#Trópico2017: ¿cuántos Méxicos hay en México?

por Israel Pompa-Alcalá
@thesmallestboy

Fotografías de Aline Rivas
@_alineri

Para:
ElAle por siempre ser.
Aline por estar.
Andrea y Lore por aparecer (y hacer todo más txido).

¡1,

Los viajes siempre empiezan (emocionalmente) antes de realizarse.

Una noche, la vida juntó a una botella de tequila con dos mujeres vascas y dos hombres chilangos. La suma de todo eso dio como resultado, borrachera mediante, que las y los involucrados decidieran ir en bola a Trópico, festival musical con sede en Acapulco. Las razones para escapar de la ciudad, además de la peda y la amistad, sobraban. Y es que uno de esos chilangos (o sea, yo mero), cree fervientemente que desde el 19 de septiembre (el mismo puto año de hace 100 putos años), día en que la tierra se sacudió, los habitantes del centro del país estamos necesitados de huir de una realidad aplastante, de un tiempo que se ha hecho lentísimo, de una forzada toma de conciencia respecto a la fragilidad. Y no, no es por cobardía o negación, es pura humanidad: a veces los hechos resultan tan asfixiantes que uno necesita algo de aire fresco. Y así fue como comenzó esta aventura, incluso antes de dar un paso: con 4 personas que vieron en la playa, la música y la amistad, una promesa de respuesta ante las incógnitas que el sismo nos dejó.

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2,

Tras semanas de preparación, el ansiado viernes 8 de diciembre llegó. Al viaje se unió una ex-defeña, ahora avecindada en Los Cabos: el doble par se transformó en póker. Al festival se le negó uno de los actos principales, Seu Jorge, quien canceló su participación 48 horas antes de arrancar. Con este juego de sumas y restas, comenzó la aventura.

Luego de una carretera sorpresivamente tranquila y la llegada a una casa rentada sorpresivamente vacía, nos lanzamos al festival.

La entrada fue sencilla, porque eso ha caracterizado a Trópico desde sus inicios: es uno de los pocos festivales en el país que tiene una producción y orden impecables. La música había comenzado con Derre Tida, a quienes nos perdimos, porque así es el cruel oficio de ser abridor. Pero alcanzamos a escuchar algo de Awwz, proyecto de la catalana Gemma, experimentada productora y artista, con quien tuvimos la oportunidad de platicar acerca de su presentación, que consistió en un DJ Set. “Empecé con algo sensual, un poco de R&B, pero en cuanto vi que la gente se animaba, me tuve que ir por cosas más cantadas y con algo de ‘caña’, porque noté que el ambiente iba por ahí. El show terminó lleno, así que me siento increíble y muy contenta”. Justo como Gemma señaló, el ánimo generalizado del viernes era de arrancar la fiesta en cuanto se pudiera, y el escenario principal prometía que así sucedería.

Vinieron Salt Cathedral y DBFC. Los primeros sorprendentemente bien. Los segundos bastante planos y sin mucho chiste, sin embargo, a la mayoría de la gente que se encontraba en el pasto del Pierre Marques, no le importó demasiado: ellos estaban ahí para fiestear a como diera lugar. Ante la hueva producida por DBFC, su (in)seguro servidor se dio a la tarea de analizar al público: la mayoría de las personas eran rubias, fornidas o de cuerpos bien torneados, con miles de pesos en las pulseras cashless (de las cuales sigo sin entender sus supuestas bondades) y una actitud rarísima de rave/fiesta de graduación/spring break/mirreyismo. Mientras tanto, como bien señalaron las vascas (quienes estaban tanto o más aburridas que yo), la gente que se encargaba de servir los tragos o limpiar la basura o cualquier tipo de servicio, era en su amplía mayoría de tez morena y estatura baja. Se sentía como si dos Méxicos estuvieran chocando en ese preciso instante. Algo de ello resultaba incómodo, pero aún sin saber bien qué. Afortunadamente acabó DBFC y dio paso a Titán, uno de los actos más esperados de todo Trópico. Antes de subirse al escenario, dieron una conferencia de prensa en la cual se veía que no tenían muchas ganas de estar. Jay de la Cueva, con el colmillo que deja el hecho de tocar casi desde la cuna, era el más animado, quien contestaba mejor, no sólo en términos de elocuencia, sino de simpatía. Ok: es comprensible que la mayoría de las conferencias suelen ser una patada entre las piernas, porque de todos los medios reunidos, comúnmente sólo se pueden rescatar un par de preguntas interesantes. Pensé entonces que no era mamonería, sino simples ganas de querer subirse al escenario ya.

