Un día en la vida de abril casi ido marzo

Rumbo a La Habana el último martes de marzo del 19 cuando debería estarme preparando para montar en mi bicicleta y arriesgar el pellejo, la prosapia y el estilo por las exdefeñas rutas con rumbo a la emisora NoFM que pregona como lema más cabrera que infante el “Todo Menos Miedo” y así producir Atiza, ese programa de desempolvados viniles en internética radio que dos horas semanales me mueve a moverme, cuando en la capirucha estoy, y así luego a demostrar que si aprendiste sin rayar a poner la aguja en el deseado surco la enseñanza permanece sin importar si canas ni espejuelos.

Rumbo a La Habana, ¿para qué?, preguntará alguien si alguien -diría Cortázar– anda por ahí. Ya contesto… No… Iba a hacerlo. Iba a responder puntualmente en eso que se llama acto seguido pero la tipluda voz de una señorita anunciadora desde la apabullante bocina vecina de sala de espera (la terminal es dos) me hizo reflexionar sobre el modo y las maneras con las que las secretas maravillas del albur en Chilangolandia se ponen de manifiesto con aleatoria y natural crudeza para aquel bien pensante mal pensado:

“Buenos días -dice con estridencia- favor de permanecer sentados (breve pausa de lince a punto de pasarse de lanza), clientes de Aeroméxico con destino a Santiago de Chile, favor de permanecer sentados” (sic por el sentón diría desde la Portales Monsiváis a los bohemios del brindis en el mero California Dancing Club): “¡Sentaditos que no se mira el partido, es la séptima entrada, Musulungo Herrera a la majagua, la cuenta es tres y dos, la casa llena y hay un par de outs!…¡Toletazo! ¡La pelota se va, se va…! ¡A la chingada!…”

Voy a La Habana

El verbal calambur al estilo de a “ese Lopico lo pico”, ni me toca ni me trastoca. No es mi caso. Yo, ya les dije, voy a La Habana. Así que, como el mismísimo Manolete en los primeros escarceos con los pitones del fatal Islero, evita mi destino -instantes de eternidad que Unamuno envidiaría- los arrebatos en sentido doble del maligno burel encarrerado. Allá ustedes, me vuelvo a ver a los que ignorantes de lo acaecido en un universo paralelo ya hacen fila satisfechos, documentos en mano, hacia al extremo sur del continente: allá ustedes. Yo, a lo mío y lo mío en esta ocasión es ir a Cuba y explicar a qué a quien pudiera interesar.

Así que, sin más preámbulos, procedo: voy a La Habana no a la vana sino a un coloquio ahora que, con la escandalosa inminencia de la florida jacaranda y su verdor morado, abril se deja venir en su estridente esplendor y las efemérides peninsulares pueblan las agendas. El 14 de ese cuarto mes en 1931 fue proclamada la Segunda República española. Como bien lo había cantado el bardo yucateco Guti (apellidado Cárdenas igual que Lázaro) en aquel corrido que muy probablemente le costó la vida a manos de un gachupín en el abril siguiente, en el rincón de una cantina y a días de haber disfrutado en el cine el estreno de la sonora Santa, Alfonso el rey con su decimotercer guarismo de mal fario había tomado las de villadiego con cajas destempladas y el pueblo, con la clara conciencia de estar y ser ahí, se había quedado protagónico. Ocho años después, en el mes más cruel también, el día primero, nefasto militar nacido en El Ferrol- que éste también es calle en la del Valle esquina con Eugenia, alcaldía Benito Juárez- con aflautado timbre avisó por la radio desde Burgos que el fascismo en el mundo, con la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler, tenía para vergüenza del género humano otro enclave: con la silenciosa, escandalosa complicidad de varias potencias supuestamente democráticas, la república había sido derrotada y el estado de guerra que fue la post-guerra durará oficialmente hasta otro abril, ahora del 48, para dar paso luego a eso que el eufemismo y la violencia denominaron “estados de excepción”, repartidos aquí y allá con su garrote vil, hasta que el caudillo desgracia de Dios estiró la momificada pata compañera de la mano de santa Teresa un veinte de noviembre del 75 (aunque no por ello, al grito de “¡Ay Aznar Blas Piñar! ¡Ay Rajoy! ¡Ay que hay la mierda que está hoy!”, desapareció el franquismo).

La Reunión de Marras

La reunión de marras, convocada por la Asociación de Historiadores de Latinoamérica y el Caribe, bajo el largo título de “Coloquio Internacional 80 Aniversario del Exilio Republicano Español: Experiencias e Improntas en América Latina y el Caribe”, contará, según el programa, con la participación de investigadores venidos de Alemania, Austria, Canadá, Colombia, Costa Rica, Estados Unidos, Holanda, México, Trinidad y Tobago y, por supuesto, Cuba. Yo estaré ahí para presentar el libro La vida y no sus lamentos (el exilio a dos voces), volumen que publiqué hace un par de años en el Ateneo Español de México, y con él un documental que sobre el libro hicimos luego con la cineasta, otro Abril, nombre propio, con apellido Schmucler. Libro y película como doble función un miércoles cubano a la una y centavos de la tarde.

