Una tarde con puntos suspensivos hasta el infinito. Alguna vez conocí a Nicanor Parra

 

por Benjamín E. Morales
@tuministro

A Pablo Paredes y Javier Norambuena

y a José Pulido que le gusta esta historia.

Nunca quise escribir este texto. Hay cosas que más bien se escuchan. Pero es un día especial y me doy cuenta que ahora se me van olvidando algunas palabras, y no quisiera que pasara más tiempo para simplemente quedarme con un “alguna vez conocí a Nicanor Parra“.

Nicanor Segundo

Hace años, junto a queridos amigos, organizaba un evento de nombre Vértigo De Los Aires. Era un encuentro de poesía latinoamericana. Fueron bastantes emisiones, y era parte de un barroco amanecer de las letras del continente producidas por los más jóvenes del territorio. No eran años de redes sociales fuertes ni de grandes intercambios digitales, eran años de verse en persona, hacerse de amigos por todos lados y también de varios enemigos. Fueron años de visitar Cuba, Venezuela, Brasil, Argentina, Guatemala y Chile. Estoy seguro que vivíamos en una nube de cambio y poder, y claro, como toda nube, se disipó para precipitarse en otros campos.

Sin embargo eran momentos dignos de ser vividos, y a nosotros nos tocó plantear a México como otro puerto de este trasatlántico de niños místicos. Y una de las ideas que tuvimos en algún momento fue la de traer a Nicanor Parra.

De un principio sabíamos de lo delirante del proyecto, pero era uno más de un menú amplio de insensateces. Y mandamos una carta con una buena amiga, y nos habían dicho que Parra sólo hablaba en serio con mujeres guapas, y resultó que era cierto. En un par de semanas teníamos su firma; Nicanor Parra vendría a México.

La emoción fue absoluta. Haríamos lo que nadie iba a poder hacer nunca más. A partir de ese punto las cosas se desenvolvieron vertiginosamente y en un par de meses yo ya tenía un boleto de avión pues la comunicación con Parra era compleja y alguien tenía que ir a resolver los “últimos detalles”, y yo, que tenía asuntos pendientes en Chile, no lo pensé dos veces.

Una mañana temprano estaba en el aeropuerto, con poco dinero y una misión, poco preparado para lo que vendría.

Parra

En Santiago todo salió mal y si no hubiera sido por un amigo queridísimo habría acabado durmiendo en la calle. Un viaje que plantee como definitorio en muchos sentidos se convirtió en una borrachera más o menos constante en la que, en su momento más alto, acabé peleando con una pandilla de perros callejeros (estoy seguro que uno de ellos, el líder, era el famoso Negro Matapacos) armado con una mochila y mis muchas ganas de que todo acabara conmigo muerto a las orillas del Río Maipo. Sin embargo el alivio de la visita al poeta parecía iluminar todo con un barniz de valía.

El día famoso salí temprano rumbo a Las Cruces junto al amigo que había logrado el primer contacto con Parra y pasamos varias horas en la carretera. Llegando a la costa, al famoso mar de Chile, cruzamos el pueblo de Neruda, después el de Huidobro y al tercero a la izquierda se llegaba al de Nicanor. Un pueblo tal cual: una pequeña calle, algunas casas y muchas caras cómplices estilo “ya sé a qué vienes, todos vienen a lo mismo“.

La casa de Parra es la que todos hemos visto en fotos. No es ninguna mansión, pero no es pequeña, y destaca en el paisaje. Tras la verja se puede ver una construcción de madera y en la puerta un graffiti que dice antipoesía.

La casa pues, el destino final, estábamos ahí, tocamos y justo en ese momento salió un auto disparado que se detuvo un segundo frente a nosotros. Era una hija del poeta, justo con la que nos teníamos que entrevistar, la que, supuestamente, manejaba la agenda de su padre, pero que tenía que salir de emergencia porque (nos enteramos después pues habló en ese revoltijo chileno de palabras y trinos) su hija estaba enferma del estómago.

Todo empezaba a tornarse extraño. Volvimos a tocar y por primera vez vi a Nicanor Parra: unos ojitos animalezcos aparecieron por una ventana y desaparecieron. Segundos después apareció la señora que ayudaba en la casa y claro, era esa casa, y la señora era sordomuda. Venía con un papelito para que escribiéramos el motivo de nuestra visita. Lo hicimos y desapareció. Minutos después volvió con una respuesta: regresen en 2 horas.

Y bueno, 2 horas en Las Cruces es una eternidad. Comimos empanadas, fuimos al mar, y más empanadas, y más mar, un montón de polvo y otras calles. Eso multiplicado por 10. Hasta que llegó la hora y regresamos a la casa de la antipoesía. Tocamos y tras unos segundos salió Nicanor Parra.

