Un mes en Tláhuac: de cómo llegué del Walmart al entierro del Ojos

por Gabriela Astorga
@Gastorgap

“Por experiencia, es una granada“, me dijo una alumna que acariciaba nerviosamente el rosario que colgaba de su cuello. Dos minutos antes, un estallido que cimbró el edificio donde estaba dando clases había causado que otros dos estudiantes se colocaran bajo los pupitres con una naturalidad lejana a la preocupación. El tronido, que una semana antes me habría llevado a pensar en mil cosas -empezando por los laboratorios que estaban dos pisos abajo de mi salón de clases- ahora eran pura incertidumbre: seis días antes, a unas cuadras de la escuela, habían abatido a Felipe de Jesús Pérez Luna, El Ojos. Ahora, el estallido podía ser una granada. Ahora había que confiar en los que hablaban por experiencia.

No supe si tirarme al suelo también o salir corriendo como intentaron otros alumnos. Sólo recordé la muy frecuente advertencia paterna durante mi adolescencia: “a los chismosos siempre es a quienes les va peor“. Impedí que salieran del salón. Según yo, muy dueña de la situación, les pedí que se alejaran de la ventana y que esperáramos a ver qué pasaba. La respuesta nunca llegó. Decidí reanudar la clase, mientras los estudiantes lanzaban hipótesis: era una pelea por la plaza o el rito de bienvenida del nuevo líder. Yo negaba con la cabeza con una fingida incredulidad, hasta que una chica me dijo: “ya sabemos que usted tiene que mantener la calma”. Sonreí agradecida de que la clase hubiera acabado. Salí hacia el baño y entendí por primera vez qué era eso de cagarse de miedo.

Tenía tres días de haber llegado a Tláhuac para el trabajo de verano que suele sacarme de mi rutina durante un mes entero. Los rumbos no me son para nada desconocidos, al menos la manzana que visito con mucha frecuencia, y que se ubica en los límites de Tláhuac, Xochimilco e Iztapalapa, tres lugares que el capitalino promedio del centro conoce como sinónimo de “lejos” y “peligro“. Aún así, el despliegue que la Secretaría de Marina realizó el jueves 20 de julio no fue una cosa común en Tláhuac. Mucho menos lo fueron los bloqueos que durante gran parte de la tarde mantuvieron cerradas las dos avenidas principales para salir de la zona.

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Ese jueves entré a dar clases temprano. La escuela, en la que doy clases desde hace cuatro años durante las cuatro semanas de vacaciones, consta de 50 hectáreas de jardín enmedio de los cuales se hallan cuatro edificios, es decir, estábamos lo suficientemenmte aislados para suponer que las sirenas y los helicópteros que se escucharon alrededor de la 1 de la tarde se debían a algún accidente o algo lo suficientemente llamativo para atraer a la prensa. Nadie reparó en la cantidad ni la intensidad del ruido. Estaba dando la última clase del día cuando el rector de la escuela se apersonó en el salón: con aparente tranquilidad nos dijo que la salida se retrasaría media hora, hasta las 5 de la tarde, pues había “problemas en la zona y estaban quemando camiones“. El transporte de la universidad no podía salir, de hecho nadie salía ni entraba a la escuela, o lo hacía bajo su propio riesgo. Eso fue todo. De inmediato las redes sociales informaron al alumnado: en un operativo habían abatido al Ojos, líder del Cártel de Tláhuac. El saldo: 8 muertos, un número indeterminado de heridos, y los primeros narcobloqueos de la capital.

Esa no era la única primera vez que yo estaba experimentando. Esa semana por primera vez estaba viviendo absolutamente sola, un hecho extraordinario para alguien que asume la soledad en grupos de tres o cuatro personas. La salida de ese jueves fue entre desconcertante y aún con un halo de escepticismo, la petición del rector sonaba más a querer cubrirse las espaldas que a la gravedad del operativo. Hasta que salí: las calles estaban solas y no había transporte. Caminar implicaba rodear las instalaciones sin tener dónde meterse ni a quién pedirle ayuda en caso de ser necesario. Pasó un taxi que abordé junto con un par de alumnas a las que les dije que evitaran la zona que yo identificaba como Zapotitlán. La calle en la que vivía era otro mundo, más gente en la calle, locales abiertos, pero todos con la tele en los noticieros que cubrían el operativo como la guerra en Siria. La fonda en la que comí tenía la tele puesta en ForoTV. Entonces vi el camión de volteo y el microbús incendiados, y supe que El Ojos no sólo se había defendido, sino que había logrado mantener un enfrentamiento con los marinos durante 20 minutos. Los puntos que los conductores repetían sin cesar: El Ojos era un ser sanguinario, el Cártel de Tláhuac   distribuía en todo el Oriente de la capital, el delegado de Tláhuac no tenía ni idea de los operativos, y la bomba le había estallado a Miguel Ángel Mancera, quien días antes había asegurado que el crimen organizado no tenía presencia en la CDMX.

