenan; detrás de él, su hijo arrastra también los pies, porque la derrota parece ser hereditaria cuando se nace en el lugar y el tiempo equivocados. Al niño no le cuelgan cascabeles de la ropa: en él –en sus bolsillos- lo que suena son las monedas que recibieron, un sonido que no alcanza a tapar, ni un poco, el de la indumentaria de su padre.

Una perra, con las mamas arando el polvo de las calles, se enrosca sobre sus crías cuando el bailarín y su hijo pasan junto a ella. Luego mira a ambos lados de la calle, atraviesa, seguida de sus perritos, y desaparece tras las casas a los lados de las vías del tren, donde el viento toca la flauta en un carro destartalado que comienza a desparecer tras la hierba.

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