#TrenSuburbano. Sábado de Gloria

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

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Hoy, sábado de gloria, es un día aburrido. En la televisión pasan las mismas películas de cada año: estoy harto de ver a Moisés salir de Egipto; harto también de ver el agua convertirse en sangre. Tomo la bicicleta y salgo a pasear. Tengo una bicicleta de montaña porque aquí las de carreras no sirven: tantas piedras acaban por destruir esas llantas delgadas en menos de lo que uno pudiera imaginarse. A la izquierda, Teoloyucan: pueblo casi colonial, calles que van hacia arriba, siempre hacia arriba, como girasoles de pavimento que nunca alcanzan a tocar el sol por más que lo intenten; a la derecha, Cuautitlán: otro pueblo, más urbanizado, pero igual de polvoso. Esta vez elijo la derecha, no quiero cansarme tanto en las subidas.

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Aquí las bicicletas son algo común. He visto –y escuchado- que ahora también en el Distrito son algo común, al menos más de lo que era antes; animales de huesos de metal y patas de caucho que inundan las calles. Sin embargo, aquí la fauna es distinta, más variada. No todos tienen bicicletas de ésas que se ven en los comerciales, ésas de modelos que simulan ser antiguos, con canastillas de mimbre artesanales, llantas brillosas y pedales suaves y silenciosos. Aquí la mayoría son viejas, pesadas, hechas de metal y oxidadas en la mayoría de sus partes. Aquí nadie piensa en el ambiente al momento de escoger la bicicleta sobre el transporte público o los carros particulares, aquí pensamos en el bolsillo, en ahorrarnos los 8, 10, 15 pesos del pasaje. ¿Capa de ozono, medio ambiente? Términos que pertenecen a otros, siempre a otros, no a estos pueblos, donde por la cantidad adecuada de dinero no dudaríamos en exterminar a la especie que fuera.

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Rebaso –por la derecha– a la señora que recoge plástico; podría decirse que es una carrera de bicicletas, pero ella tiene un triciclo –enorme, viejo- en el que recorre las calles buscando botellas, bolsas, recipientes rotos, para, una vez lleno el compartimento, venderlo para vivir un día más. No es propiamente una bicicleta, pero también se trata de pedalear, de andar por las calles esperando que la cadena no falle, que los pedales se mantengan en su lugar, que las llantas no se ponchen. Nada parece hermanarnos. Nada, salvo las piedras de las calles y una aparente calma. Lo mío es distracción, lo de ella es la vida.

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Llego a la zona del tren suburbano. Recargadas en la malla ciclónica de la estación, amarradas con cadenas –una, o dos o tres, las que se requieran- hay bicicletas de todo tipo, y a veces se puede adivinar la profesión del dueño sólo con mirarlas un poco. Algunas llenas de cemento, otras oxidadas, con manchas de pintura. Hay unas que tienen una pequeña silla adaptada en la parte trasera, donde, estoy seguro, las madres llevan a sus hijos a la escuela y de ahí toman el tren para viajar a sus trabajos, a veces en las colonias de la ciudad de México donde andar en bicicleta es distinto, casi bello. Y también está el bici estacionamiento perteneciente al suburbano, donde las bicicletas están colgadas de la llanta delantera. De lejos tienen el aspecto de las reses muertas en el mercado, frías, meciéndose al vaivén del polvo.

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De regreso a casa, miro a un grupo de ciclistas. Sus bicicletas brillan, al igual que sus cascos, sus chalecos, sus reflejantes. Son como un grupo de aves exóticas atravesando un paraje estéril. Rompen por un segundo la monotonía del gris en estos lugares, luego se desbarrancan por el horizonte para no volver.

 

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A unas calles de la iglesia me encuentro con el hombre que vende dulces afuera de la estación del tren suburbano. Tiene sólo una pierna, y hace avanzar la bicicleta con fuertes golpes de su única pierna al pedal, el que hace volver con el mismo pie y reinicia la acción una y otra vez. Los carros pasan casi pegados a él, en un acto que se parece a la muerte con cada segundo que pasa. Es un venado que baja a beber al río de la modernidad, con el consabido riesgo de un día ya no volver.

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En el atrio de la iglesia, el periódico bajo el brazo, los ojos clavados en la calle –y la mirada fija en los tiempos mejores, que quizás nunca existieron- está el afilador, esperando que los cuchillos se cansen de rasgar tanta carne (porque los cuchillos también mueren un poquito cada que asesinan) y necesiten ser revividos. Su bicicleta está junto a él, dromedario de joroba que atraviesa pacientemente el desierto de la incertidumbre.

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Miro a un hombre: viene pedaleando un triciclo donde, además de su mujer, sus dos hijos y un tanque de gas, hay un par de banquitos y recipientes con comida y refrescos. Amarrado al triciclo, con un trozo de cadena y un trozo de cuerda, un perrito –no debe tener más de un mes- a momentos avanza y a momentos es arrastrado. El perro viene amarrado al triciclo; el hombre amarrado a éste; la mujer y los hijos amarrados al hombre, y a todos nosotros nos jala de una correa invisible el aire, para no dejarnos huir a cualquier lado que no sea la vida.

 

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Ha comenzado a llover, así que me refugio bajo la lona de una papelería. Me incomoda un poco pensar que, de vuelta a casa, no podré evitar llenarme de lodo. La mujer de la papelería ni siquiera me presta atención porque Los diez mandamientos está en una parte vital: Moisés partirá el mar rojo en dos. Después de unos minutos, que me parecieron insufribles, la lluvia se debilita, así que aprovecho para irme. En la avenida que va para mi casa, miro a los hombres y mujeres que vienen del trabajo: vuelven en bicicleta, cubiertos con bolsas de plástico bordadas con gotas de agua; su pedaleo es lento, monótono. Comienzo a rebasarlos, uno a uno, hasta que me coloco a la cabeza. La llanta delantera de mi bicicleta parte el agua en dos. Volteo antes de doblar a la izquierda para asegurarme que no vengan carros: detrás de mí vienen todavía las bicicletas, un pueblo derrotado que tuvo que trabajar en sábado de gloria.

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