#TrenSuburbano. Lago en el cielo

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

Aquí las calles están hechas, en ocasiones, de trozos de otras calles, de otras construcciones. Los terrenos baldíos son cementerios de construcciones, de avenidas. Hay, por ejemplo, una calle cubierta de trozos de azulejo. Cuando es mediodía, a veces un poco antes, el sol va golpeando pieza por pieza de lo que, quizás, antes fue un baño, y crea una melodía visual de reflejos, de tonos afilados como espinas de luz. A veces también, por la noche, cuando las farolas de esa calle funcionan, el reflejo parece ser un pequeño cielo, un trozo de cosmos inserto en el lodo del camino. Constantemente aparecen nuevos trozos de casa. Y siempre hay alguien que, con la ayuda de una pala, cubre los baches con cascajo. Luego pide dinero a los automovilistas que transitan por ahí. Así se crean esas pequeñas constelaciones en las calles, con hombres que como abejas polinizan los caminos con el polen de la urbanidad.

Fuga3

A dos calles del camino forrado de trozo de azulejo hay un encierro de tráileres y camiones pesados. Constantemente se puede ver a los hombres reparar los vehículos. A lo lejos parecen diminutos en comparación con el tráiler. A veces llueve a la mitad de la reparación, pero ellos continúan en sus labores, no pueden detenerse. Luego se van, y dejan en el terreno las piezas inútiles, las refacciones ya inservibles, envoltorios de comida y periódicos arrugados. También dejan, sobre los charcos que ha formado la lluvia, un arcoíris grasiento de diésel, de aceite. Otra vez, el cielo parece cansarse de estar allá arriba y baja a descansar al suelo.

SONY DSC

Los camiones recolectores de basura tienen reglas específicas. No pueden recoger desechos de jardinería, animales muertos, desechos de hospital o muebles. Entonces la gente, cuando ya no desea su vieja sala, o un asiento de auto, va a tirarlo a los terrenos baldíos, a las zanjas a orillas de la carretera. A veces alguien más lo recoge –nada se crea ni se destruye, sólo desaparece de nuestra vista- y en ocasiones son los perros callejeros los que hacen uso del mueble. Duermen ahí, juegan. Y luego, algunos, comienzan a destrozar el mueble, a arrancarle a mordidas la forma de sala. Entonces queda regado el relleno, el viento se lo va llevando o los mismos perros lo trasladan de aquí para allá. Parecen nubes esponjosas, estériles, que nunca lloverán. Otra vez, nuestro propio cielo al alcance de la mano.

Fuga2

Muchas de las casas aquí no tienen un sistema de agua formal. Llevan el líquido hasta sus hogares a través de mangueras de plástico que conectan directamente de la toma de una casa más grande –así amamantan los animales de cemento, con agua simple- y pagan una cuota mensual. No sé si sean las ratas, no sé si sea la intemperie, no sé si sea la misma agua la que, como animal sin cuerpo propio, va royendo la manguera, pero esas conexiones casi siempre tienen fuga. Todo comienza con una gota, después un pequeño rocío similar al de los aspersores. Llueve de abajo para arriba. Después se forman riachuelos que siempre buscan el camino hacia las zanjas del agua de cultivo (el agua se busca, no quiere estar sola: es un ser que los humanos hemos despedazado pero que, por más que luchemos por mantener aislada, siempre busca reconstruirse; el agua es una culebra de vidrio). Llueve del suelo hacia arriba. La sintaxis de la naturaleza parece no importar aquí.

Fuga 1

Quizás siempre debe haber un cielo al alcance de los hombres, porque de otro modo no seríamos hombres. Tenemos un cielo de reserva, por si el otro nos llegara a fallar, por si el otro, de pronto, como pasa en ocasiones, quedara mudo tras una mordaza de smog, de contaminación. Y entonces creo que, si tenemos este pequeño modelo a escala aquí abajo, entonces quizás, sólo quizás, es posible que haya un lago en el cielo, más allá de donde alcanzamos a ver con este pobre par de ojos.

Comments

comments