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A falta de alguien con quien comentarlo, la tarde la dediqué a elaborar teorías sobre lo sucedido. Hice el recorrido de lo que había visto en los medios sobre el Cártel de Tláhuac en el año. En enero, el enfrentamiento en la calle que dejó a un polícía herido mereció poca atención. Después en mayo, la detención del hijo del Ojos por el presunto asesinato de un mando policíaco en Acapulco, tuvo una cobertura limitada. El salto a los titulares llegó en junio con la noticia de que era el Cártel de Tláhuac quien controlaba el narcomenudeo en CU, justo en un momento en que la seguridad del campus se hallaba en crisis. Eso me llevó a varios textos de opinión que veían una insistencia en hacer parecer insegura la CU para propiciar una mayor vigilancia de las fuerzas del Estado. Por otro lado, mi teoría, en realidad bastante obvia, era que el operativo era el tiro de gracia a un cuestionadísimo Mancera para tumbarlo de la posible candidatura del cantado Frente Amplio Opositor. Ese jueves por la mañana, de camino a clases, escuché en el noticiero que Ricardo Anaya preparaba su salida de la dirigencia nacional del PAN para pelear también la candidatura. El abatimiento del Ojos era también un golpe a uno de los cinco delegados de MORENA, cuya fuerza en la capital no había mermado pese al incremento de la violencia en la Cuauhtémoc y los ataques a Claudia Sheibaum.

Hacia la noche empezaron a llegarme las llamadas y los mensajes: ¿qué tan cerca estaba de todo? ¿Estaba en peligro? Vino entonces la complejidad de explicar que estaba lo suficientemente cerca para recibir cosas de primera mano, y lo suficientemente lejos de los balazos: en distancia chilanga, estaba a dos estaciones de metro de la zona de conflicto. A partir de ese día mis papás me llamaron todos los días y yo nunca regresé a casa después de las 8 de la noche.

Desde ese jueves 20 de julio, los miembros de la Secretaría de Seguridad Pública capitalina y de la Policía Federal serían presencia constante en Tláhuac. Con el operativo, salieron como hilo de media las relaciones de funcionarios, parentela y el mismo delegado con el cártel. La relación entre el delegado Rigoberto Salgado y El Ojos no era para nada nueva, desde la campaña que lo llevó al poder en 2015, con un margen de ventaja y una participación inéditas en la demarcación, se dijo que Salgado pactó con Felipe de Jesús para asesinar a un líder de comerciantes opositor. Así, Salgado es de esos regenerados de la nación que están entre azul y buenas noches. Si las noticias de la delegación no se difunden se debe más a la indiferencia hacia Tláhuac que a la gavedad de lo que ahí sucede.

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Tras pasar el fin de semana fuera de Tláhuac, regresé temprano. Tenía que comprar despensa, pero me negué a llegar de noche. Podía hacerlo al otro día, a plenas dos de la tarde, pensando que con la luz del día se maneja mejor la soledad. Iba de regreso del supermercado ubicado en la otrora bloqueada Avenida Tláhuac, en un taxi que no pudo seguir la ruta acostumbrada. Policías formados uno tras otro a lo largo de aproximadamente un kilómetro impedían cruzar al otro lado de la colonia. Motocicletas de prensa, de tránsito, de los federales se colocaban bajo las columnas de la línea dorada. Con voz nerviosa el taxista me preguntó si no iba yo a donde estaba el asunto. Yo no sabía ni cuál era el asunto ni dónde estaba, pero en automático le dije que no. Siguió hasta la altura del Panteón Civil de San Lorenzo donde había aún más policías. Ahí pudimos dar vuelta para encaminarnos a la Colonia del Mar. Con habilidad de viejo ruletero, el chofer me dijo que se metería por las callecitas para ahorrarse el relajo. Según nosotros habíamos recorrido suficiente camino para incorporarnos sin problemas a la avenida. Al dar vuelta a la derecha nos topamos de frente, en la Avenida La Turba, con la carroza fúnebre que llevaba al Ojos a su entierro. “Ay nanita”, dijo el taxista otra vez con voz nerviosa. Mientras íbamos en sentido contrario al cortejo fúnebre, el chofer me decía (casi intentando convencerse a sí mismo) que no habría problema, a lo mejor ni era el Ojos sino uno de los otros muertos. Yo llevaba un par de minutos viendo cómo las calles perpendiculares a la avenida estaban flanqueadas por tanquetas de la Policía Federal. “No es otro”, pensé. También pensé, mientras veía alejarse las camionetas 4×4 abordadas por mujeres llorosas de lente oscuro y veía aparecer las de redilas con el Corrido del Ojos a todo volumen, que quizá era el lugar más seguro en ese momento: nadie le iba a faltar al respeto al muerto.

