Un inopinado periplo por Irlanda

por Alain Derbez
@Alain_Derbez

¡Slointa! ¡Eire beo Eire veo!
(Donde Slointa que quiere decir salud se pronuncia “sloncha” y “Eire beo” quiere decir Viva Irlanda y Eire veo que uno la anda mirando)

Nada más normal que, horas después de seguir la tradición turística de toquitear, para la buena suerte y el obligado volver por estos pagos, los lustrosos pechos a la estatua de Molly Mallone (vendedora de pescado y de placer, según las malas lenguas), despertar tu primera mañana en Dublín pensando en loros, en feijoada, caxaca y Botafogo porque la mujer dueña de donde has alquilado (en la postmoderna modalidad de aire b y b) tu hospedaje en Irlanda es, muy probablemente, de Pernambuco o de Florianópolis o de Minas Gerais o de Pelotas y desde muy temprano recibe paisanas que vienen a hacerse con ella las uñas en la puerta de al lado y sus, por embellecerse la cutícula, clientas traen ganas de platicar, con decibel muy suelto, desde antes del pasillo: “E dai conta-me de novidades Yemanhá”.

Ganoso Garrincha grita gol gastando gutural gaznate sin importar las Guinness o el Jet Lag del huésped que pagó por serlo en tierras bañadas por las aguas del Liffey y tales alaridos del cono sur al norte hacen palidecer las dos anotaciones de Daryl Murphy con las que el conjunto local venció a Moldavia en el verdor del estadio Aviva así como en las pantallas de todo pub de Gratfon Street donde se pudo mirar anoche los pormenores del partido que mantiene a Eire con rusas probabilidades para luego celebrar con fish and chips y muestras varias del embeleso oscuro con el que aquí -¡oh Yeats, oh Wilde, oh Swift, oh Flann O´Brien y la difunta Maeve Biinchy, reJoyce yourself!- todo resbala mejor en su viaje transformador de quimo a quilo. Bienvenidos al arco del Trinity College que no hemos de cruzar por debajo so pena de abandonar con ello la carrera. ¡Sloncha, sloncha y más sloncha…!

Este sábado, tu primer sábado en la Isla de los Santos, el ensordecedor sambódromo carioca da Marqués de Sapucay contiguo te hace consciente de que -diría el compañero de Toquinho en famoso poema- “hoy es sábado” y porque hoy es sábado te has de levantar por vez primera en tierra del raptado infante que con los años devino san Patricio corriendo el siglo quinto.

¡Eire beo! ¡Eire beo!, que la ducha me espera y aquí el agua no se cobra.

Vivan Irlanda pues y de paso el rey Pelé, viva el bardo Amahairghin y Vinicius de Moraes:

“Soy estuario que entra al mar”.
¡Saravá!
“Soy ola del océano”.
¡Saravá!
-“Soy hermosa flor”.
¡Saravá!
“Soy jabalí en mi bravura”.
¡Saravá!
“Soy la fuerza del arte”.
¡Saravá!…

Y no Yemanhá, deidad de aguas saladas, no me enojo: no guarden los esmaltes. Antes al contrario, luego de declamar en voz muy alta el antiguo poema que ya oían recitar los hijos de Mil, sobrevivientes del diluvio que puso a navegar el arca de Noé con animales, puesto el pijama claro y no desnudo como cuando antes los irlandeses entraban en batalla, recupero una antigua costumbre lugareña y, desvistiendo el pecho, ofrezco mi tetilla derecha a quien me ha contrariado para que chupe de ella porque esa era la manera celta de hacer las paces que incluso al santo que expulsó a las culebras le tocó experimentar hasta donde sé.

Illustration of St. Patrick

La vaca, las gaviotas y los peces (I)

Garda, igual que como lo diría un gallego, es la palabra empleada para llamar a la policía entre los que, en esta isla, manejamos el gaélico como el balón ante Gales. Se pronuncia como el apellido de mi amigo que vive por el mercado de Jamaica y gusta de oír y tocar rock del más oscuro (aunque de repente se decante más por Kiss y lo muestre portando de aquel grupo maquilladas camisetas).