A eso, entre otras razones voy a La Habana, para eso subo al avión que ha de aterrizar -presume el capitán bullanguero y animoso- “diez minutos antes de lo previsto”. «¡Ja!», grita Karma y con ella su perdida cadenita, ¡para lo que nos sirven tus malhadados seiscientos segunditos!: los pasajeros a Chile bien podrían ya haber arribado a Santiago y a sus casas de Santiago y a sus camas de Santiago donde ya amanecen, donde ya desayunan luego de haber hecho el amor más de una vez y un cigarrillo matinal de bienvenida se consume, antes de que el tortuoso carrusel de la antigua isla de Juana, así bautizada por Colón en su primer viaje, eche a andar con el (humanas extremidades y caninas apéndices) recontramanoseado y olisqueado valijerío. «¡Ja!», grita Karma otra vez, mientras desde un tubo comienza Saturno a vomitar a sus comidos hijos vueltos equipaje a 16 revoluciones por minuto, a 15, a 14, a 2… “¡Ja y recontra ja conchatumadregueón!”, se escucha la voz con nerudiano y lento acento “puedo escribir los versos más tristes cualquier noche y tú seguirás ahí aguardando a que caiga tu veliz, infeliz…¡En tu cara jetón! ¡En tus mostachos!”

Cuba les ama

Ha transcurrido una eternidad desde la primera petaca, desde la segunda que es de mi compañera, invitada ponente que algo hablará atinadamente de la Galería de Arte Mexicano y del exilio en México. Pero no cantes Victoria de los Ángeles, nunca cantes María Victoria “despacito, despacito, despacito”, porque te faltan filtros de migración, de aduana, de preguntas y respuestas manuscritas firmadas porque Kafka en isleña versión bien que está aquí para estorbar a la luz al final del túnel y porque sí compay te tocó a ti ¡qué tú quieres! y la cosa es dar vueltas y preguntar qué pasa y perseguir a quien uniformada y severa (pero no sarduy) te dirá finalmente: “podéis ir en paz, el trámite por ahora ha terminado, pero guarde el papelito porque tiene que salir con él si es que su saxofón quiere llevar consigo ¡eh!”, y el chofer convenido, que aguarda al otro lado con un letrero que reza tu nombre, sabedor de cómo pasa-no pasa-pasa-pasitopadelante-pasitopatrás el tiempo en el internacional José Martí si te cayó el burócrata chahuiztle, no se ha dejado vencer por la para ti inesperada desesperada espera en obligado “ohhhhmmmmmmmm” y “namasté” y te da, él sí, cálida como sincera bienvenida porque Cuba les ama lima…

Voy a La Habana pues, regreso luego de algunos años cuando todavía era habitual desde el tuteo el compañero, compañera a quien ahora vuelve a ser señora, señorita, señor ¿me indica esta dirección?, ¿me muestra el menú del paladar?, ¿me hace favor de cambiarme estos mil pesos mexicanos por casi cincuenta de sus CUC?…

Voy a La Habana a constatar que grandes músicos dominadores de la clave bien que hay en toda esquina y lo saben y lo muestran y demuestran, pero que el infierno puede estar en cualquier parte en forma de reguetón con sus voces gangosas y sus videos baratos y misóginos y cuando no (para demostrar que no hay nada por jodido que esté que no sea susceptible de empeorar) en las gemidas, relamidas como temidas letras del guatemalteco Arjona aprendiz de Silvio como de Julio Iglesias.

Tranquilo y tropical

Voy a La Habana a caminar sus calles más que sus banquetas y en La Habana Vieja encuentro Monserrate y Aguacate (alguna vez, en 1835, hubo aquí una rebelión de esclavos), Mercaderes y Amargura (donde está el Museo del Chocolate), O´Reilly, Lamparilla, Obispo y Compostela mientras pienso en una rola de Aguas Aguas, grupo bueno, famoso y xalapeño que en alguno de sus discos de reggae y de ska cantaban una frase que describe muy bien el carácter de la miríada de gatos que atiborra jardines, balcones, pretiles, macetones, setos, arroyos y aceras habaneras: “tranquilo y tropical”. Los perros, por su parte, que no se quedan a la zaga en número, lucen en el pescuezo más que collares letreros con su nombre. Uno por supuesto me llama la atención: ¡Qué diablos hace aquí un xoloitzcuintle!…¡porque ese can pelón y copetudo me canso que es azteca aunque aquí “Perro chino” me dicen que le dicen!

Voy a La Habana a la Plaza de Armas, a que me salude desde un coche de lujo y moderno un relevante miembro de la británica realeza llamado Carlos para algo habrá venido además de estorbar el libre paso mientras que agentes tipo James Bond y policías locales nos retienen en el rayo del sol; yo, por supuesto -lo mismo me da si rey o príncipe- no correspondo a su ademán mecánico y antiguo como ambiguo.