Casi media hora después, lo hicieron. Las primeras 4-5 canciones pusieron el ambiente que se esperaba. Sin embargo, como si su encuentro con los medios hubiera sido una premonición, el show empezó a caerse justo después de pasado el primer tercio y no hubo forma de rescatarlo. Ni su mega hit ‘Corazón’, logró cubrir la amplia expectativa. Por ahí dicen que lo mejor es no esperar nada de nadie, y tal vez con eso en mente hubiéramos disfrutado de Titán. Pero ces’t la vie. Ai’ pa la otra, chavos.

Dixon empezó a las 12:45 am, pero entre las horas de viaje y la decepción musical hasta el momento, decidimos irnos y guardar energía para el sábado, el día más completo (en todos los sentidos) del festival.

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3,

Luego de desayunar unos bellos huevitos preparados por ElAle, la misión era clara: el sábado sería todo para la cumbia, con un par de añadidos por ahí. Llegamos justo al final de Salvador y El Unicornio (así la insoportable crueldad de abrir), con quien tuve el chance de charlar. Este muchachón, nacido en Guadalajara, pero raised in United States, mezcla la nostalgia por el sur con la vanguardia que le dio vivir en el norte. Él mismo señala que lo suyo es crear un ambiente donde ambas cosas pueden coexistir, pues mientras en su infancia y primera adolescencia se la pasó escuchando la música que sus papás le ponían (sobre todo bossa nova), luego descubrió otros ritmos, como el punk, del cual confiesa divertido: “cuando me invitaban a tocar, querían que colocara acordes sencillos, pero yo llegaba con arpegios y posiciones que había aprendido de la música brasileña”. Una mezcla que promete cosas en el futuro inmediato.

En cuanto acabó la entrevista con Salvador, había que correr al set de Frente Cumbiero, quien puso ambientazo en la piscina. La cumbia, la salsa, la chicha y ritmos afroantillanos nos pusieron a bailar. Ahí empezó la conquista de los ritmos sabrosones sobre la “vanguardia” electrónica. Preferimos ir a la fiesta de Quantic antes que a Fémina. El DJ trató de seguir la onda dejada por Frente Cumbiero, pero la neta es que perdió el mojo varias veces. ¿Lo bueno? Casi a la mitad de su set arrancaron Los Wemblers de Iquitos, quienes prendieron fuego al Escenario Playa con varios clásicos de la chicha psicodélica peruana. El coitus interruptus del día anterior ahora se manifestaba como un cachondo revolcón.

A Mendrix, proyecto de Billy Méndez, le tocó la ruda tarea de compartir horario con Thundercat. Justo el viernes había platicado con Billy acerca de lo que esperaba con esta nueva fusión de blues y electrónica, la cual se aleja de sus otros (exitosos) proyectos como Motel y Disco Ruido. “Este es un reencuentro con mi primer amor que es el blues. Lo junté con ritmos afro, y me sirvió de terapia. Mi meta es que la gente deje atrás todo prejuicio y pueda abrir los oídos, porque siempre me he esforzado por abrir tanto la puerta de la industria, como por hacer un pop de muchísima calidad, lo cual me parece incluso más punk que hacerse el cool”. Y sí: Billy logró conquistar a aquellos que le prefirieron sobre Thundercat gracias a la mezcla de géneros y su buena actitud. Sin embargo, era una obligación ver al nuevo maestro de las 4 cuerdas, así que tuve que dejar atrás a Mendrix.

Para decirlo rápido y en paráfrasis a una de las reseñas más conocidas del rock: “he visto el futuro del jazz y su nombre es Thundercat”. Qué nivel de ejecución, composición, simpatía, poderío y energía. Poner a uno de los músicos más importantes en lo que va del siglo XXI en tu escenario principal es un acierto para las mentes que decidieron curar Trópico. El buen gusto se reafirmó con el set de Ondatrópica, quienes volvieron a poner baile en nuestros pies luego de que Thundercat nos volara la cabeza. Aunque el sonido no fue el mejor (culpa del ingeniero), los de la onda tropical captaron perfecto el pulso de la noche, que sólo quería bailar y bailar.