Bueno, pues les comento que la gardaí o la garda, está bastante desconcertada por el caso que tienen que resolver en un condado a unos 35 kilómetros al norte de Dublín. Se trata de un misterio atendible por todos los tabloides y uno que otro periódico más gordo y serio. Resulta que hace unos días -parece que el pitazo lo recibieron de un vecino que prefirió el anonimato- desde lo alto de un árbol fuerte y macizo como tendría que serlo (quizás un haya negra familiar de las que abundaban en Xalapa hasta que el comercio en contubernio con la conocida corruptibilidad de las autoridades donde nació Santa Anna talaron el húmedo paisaje), encontraron atado del pescuezo y oscilando a un pobre rumiante que, cayendo por su propio peso y sujeto a la brisa, estaba difunto y por lo mismo -concluyeron los atingentes representantes de la ley- más muerto que el clavo de un ataúd citado por Jonathan Swift antes que por Dickens el nombre es Charles.

-Madre -preguntaría un infante- ¿qué clase de papalote es ése que ahí atorado está?…

(Ahora debo interrumpir la escritura unos minutos porque mi prenda amada y yo hemos de montar un autobús para movernos hacia el oeste por la carretera que termina en Galway, ese puerto del Atlántico que la corriente del Golfo de México baña, aún a pesar del cambio climático, para mantener algo caliente. No llegaremos hasta allá, no por ahora. Bajaremos a la mitad del camino, más o menos, casi donde en Athlone una pequeña isleta en el río Shannon tiene un indicador de que ahí se está en el mero ombligo de Irlanda y donde está el pub más antiguo de Europa que se llama Sean´s y muy pronto me oirá tocando blues -calculemos que el primer trago se sirvió por el año 900-. Interrumpo entonces y el que avisa no es traidor. Más adelante y aquí mismo continuaré con el detallado surtir de lo que podríamos bautizar desde este instante como “el terrible suicidio de la vaca irlandesa de Stamullen”)…

IRLANDA SEANS

La vaca, las gaviotas y los peces (II)

Prosigo ahora mi crónica de Eire tras arrastrar maletas matinales frente a la catedral de San Patricio, desayunar como sólo un benévolo y dominical dios irlandés manda a sus druidas (morcillas negra y blanca, huevo estrellado, frijoles dulces, tocino y pan con mantequilla a discreción) a escasos minutos de montar al autobús y en tomando un café a pasos del muelle de acá del río Liffey:

Tengamos consciente que, mientras que Dublín la capital y mayor metrópoli de la república, ni siquiera alcanza la cifra de un millón de habitantes, la población de gordo como macizo ganado vacuno de la isla supera los seis millones. El tema del ganado de Eire estuvo en boga hace casi una década cuando fue descubierto y denunciado pienso contaminado de dioxinas entrando cotidianamente a alguno de los estómagos de los rumiantes que, recordemos, aquí como en otras partes son cuatro: retículo, rumen, omaso y abomaso. Hubo entonces una alerta en toda la Comunidad Europea pero el asunto no fue tan urgente ni tan devastador como aquel de las vacas locas a mediados de los ochenta cuando por todo el mundo, ante la paranoia, cornudos animales fueron sacrificados por causa de la encefalopatía espongiforme bovina (recordemos que hasta canciones hubo así como comentarios que con mal gusto involucraban personas conocidas por su carácter y características). En el 2008 lo más que sucedió en la Isla de los Santos fue que tuvieron que llevar al matadero sin aprovechar nada de ellos a unos cuantos miles de cerdos que al parecer ni la debían ni la temían.

Empero, lo sucedido recientemente en Stamullen nos lleva ahora a cambiar el guarismo exhibido líneas arriba: seis millones de animales menos uno. Estamos, repito, ante el extraño caso de -diríamos por acá- “an bó féinmharaithe“, la vaca que consciente de lo que Newton descubriera a manzanazos, dispuso de sí misma hasta morir.

(Interrumpo la narración pues ya estoy sentado frente a una mesa de madera maciza afuera de un pub de la comunidad de Kilbeggan. El nombre es The Saddlers Inn lo que llevaría a cualquiera a suponer con tino, si además ha visto los transportes en la parte trasera de varias camionetas, que la vida de la villa gira alrededor de bien criados, domados y finos equinos. Indagaré con la patrona de este refugio de silleros antes de pedir mi segunda ronda de oscuro cuanto espumoso néctar y, de igual manera, inquiriré sobre la destilería de whisky que aquí está y sigue, desde 1757, aprovechando las aguas del río Brosna antes de que éstas desemboquen en el Atlántico. Esta conversación, lo sé, me llevará a resolver otro misterio que he de bautizar como el caso del pinche villlancico surrealista finalmente explicado. Continuaré dando fe de todo esto, el asunto de la vaca suicida y el canto navideño, en un rato más donde “rato” es una medida de tiempo y “tiempo” en Irlanda es ese algo que escurre convenientemente sólo si necesario.)