Seis cuadras abarcaba el cortejo fúnebre cuando nos desviamos de La Turba. Más tarde sabría por las noticias que miles de personas fueron al último adiós del Ojos, hecho que fue visto por algunos como un signo más del fallido estado mexicano, y por otros como muestra de la mala influencia de las series de narcos. Ya respirando más tranquilo, el taxista se animó a abordar el tema del momento. Ya era costumbre que los taxistas hablaran de que seguro el narco había incomodado a alguien, seguro no había cumplido con la cuota, seguro alguien lo había traicionado, seguro ya no servía a los intereses de alguien. La mayoría de las pláticas surgían al pasar por enfrente del corralón de la Fuerza de tarea de la policía capitalina que, durante dos semanas, tuvo a las afueras los restos de los dos camiones que quemaron en los bloqueos. Diario pasaba por enfrente de eso que simbolizaba la caída de la CDMX, la ruptura de esa ilusoria burbuja de seguridad en la que no sólo el jefe de gobierno creía vivir. Yo misma hice de “guía de turista” una vez que pasé caminando con una amiga frente a los camiones: “estos son los de los bloqueos”, y bromeamos con tomarnos una foto. No lo hicimos.

En esas dos semanas, los operativos continuaron. Fue destitutido el secretario de seguridad de la delegación, desmantelaron a la policía local, al delegado le salieron hermanos incómodos, casas blancas y millones sin justificar. Elementos suficientes para que AMLO pudiera salir a decir que todo era una trampa de la mafia del poder para desprestigiar a MORENA. Aún hoy, la Asamblea Legislativa está tratando de iniciar el proceso de destitución del delegado. La dificultad no es que se vaya sino quién se queda. Lo importante, dice Patricia Mercado, es regresarle la serenidad a la gente de Tláhuac.

En la escuela, el director bromeaba preguntando qué otro magno evento nos tocaría mientras durara el curso de verano. Lo que pasó fue menos espectacular, pero no menos grave. El problema central era el transporte: con los operativos salieron de circulación cientos de mototaxis y una ruta de microbuses que iba de Tláhuac a metro General Anaya. Los irregulares mototaxis eran, según el gobierno capitalino, halcones y vendedores de droga, pero también el medio de transporte que los colonos utilizaban en distancias cortas, que en otro transporte implicaban dos peseros o un taxi. Mis alumnos, provenientes en su mayoría de Veracruz, Michoacán, Guerrero y Oaxaca, debieron invertir entre quince y  veinte pesos más para llegar a la escuela, o una llegada tarde a clases. Sólo una vez llegaron tarde: por experiencia, también se adaptan más rápido a las nuevas condiciones.

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La última semana de mi trabajo de verano, los alumnos apenas volteaban al escuchar sirenas. Todos pasábamos de largo las camionetas llenas de policías armados hasta los dientes. Se hizo común ver civiles en esas mismas camionetas y apenas pararse a pensar si eran detenidos o policías sin uniforme. Mientras yo festejaba mi última clase a las siete de la mañana y ya pensaba en el regreso a mi rutina, los familiares de los alumnos graduados preguntaban si no estaba muy feo como para ir a la ceremonia. Ahora personas de Veracruz, Guerrero y Michoacán nos regresaban el favor: se pensaban dos veces antes de animarse a venir a Tláhuac. Pero todo estaba en “calma”. No hubo otro operativo, no hubo otro estallido. El del miércoles 26 de julio, seis días después de que Tláhuac llegara a los titulares, fue, según me contaron los guardias de seguridad de la escuela, una detonación de 400 kilos de cohetes que la Fuerza de tarea vecina de la universidad había estallado de manera controlada. “¿A las dos de la tarde?”, pregunté, ¿”Y no le avisan a nadie?”, insistí. Con ojos compasivos por mi ingenuidad me dijeron que no: “aquí la gente ya sabe que de repente explota algo”. La gente de ahí sabe, la de fuera se espanta: puede ser una granada, puede ser un cártel, pero Tláhuac está lo suficientemente lejos para que finjamos que es sólo pirotecnia.

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