Neon Indian y Cut Copy estuvieron bien a secas, pero no lograron ni un poquito de aquello que nos había dado la dosis tempranera de ritmos guapachosos. Lo mismo con Polo & Pan y Jungle, aunque bueno, es justo decir que estos últimos lograron prender a la banda güera que ya estaba o muy entachada o muy en coca o muy peda. La sensación de extrañeza, de encontrarse frente a un México ajeno al México que vivimos en la cotidianidad. El malviaje estaba a la vuelta de la esquina, así que mejor huimos. Aún quedaba un día.

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4!

El tercer día estaba claramente dividido entre sets electrónicos para bailar y mojar las carnes en la piscina, o bien, llegar tarde al cierre de las bandas sobre el Escenario Playa. Optamos por lo segundo, cosa que casi todos los asistentes al festival decidieron hacer (excepto quienes se hospedaron en el Pierre Marques o conectaron la fiesta de la noche anterior). Derre Tida repitió en la playa con un set pequeño (media hora apenas), pero que nos reveló a una artista interesante. Gabriel Garzón-Montano y Papooz estuvieron coquetos, pero nada extraordinario. Luego llegó el hambre y vi a la distancia a Kerala Dust, quienes empezaron a avivar la fiesta.

A continuación apareció Matanza, quienes con su mezcla de electrónica y ritmos andinos volvieron loca a la audiencia, aunque la verdad es que yo sigo sin entender muy bien porqué. El hecho es que el malviaje regresó y volví a optar por alejarme durante el acto de Dengue, Dengue, Dengue. Mientras los enmascarados se desempeñaban en el escenario, yo me senté en el pasto con Lore y le conté lo siguiente:

Catarsis enmascarada de reflexión (y por tanto, sacudida por la emoción y la inmediatez del momento, por ello su naturaleza incoherente o poco hilada).

No sé, es muy raro el festival. La gente me malviajó muchísimo. Es como si estuviéramos junto a una élite, ¿no? O sea, sí, el festival está chido, porque la producción es buena, porque no es tan caro, porque está chido que traten de descentralizar los eventos en un país que peca de centralista. Pero luego ves que todos son güeros con lana, porque no es un festival accesible… o sea, el 90% de la población aquí debe venir del DF. Estoy casi seguro que nadie de aquí es de Acapulco o de Guerrero. Como el taxista, que no sabía que nos traía al festival. Y sí, está chido salir y darle vida o varo o lo que sea a un estado que ha sido tan golpeado por el narco y los gobiernos, pero… no sé. ¿Esta banda pensará en esto durante un momento o instante del día? Seguro no. Seguro ellos viven en un México distinto, así como nosotros vivimos uno particular, que también tiene sus privilegios, pero bueno, que al final es un esfuerzo estar acá. Pero pienso en la gente que está atendiendo, y que, o sea, vienen de otra realidad, de un tercer México y pues está cabrón. No sé qué pensar. La gente del festival no tiene la culpa de esto, supongo. Ellos hacen su chamba y ponen sus condiciones y vaya, lo hacen bien, el festival es bueno: pasamos rápido a todo, el sonido es bueno, los escenarios chidos, las instalaciones bien, la seguridad igual. Nomás estas pinches pulseras, pero pues eso ya lo hacen todos. No sé, neta estoy confundido, porque parte grande de un festival es su público. Y aquí se vio, ¿no? Esta banda con una actitud como de “soy dueño de este pedo”. ¿Te acuerdas de ayer de Jungle? Ah no, es que te moviste. Pero un bato enfrente de mí, de ese grupo, me gritó cuando me vio aburrido: “ánimoooooo cabrón”. O sea, que me tenía que divertir a huevo. Como que le incomodaba que estuviera ahí, y supongo que él a mí. Y lo cabrón es entender que ambos, aunque no compartamos ningún valor ni nada, pertenecemos al mismo país, igual que un chingo de gente que no tiene acceso a esto ni de coña, como dirías tú. Y quién sabe, hacer la reseña de un concierto siempre es muy difícil, porque es una experiencia subjetiva y personal, emocional, ¿no? Bueno, eso creo. Quiero decir: puedes reseñar discos, libros o películas, porque aunque también es una experiencia personal, tienes parámetros o reglas para hacerlo, pero ¿en un show en vivo? ¿Qué tanto puedes transmitir respecto a algo que no puede repetirse, que es un momento único en el tiempo? Porque ok, igual, parámetros de logística: todos los cumple Trópico: buena producción, buena organización, no está tan caro como podría estar, etcétera. Pero eso: ¿cuántas realidades vemos y cuántas ignoramos, a cuántas pertenecemos, cuántas violentamos y cuántas nos violentan a nosotros? Es un pedo este país y se pondrá más cabrón el año que sigue, con las pinches elecciones y la crisis que seguro habrá y tal. Y aquí estamos, reflexionando estas cosas en un festival de electrónica o algo así. Y todo esto lo debo escribir y tratar de ser medio coherente, de explicar esta sensación tan rara de que es un festival chido por su estructura, pero la gente que viene, no sé… quién sabe, algo se me ocurrirá.

