#TrenSuburbano. Tercera Edad

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

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Son las once de la mañana. En la cerrada Jazmín, sin número, al fondo, hay una barda color pistache. Un zaguán blanco, casi tan alto como el muro, recién pintado, se abre. Rosa y Clara, dos de las mujeres con más antigüedad allí, hacen a un lado las bolsas de lona y los catres para dejar pasar a la camioneta, una Van blanca en excelente estado. En la puerta del conductor, así como en la placa junto al zaguán, se lee Hogar para mujeres de la tercera edad en situación de calle, A.C. El vehículo se detiene en el patio principal, tapizado con la sombra de los árboles, y la puerta trasera se abre. Descienden dos mujeres de mediana edad. El chofer, un hombre gordo, alto, baja y se acerca a ellas. Al último, con el gesto que tienen las aves cuando luego de años de presidio alguien les abre la jaula, una anciana desciende. Mira a ambos lados, se apoya en el brazo que le extienden y pone los pies en el cemento pulido, húmedo por la lluvia de anoche. Aún no lo sabe, pero será la última vez que atraviese el zaguán.

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“No quería bañarse, la tuvieron que asear a la fuerza”, dice al día siguiente Clara, mientras ella y Rosa acomodan, a las puertas del asilo, la ropa y los juguetes sobre los catres. Quizás antes, en ese tiempo que no es el que comparten entre estos muros, fueron comerciantes; sus manos se mueven con soltura entre las prendas, doblan con agilidad y precisión la ropa usada que los vecinos, y algunas otras instituciones, donan con regularidad. Lo que les sirve a las residentes lo apartan, el resto se va a la venta, cuyas ganancias sirven para algunos gastos de la institución. El resto del día laboral lo usan para acomodar sus anécdotas, sus experiencias, sobre el catre viejo, inútil, que es su soliloquio. Hablan sin conversar, cada quien oreando sus pasados, sus recuerdos. Hablan de sus hijos, de sus nietos, de sus nueras y parientes, como si aún les pertenecieran. Pulen los recuerdos, para que el óxido del olvido no se los arrebate un día.

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La llamaron María, porque eso era lo único que repetía cuando la encontraron en una avenida cerca de Tacuba. No saben si es su nombre, o si era sólo un trozo de plegaria que se alcanzaba a escapar de sus labios. Olía como si no se hubiera aseado en meses, y bajo las capas y capas de ropa con que se cubría hallaron, el día que la tuvieron que bañar a la fuerza, un cuerpo encogido sobre sí mismo, retraído hacia adentro, como si ya ningún parque, ningún puente, ofreciera suficiente protección. Su sexo, llamarada de ceniza, fuste de nieve, dejaba escapar un aroma fuerte, doloroso. Las enfermeras tallaron su cuerpo con paciencia de ebanista, hasta que lograron sacar, de ese tronco bípedo, de ese animal de piedra, una mujer de alrededor de 70 años, con cicatrices en las piernas. María, continuaba a cada momento; imposible describir el mundo, la ciudad, el olvido y el hambre que llevaba a cuestas, a través de un lenguaje donde el nombre de la madre de su Dios era sujeto, verbo y predicado.

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Clara sufre de una cardiopatía desde hace más de diez años. A veces por la noche sueña con una vecindad enorme, con un patio al centro al que, por más que corra, nunca puede llegar porque el pasillo se alarga con cada paso. En la ventana puede ver un rostro, y sabe, aunque no puede ver desde ahí, que en la caja de zapatos dentro del ropero sigue su foto de bodas. La medicina que necesita es cara, muy cara, y en las donaciones, a veces, llega una caja, o dos. Lo malo es que ella no es la única que la toma: otras tres mujeres de ahí sufren la misma enfermedad. En ocasiones, cuando platica con Rosa, mientras esperan que algo se venda, se lleva la mano al pecho, donde también le cuelga un escapulario, lo único que le dejaron sacar de la casa donde vivió más de cincuenta años.

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María, como la han llamado, se rehúsa a comer. Sale al patio, se sienta en la orilla de la jardinera y mira hacia el cielo por horas. Entrecierra los ojos, extiende la mano derecha, con el índice y el pulgar en pinza, y cuando ve pasar un ave aprieta los dedos y luego se los lleva a las bolsas del suéter rojo que donaron el mes pasado. Va a llegar el invierno, y ella será la única con suficientes aves para aguantar los días fríos y el silencio de los dormitorios.

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Alguien aprieta el botón del interfón, pasan dos segundos y se escucha un poco de estática.
-¿Diga?
-Vengo a hacer una donación.

La puerta se abre, la persona entra con dos bolsas de Aurrera en cada mano y la trabajadora social ya le espera en la rampa de acceso para minusválidos. Recibe las bolsas, pregunta si la medicina no ha caducado y da las gracias a nombre de las residentes del lugar. Regresa a su oficina, el lugar más iluminado, no así el más bello de la casa hogar, y desde ahí mira el kiosco donde el día de la madre, y el día del abuelo, algunos jóvenes voluntarios tocan la guitarra y montan obras de teatro para las mujeres que ahí habitan. Regresa al papeleo cotidiano, y piensa, por un segundo, que si los parientes de las mujeres de ahí se responsabilizaran, las condiciones serían mejores para todas.

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Rosa y Clara llevan más de dos horas en silencio. Se conocen desde hace muchos años, y ya olvidaron cuáles fueron las primeras palabras que se dijeron. Rosa fue empleada de una fábrica textil por más de veinte años. Luego, al jubilarse, depositó, de manera íntegra, el dinero recibido en la cuenta de su hija mayor, para comprar un terreno de 15 x 25 en las orillas de Cuautitlán Izcalli, en el área limítrofe con Cuautitlán México, donde vivirían ella, su hija, él marido de ésta y las dos niñas, la de cuatro años y la que venía en camino. El resto de la historia sólo ella lo conoce. Una vez vio un caso similar al suyo en un programa de televisión, e interpretó aquello como una señal divina. No sabe, y tal vez no quiere saber, que la estadística es lo más cercano al destino. Dan las tres, nada se ha vendido hoy y entonces comienzan a recoger las cosas.

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María amaneció muerta en su cama. Lo que sea que la haya hecho repetir “María” hasta desinflarse los pulmones, ahora estará junto a las raíces, a las semillas; será materia prima de vientos y de otras mujeres que un día, quizás, también sean abandonadas en las calles. En la casa hogar para mujeres de la tercera edad en situación de calle las cosas continúan: alguien donó un par de televisores, llegó más ropa y Clara y Rosa ya han separado la que es para venta y la que es para uso. Lo que no tiene nombre prácticamente no existe: en dos meses María –si es que así se llamaba- será olvidada, y un día, a las once de la mañana, Rosa y Clara verán entrar la Van blanca, la puerta abrirse y una mujer bajar. Días después, cuando hablen con ella, sabrán que vendía dulces en un parque de otro municipio, que se llama Mariana y que tiene dos hijas. Pensarán, sin decírselo una a la otra, qué es aquello que Mariana hizo para ser echada de su casa, pues el fondo siguen creyendo que eso, el estar ahí y no en sus hogares, es por algo que hicieron y aún no saben qué es.

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