P.S. ¿Y la gaviota?… Exacto, en el título arriba escrito se incluye a estas criaturas. Despreciable animal si me lo preguntan. Ya también daré razón de por qué lo digo. Ahora bebo y aprendo, que es, entre muchas opciones existentes, lo que se hace en Irlanda con sabia asiduidad: beber y aprender.

irlanda saddlers

La vaca, las gaviotas y los peces (III)

Cuando en Irlanda encuentras este largo letrero: “Ta brón oran acá ni féidir Linn glacadh le híocaíochtaí ó chártaí creidmheasa/dochair“, es que en la hucha debes de traer dinero contante y sonante si consumir algo que ahí expendan pretendes, ya que de absolutamente nada habrán de servirte las tarjetas. Más claro ni el agua: en lugares con tal leyenda impresa y colgada no hay crédito y no hay débito que plástico alguno garantice; tenlo en mente. Recuerdo los pormenores que el novelista alemán Heinrich Böll ofreció en su Diario irlandés alrededor del tema por supuesto: si algún libro leído hace décadas me hizo querer viajar a esta tierra de aforismos donde escribo el presente memorial de deshilvanadas inmediateces, fue, recomendablemente, ése. Lo publicó Laia en Barcelona en el año 79, lo que quiere decir que habían transcurrido cuatro desde la muerte del más que redivivo en estos días de octubre gallego dictador español (el 20N) y que se habían gastado ya algunos meses desde que, en marzo, su paisano y aprendiz Marianito Rajoy -hoy tan mentado como la infelicidad- cumpliera 20.

Pero lo que le pasó entonces (1957) al también autor de Opiniones de un payaso (novela que leí en una isla mucho más pequeña poco antes de tomar una decisión que hemos de calificar como definitiva pero que no pretendo revelar aquí ni mucho menos) tenía que ver con el cambio de moneda. En esa década de los cincuenta en la que del Euro no existía ni la intención, no había marcos aceptables con facilidad en tierra entonces de muy baratas libras irlandesas, pero sí había crédito. No tienes para el tren -le dijeron los revisores al también autor de Billar a las nueva y media– te lo damos a crédito; no tienes para pagar los alimentos -inquirió el tendero libreta en mano- no hay problema, te lo apunto: en Irlanda la gente confiaba ayer y, debo resaltarlo junto a su proverbial amabilidad, confía hoy. Las personas dejan su chamarra en los colgadores de los museos, estacionan la bicicleta sin candado mientras visitan un acantilado en el último punto europeo antes de América ubicado en Inis Mor, una de las tres islas de Aran, y saben que sus huéspedes, que no han notado en línea la advertencia de que han de pagarse cama y desayuno en efectivo, regreserán para apoquinar lo pertinente tras visitar al cajero y no saldrán corriendo así nomás. Por supuesto, habrá alguien alguna vez que se pase de listo para hacerte pasar de pendejo como la señora que el otro día en el O´Neill Pub and Kitchen de Dublín ya se había casi acabalado una bolsa de turista para aplicar lo que aquí se llamaría el “O´dos de bastos” sobre una billetera ajena; pero eso no deja de ser sino un prietito en el arroz y nada más. Fue precisamente en ese sitio del centro de Dublín que se llama como el dramaturgo Eugene, donde comimos nuestro primer alimento irlandés y en donde caí en cuenta que otra de las razones por las cuales es importante venir acá antes de colgar los tenis, es para comer sopa. ¡Qué whisky, qué hurling, qué rugby, que soccer, qué paisajes ni que nada! Sopa, proverbios y Guinness son el trío que debe de esgrimir el departamento de propaganda del lugar para seducir al paseante. Ya luego está la música tradicional de flautas y tambores, banjos, acordeón, arpas y gaitas. La mismísima Mafalda de haber nacido en Athlone, en Dublín, en Galway, en Ennis o en Limmerick hubiera cambiado su opinión de haber probado el chowder de pescados y crustáceos varios o la sopa de verduras o lo que mi madre en la cocina que gustaba de mezclar esto y aquello con atrevida mesura llamaba simplemente crema de crioque y que en Irlanda ha vuelto a asomarse en mi paladar con la fuerza con la que el roedor aquel de Ratatouille convenció al imposible crítico. (Continuaré más adelante que me espera una sopa y en mi afuera dublinés sopla de irlandesa manera un huracán).

Sigue a Parte 2 aquí.

IRLANDA ONEAIL

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