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Reflexión luego de hacer catarsis (y por tanto, mucho más centrada y coherente, lo cual nos puede dejar las cosas un poco más claras).

Una cosa me queda clara luego de dejar atrás Acapulco y regresar al ex DF: este podría ser el mejor festival del país si sus propias condiciones fueran otras. El cartel siempre sorprende y ya quedó claro que en cuestión de logística/producción son impecables. El riesgo que implica llevar un show de este tamaño a uno de los estados más sacudidos durante los últimos años, igual es loable. Pero al final, es una sucursal de la capital en la playa. Es decir, igual los beneficios de atreverse a hacer cosas distintas es una buena intención, pero esa no se concreta en la realidad, porque el público que alimenta el festival pertenece, en su amplísima mayoría, a una élite, a un México alejado del México crudo que viven los guerrerenses. Eso, me parece, no es culpa del festival en sí, sino de algo que está en nuestro ADN social: los grandes eventos culturales están reservados para gente con privilegios (aunque sean mínimos). Ojalá un día eso cambie, pero la neta se ve complicado en un mundo capitalista y dividido entre aquellos que tienen y los que no.

Y eso, aunque pueda ser visto como una exageración o una chairez o lo que sea, pesa sobre el evento en general. Por ejemplo: a mí me pareció que Thundercat y la cumbia-chicha-guaracha salvaron el festival, por mucho (es más, les regalo una idea millonaria de playera para el próximo año: In Cumbia We Trust). Mi consejo es: más onda tropical en la playa y menos electrónica plana y repetitiva… aunque bueno, para gustos se hicieron colores.

¿Es Trópico un festival para todos?
Creo que no, y no sólo en cuestión monetaria, sino incluso en el perfil musical.

¿Era la fiestota que esperábamos? Por momentos. Los momentos buenos fueron muy buenos, y los malos, muy malos, pero todo motivado por las razones que ya han sido expuestas, no por la organización en sí.

¿Puede convertirse en un referente?
Ya lo es: hay gente que se lanza sin saber que habrá o sin prestar mucha atención en el cartel, porque la combinación de playa, fiesta y amigos, es tentadora en sí misma.

¿Sirve de algo haber escrito todo esto?
Una parte de mí sigue pensando que resulta extraño, en esta época, reseñar un concierto, pues ante un mundo hiperconectado, lo único que queda es la experiencia unipersonal de estar ahí. Sin embargo, uno tiene fe en que ciertos pensamientos o reflexiones, aunque fugaces, confusos o poco claros, pueden ayudar a vernos en nuestra industria de entretenimiento, que es, a final de cuentas, un espejo de nuestra realidad, porque en cosas como ésta demostramos nuestra capacidad para crear comunidad.

¿Y cuál es nuestra realidad? Depende.

¿De qué depende? Del México del cual hablemos.

¿Ah sí?
¿Pues cuántos Méxicos hay en México?

Esa es la gran pregunta.

Esa es.

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