No les voy a mentir. Para ese momento yo ya vivía entre los mitos: el mito del artista, el mito de Chile, el mito de mi viaje, mi mito personal. Y cuando lo vi me pareció un hombre gigante y grotesco. Y en la medida en que se acercó, bien derecho y con evidente enfado, me pareció aún más impresionante. Y ya cuando se detuvo a mi lado supe que más allá del mito estaba frente a un hombre de noventa y tantos años con la fuerza de uno de 50, que parecía rozar el 1.90 de estatura y olía a bodega. Traía un gorro grueso de lana, un suéter grueso de lana y tremendas botas. Era Nicanor Parra y lo estaba olfateando, y esa no es noción con la que se pueda lidiar con facilidad.

La conversación se las voy a resumir. Todo fue, en la medida en que lo recuerdo, caótico. Tal vez sólo sea mi experiencia, pero hablar con Parra era saltar de un extremo al otro, perderse y volver a encontrar camino. Recordemos que mi intención no era ir a ver al gran poeta ni rendirle tributos, yo iba con una misión logística: ajustar las tuercas de su inminente viaje al entonces Distrito Federal para dar una lectura en el Palacio de Bellas Artes e inaugurar una Cátedra Extraordinaria con su nombre, todo esto ya discutido y aceptado por diferentes instituciones, incluyendo la Embajada de Chile en México. Y mientras Parra me decía cosas como “mexicano, yo quiero mucho a México, México me compró esta casa, con el Premio Juan Rulfo, y me costó XXXXX, ¿sabes cuánto cuesta ahora, mexicano? Muchísimo más, sólo porque es mía, todo el pueblo vale muchísimo más porque yo vivo aquí“, yo trataba de seguir en mi misión.

La cosa fue ésta. Nicanor Parra se me presentó en tres etapas. En la primera el hombre no recordaba ningún compromiso, ni sabía quién era yo, ni de qué le hablaba. En la segunda todo estaba claro, lo recordaba todo, sabía de qué hablábamos, sabía de parte de quién lo visitaba. Y la tercera fue un circo. Sólo una constante en todas esas horas de mi desesperación: Nicanor Parra sabía quién era Nicanor Parra y lo que significaba frente al mundo. Y les voy a evitar la tontería de la foto de poetas estilo: venimos a conversar con el gran vate, nos tomamos una botella de vino contemplando el mar y ahora somos amigos cercanos y denme premios porque mi amigo es una celebridad histórica. No. Mi momento con Parra no fue un diálogo sino una lección de humildad entre un mexicano sudoroso y apenado y un energúmeno intratable, chileno aparte de todo, poeta de Chile, revolucionario y luminoso, pero sin ninguna intención de entregar más de lo que era él mismo y su galería fónica. Y mientras yo luchaba por que me diera una fecha, me explicara cómo haríamos para su viaje o, por lo menos, me dejara de decir mexicano y me aclarara si iba o no a ir a México, Nicanor Parra me lo dijo todo de todo y nada de nada y no hay forma de escribirlo, pero sí de antipoemizarlo.

(antipoemas)

1

– Mexicano, ¿te gustan los Tigres del Norte?
– Sí…
– Son más importantes para la lengua que el mismo Cervantes.
– ¿De verdad?
– Claro, escucha estas coplas…
– ¿Pero cómo hacemos con el viaje?
– Escucha estas coplas.

2

– Mexicano, ¿sabes quién es Bill Clinton?
– Sí…
– ¿Sabes cuánto cobra por una conferencia?
– No.
– Diez mil dólares. Yo no puedo cobrar menos que Clinton por una conferencia. Mira, ¿quién sale en la primera plana de este periódico?
– Usted.
– Dime quién, mexicano…
– Nicanor Parra.
– Exacto, en la primera plana del periódico de hoy. No me levanto de la cama por menos dinero que Bill Clinton.

3

– Yo tengo todo lo que dejó mi hermana. Pero nadie me quiere pagar lo que vale.
– Sobre el viaje, tenemos todo listo…
– Extraño siempre a la Violeta, pero nadie me quiere dar lo que vale.

4

– Mira mexicano, si tú me dices que me llevas a México en primera clase, y me dices que llevas a toda mi familia con todo pagado, y me vas a pagar lo que se le paga a Bill Clinton te digo que sí, que nos vemos ahí. Si me dices que no me pagas nada, que yo tengo que pagar mi boleto y mi estadía, también te digo que sí, que nos vemos ahí. Y si me dices que me llevas con un acompañante en primera clase y me pagas lo que me dices que me pagas, también te digo que sí, que nos vemos ahí. Pero los tres sí son sí con puntos suspensivos hasta el infinito.

5

Te voy a dar un consejo, mexicano. ¿Sabes por qué Hamlet veía todo detrás de las columnas? Porque sólo a los locos y a los tontos los dejan en paz, porque sólo se puede ver la verdad detrás de las columnas. Mira detrás de las columnas, mexicano.

(fin de los antipoemas)

Y así fue la tarde. Interminable y penosa. Si alguien les cuenta de sus hermosos momentos con el Maestro, escúchenlo detrás de las columnas, lo más seguro es que sea una mentira simplona. Con Parra, me parece, la cosa era estar para y bajo Parra, y eso era genial de por sí, lo otro es poesía de la mala.

