#TrenSuburbano. Producción en masa (Déjà vu)

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

Fotos: Óscar Suárez Alemán
@casitremendo

Diez de la noche, un poco más, y la combi que espero no aparece; afortunadamente, no soy el único en la calle que espera su transporte; hombres y mujeres que han salido de las fábricas esperan su transporte. Veo venir muchas combis, sus luces ciegan por un momento y, cuando están cerca, se frenan para ver si subirás. Se parece a cuando los hombres disminuyen la velocidad en sus carros para apreciar las filas de prostitutas y escoger una. Poco a poco, uno a uno, los hombres y mujeres que estaban junto a mí desaparecen, se suben a una de las combis y se hunden en la oscura carne de la noche, que el filo de los faros de los vehículos sólo alcanza a rasgar un poco. No lo saben, y no es que importe mucho, pero quizás sea la última vez que nos miremos.

Soy el único en la calle, en esta parada al menos. Es inevitable sentir un poco de desesperanza, un poco de miedo, un poco de desesperación, en cantidades más o menos iguales. Pienso en mí, pero también en los demás –sobre todo las mujeres- que salen a las diez, once, once treinta de trabajar. Me da miedo por ellos. Las fábricas son un útero frío, duro, al que, como todos los úteros del mundo, ya no es posible volver una vez expulsado, al menos hasta el día siguiente. Qué harán, me pregunto. Pasa una combi, no es la que espero. En ella sólo van el chofer y, en la parte posterior, casi fundida con la oscuridad interior del vehículo, una muchacha de veinte o veinticinco años. Su rostro se ilumina con la pantalla de su celular; es una virgen, una mártir, una imagen como la de las iglesias. La veo alejarse. Si llegará a su casa, o donde sea que la esperen, nunca lo sabré.

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Veo venir la combi, mi combi. Un alivio a medias me recorre el cuerpo. Aún falta sortear las zonas peligrosas, los posibles asaltos, el hecho que, quizás, el chofer mismo decida desviarse en una calle cualquiera –oscura como sólo las calles sin gente pueden ser– y asaltarnos. No sería raro: aquí la paranoia es una especie de prestidigitación sin mucho margen de error. Recuerdo entonces cuando vivía en la colonia Industrial Vallejo, la única temporada que he pasado fuera del Estado de México. Las enormes fábricas silenciosas después de las labores, bordadas contra el cielo gris y espeso; las calles largas, larguísimas, un desierto de arenas oscuras y palmeras de luz artificial; las madrugadas, tierra fértil para que, al día siguiente, se cosecharan cuerpos de gente que parecía nunca haber tenido alguien que los esperara. Terrible. La soledad más profunda que he conocido. La otra cara de la ciudad, de los productos. Cuántos litros de shampoo, cuántos rastrillos, cuántos rollos de papel habremos usado ya, sin saber, sin siquiera imaginar, que las manos que ayudaron a crearlos no pudieron repeler el ataque de una sombra que se hizo carne, que se hizo violencia en una calle oscura a no más de dos cuadras del sitio de trabajo. Alguien se quedó después, lo juro, esperando en casa un retorno que no pudo ser.

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El camino transcurre sin mayor contratiempo. Sube una mujer con dos niños. Dos calles más adelante suben un par de hombres con el uniforme de Danone. Luego, a menos de una cuadra, una muchacha de más o menos mi edad; de su bolsa de mano asoma un uniforme que no alcanzo a reconocer. Comienza a maquillarse, lo hace bien a pesar del ajetreo que causan los baches. Es bella, un rostro que parece no encajar con el uniforme de dependiente de gasolinera que acabo de reconocer. El estereotipo de la mujer que espera en casa al hombre se extingue poco a poco; la imagen de la mujer amorosa, que espera con la cena caliente a su esposo, parece ser un anacronismo. No más esposas que esperan al hombre con el sexo tibio entre cobijas que aún se deben, en una cama que también se adeuda, para darle un hijo, lo único que podrá llamar suyo hasta el fin de los días. Ya no. Ahora veo mujeres en las gasolineras, en los Oxxos, en las fábricas. La igualdad parece haber llegado, pero esto no parece tener ningún tinte de feminismo: es la lucha por sobrevivir.

Conforme avanzamos, la gente comienza a descender. La mujer con sus dos hijos lo hace como puede, y la veo perderse en una unidad habitacional en cuya entrada hay un Oxxo y una gasolinera. Más adelante bajan los dos hombres, a quienes, desde hace unos minutos, la conversación se les acabó; también se pierden en una unidad habitacional resguardada por un Oxxo y una gasolinera; qué fácil es tener un deja vú en estos días, en estos lugares; se puede llegar a perder la noción de los días, de la vida; ya nada es distinto. Sólo quedamos la muchacha y yo. Las calles siguen quedando tras nosotros. Llegamos, por fin, al lugar donde desciendo: una gasolinera donde están construyendo un Oxxo. Pago mi pasaje y pongo los pies en la banqueta. La combi, con la muchacha en ella, sigue su camino hasta los tres pueblos siguientes que le falta por cubrir. Por un momento –pequeño, tan pequeño que los segundos no alcanzan a atraparlo- esa muchacha y yo nos amamos, nos preocupamos uno por el otro (yo, claro, más que ella) y pensamos en lo bello que sería haber descendido uno con el otro hacia un hogar seguro. Lo sé. Espero pueda llegar a su casa, a encontrarse con esa persona con la que no dejó de hablar por teléfono durante la segunda mitad del trayecto.

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Rumbo a mi calle, veo a las mujeres que ingresarán al tercer turno de la fábrica de herramientas cercana a mi casa. Al menos estarán seguras, pienso, al menos hoy su nombre estará en la lista de ingreso de la empresa y no en los cientos, miles de reportes de mujeres desaparecidas en el Estado de México. El aire parece querer llegar a tiempo a donde quiera que vaya, comienza a soplar con más fuerza. En uno de los postes aletea, aún presa por una tira de cinta adhesiva, una hoja que nos pregunta a los que pasamos por ahí (a ti, a mí, a ellos) si la hemos visto, si podemos dar informes de su paradero. El aire no renuncia, arranca la hoja y la arrastra por la calle hasta hacerla desaparecer en la oscuridad; mariposa de dos colores que lleva en sus alas el rostro y datos de alguien que no volvió. La arrastrará, no sé por cuánto tiempo, por la eterna caída de las calles horizontales. Me da pena, pero es más seguro que esa hoja vuelva al poste a que la mujer, las mujeres, los miles de mujeres, vuelvan a donde las esperan.

Antes de entrar a la calle donde está mi casa veo un taxi acercarse. Me pongo en alerta, la semana pasada encontraron a un estudiante muerto a dos calles de aquí; el mes pasado a un hombre herido. Nada, es sólo una mujer viajando en el asiento trasero, luce cansada. Me mira con algo que creo reconocer como compasión. Pobre, quizás piensa, a estas horas de la noche y caminando por esta zona. Pobre, pienso, tener que arriesgarse a viajar con un desconocido por estas calles y a estas horas. De tanto pensarlo comienzo a sentirme confundido: como en las cárceles sucede a veces, de pronto pienso cuál de los dos está del lado equivocado de la ventanilla del carro, cuál de los dos es a quien hay que compadecer.

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