Voy a La Habana a admirar, en el centro y a la derecha del palacio del daiquirí, los Sorollas y José de Ribera y Murillo y Zurbarán, las pinturas de la escuela flamenca y la colección egipcia, la griega, la romana del Museo de Arte y a averiguar que a la avenida oficialmente llamada Salvador Allende la sigue nombrando la costumbre de cualquier transeúnte Carlos III, que es donde está una homónima y abigarrada plaza comercial en la que hamburguesas venden con el letrero “¡Ahora sí, pura carne!” y no lejos una iglesia bautista llamada “Aposento Alto” ofrece a los infieles el paraíso de la conversión.

Engalanar la clausura

Voy a La Habana a sorprenderme por que en un libro abierto adentro de una vitrina y abierto al ojo avizor, hay un retrato mío tocando saxofón hace años con el guitarrero flamenco coatepecano Paco Aragón justo en la Casa Juárez donde el coloquio ha de tener lugar hasta que llegue un mariachi con los primeros acordes de La Negra para “engalanar la clausura”, como ha comentado por el micrófono el amable, atento director Miguel Hernández, tocayo del poeta (“Yo quiero ser llorando el hortelano, de la tierra que ocupas y estercolas), que ahora recibe, como donación para la biblioteca Alfonso Reyes, ejemplares del tomo presentado y otros de El jazz en México, Pluma en mano (entre blues y jazz) y las novelas Antes muerto y Usted soy yo que algo, desde luego, tienen que ver con el exilio del que aquí se habló aquí tres medios días con tanto especialista como hubo.

Voy a la casa del Benemérito, esquina Mercaderes y Obrapía, a leer en voz alta frases como ésta: “Los protagonistas de este libro manuscrito, mecanografiado, transcrito, de este libro hecho a mano, libro de varias manos, recuento hecho de los hechos, reflexión y álbum de familia novelado desde la realidad, son La Peque y Pepe, una nacida en Madrid, el otro en Barcelona. Los dos huyen niños para entreverar sus vidas en las calles de López del viejo, añejo centro de la ciudad de México, para desencontrarlo y por angas y mangas recuperarse luego, viudos los dos, también abuelos. Ambos infantes cruzarán los Pirineos, ambos encuentran la realidad adulta que les da el lado francés de la cordillera: el campo de concentración, la huida de una Francia en guerra, la Gestapo, el norte de África, la Dominicana de Trujillo porque un submarino nazi impide llegar a Chile y desvía los destinos, Cuba brevemente en el sonido de unas castañuelas y finalmente México.”

Platos de vinil

Voy a La Habana a andar rumbo al Barrio Chino y luego por la avenida Zanja descubrir que existe la “Agencia Cubana de Rap” y ya, como quien coge para el malecón por avenida Infanta, una heladería llamada Bim Bón donde larga cola habrá que hacer para entrar en lo que se lavan platos donde servir las ricas y artesanales bolas de café, chocolate y avellana.

Voy a La Habana para encontrar una librería llamada también Abril- como convocaba a acordarse una vieja canción de Amaury Pérez- donde en la tele adentro- se mira en la ventana- alguien está pendiente del futbol y donde se venden- reza el letrero y cuando abierto está el local- “libros en inglés y books in English” y voy a otra librería- ésta sí abierta pero como si no lo estuviera según deja saber la actitud de los varios dependientes- en honor al poeta cubano-mexicano Fayad Jamís.

Voy a La Habana a comer en un lugar donde como mantel usan viniles lo mismo de Pablo Milanés que de Glenn Miller para poner encima el plato de moros con cristianos.

Voy a La Habana donde está una tienda de soldaditos de plomo con figuras metálicas del Ché, de Camilo y de Martí y de Hemingway a punto de pescar con la caña al hombro.

Volver a La Habana

Voy a La Habana a asomarme a la esquina que se anuncia como cooperativa y a encontrar un local donde expenden botellitas que en otra parte del mundo podrían ser de cerveza pero que aquí están llenas de ron y también se ofertan con paquetes de cigarrillos Popular o Upmann, habanos empaquetados e igualmente, por qué no, un sucedáneo doméstico de las viejas aguas negras del imperialismo yanqui que en colorado se anuncia con el bonito nombre de “Tu Kola”.

-¿Con qué quieres tu ron?- es la pregunta de quien una cuba libre ya te ofrece…

Voy a La Habana a constatar que la vida es un albur donde en ocasiones el Yin es Chaf y el Yang puede ser Kelly.

Pero voy a La Habana a caer en cuenta, como cada que regreso de La Habana y leo a Nicolás Guillén y bailo u oigo un son, que motivos para volver a La Habana difíciles de hallar no son aunque en el aeropuerto el dinosaurio siga ahí.


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Alain Derbez – @Alain_Derbez

Musicoterapia o la música que cura

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