Justo cuando me habló de su amor por Shakespeare y El Rey Lear y sobre todo Hamlet, y sus traducciones que nadie quería pagar como se merecían, supe que Parra siempre se divertía, y que no abría la boca sin saber qué decir, y no estaba mal de la memoria, ni viejo, ni débil, simplemente era un cabrón monumental, y había firmado una carta de compromiso para visitar México porque hubiera firmado lo que fuera que le extendiera una mujer guapa. Pero eso era muy diferente a tenerlo, a poder presumirlo, Nicanor era dueño absoluto e incuestionable de Parra.

Sandoval

Les cuento lo que vi y escuché, lo que viví. Y también lo que sabía y lo que se decía. Nada más. Esta versión del celebrado es mía. Sólo están invitados, aquí no hay debate. Cuando entendí lo que me decía el viejo también entendí que había cruzado el continente para recibir el punchline más épico jamás administrado en esta broma llamada gestión cultural (algunos estudian eso, cosa que no deja de ser un chiste muy a la Parra).

¿Y cómo terminó todo? Ya les dije, en un circo. Y debo hacer una digresión. Desde que llegué a Chile muchos me dijeron que había un lado un tanto oscuro del personaje, decían que le gustaban las niñas pequeñas. También decían que no firmaba libros ni se dejaba tomar fotos. Se decía con reservas, los poetas en Chile, a diferencia del mundo entero, son algo así como realeza. Si era cierto pues no lo sé, pero sé que justo cuando yo veía cómo se ahogaban mis planes llegaron a la casa una familia compuesta por 5 niñas pequeñas y Parra perdió la cabeza. De ser este abuelo ensombrecido y capitalista, se volvió en un payaso que, durante un buen rato, se dedicó a tomarse fotos con todas ellas y firmarles hasta las coletas. Pensándolo después, me imaginé que si ese era su secretito, tenía sentido tener como ayuda a una sordomuda, pero esa ya es pura especulación.

Mientras esto pasaba y mi compañero de viaje me veía con cara de se te comentó, yo aún guardaba la esperanza de tener un momento glorioso en el que lograría entablar algún tipo de diálogo para concretar el famoso viaje. Sin embargo todo acabó con un portazo. Tras la interminable sesión de fotos y firmas, Nicanor Parra se levantó con violencia, pues estaba en el suelo jugando con las niñas, hizo un gesto con la mano y se dirigió a la puerta de su casa. Cuando la abrió yo sólo supe gritar “pero Nicanor” y mi respuesta fue un portazo contundente. Y el silencio de Las Cruces se impuso, y yo ni una foto, ni una firma, mucho menos una respuesta, sólo un signo de interrogación en el alma y un sí, pero con puntos suspensivos hasta el infinito.

Mi amigo y yo, conscientes del fracaso, bajamos a la playa y nos pusimos a ver el mar en silencio sentados en una roca. Suena a cliché baboso, pero juro que así fue; nos pusimos a ver el atardecer. Todo era tan confuso y tan delirante y tan apasionado, que no podíamos decir mucho. Tal vez yo quería llorar, pero tampoco podría asegurarlo. Tras largos minutos de viento frío, algo empezó a sonar desde un punto muy profundo de nosotros mismos. Y un tiempo después pude ver que no era más que nuestras risas frenéticas tras esa broma increíble llamada vida. Y el cielo, como el cielo que viste Chile, era amplio y cruento, y con la cabeza en la arena no paramos de reír durante un buen rato y seguramente el mar se reía también. Ahí estaba la poesía que habíamos ido a buscar.

Regresé a México poco después, pero de una u otra forma ya había comenzado mi despedida de la literatura. Una despedida larga y tediosa que logré concretar con mucho esfuerzo. Pero no de la literatura en sí, sino de la vida literaria, de las muecas y las cenas y los personajes alagartados que la pueblan. Me habían dicho que mirara detrás de las columnas, y lo que vi y escuché me dio todas las herramientas para decir no más. De una u otra manera había escuchado con claridad algo, por lo menos eso sí puedo presumir.

Nicanor Parra nunca volvió a México, es verdad, y su broma interminable está ahí para ser celebrada hasta el final de los días del español. No se me ocurre un nombre más importante en el panorama. Y ahora está muerto, pero a nadie se le puede pedir que viva más de 103 años. Y estoy seguro que vivió tanto sólo por viejo cabrón, por extender el chiste y darle a la muerte una probada de su propio chocolate. Y su “poesía” y su “antipoesía” ahora están en todas sus pantallas y todos sus memes y todos sus emojis. Pero ninguna palabra institucional de adiós vale si no viene desde el absurdo mismo de una despedida o la comprensión de que nada ni nadie es importante, y que los monumentos mismos son las columnas que sostienen la efigie de un Nicanor Parra que no necesita ninguno.

Y regreso a la frase espantosa “alguna vez conocí a Nicanor Parra” pues no conocí a nadie en realidad. Pero escuché y nunca fui el mismo, y nunca más nadie me dijo mexicano.

(último antipoema)

Poco tiempo después supe
que siempre supo mi nombre.
Pero no le daba la gana.

Chileno culiao…

Comments

comments