Y nos hablaron de cosas imposibles. ¿Qué pasó con la candidatura independiente del CNI?

por Benjamín E. Morales y
@tuministro

Gabriela Astorga
@Gastorgap

El 19 de febrero de 2018 terminó el plazo para que los aspirantes a las candidaturas sin partido reunieran las firmas de apoyo necesarias para aparecer en la boleta. Tras cuatro meses de reuniones, caminatas e intercambios, María de Jesús Patricio Martínez, vocera del Concejo Indígena de Gobierno del Congreso Nacional Indígena (CNI), obtuvo 243 mil 811 firmas de apoyo. Faltaron 600 mil, sobró un ataque a los periodistas que acompañaban a la caravana, sobró también la muerte de Eloísa Vega y las heridas de tres miembros del concejo a causa de un accidente provocado por las malas condiciones de la carretera y las fallas técnicas de una camioneta.

Por este accidente, ocurrido el miércoles 14 de febrero, la vocera (que permaneció varios días hospitalizada y fue operada del brazo) se retiró de las actividades públicas los últimos cinco días. Esta decisión fue retomada por los medios de comunicación como que la recaudación de firmas quedaba en segundo plano, y que #Marichuy se retiraba ¿Y qué aspirante, ya no digamos político, que buscara llegar a la boleta se aventuraría un retiro semejante? Pero si el “experimento” no funcionó,  no fue porque estuviera mal planeado, fuera falso o inútil, fue porque no lo entendimos: no cachamos que era apenas una forma de hacer algo que no se había hecho antes, así que quisimos convertirlo en algo que siempre hacemos.

Hace casi nueve meses que empezó una discusión en el país, que en realidad tuvo muy poco de diálogo: asumimos lo que cada quien alcanzó a entender de una convocatoria que nos fue ajena desde el principio, en parte porque esa agenda no existía sino se iba construyendo, y en parte porque, en realidad, esa agenda nos interesa poco. No es que el llamado del CNI haya caído en el vacío: la necesidad de una lucha por la vida digna, no sólo para los pueblos indígenas, sino para gran grueso de la población es evidente. Sin embargo, no atendimos el llamado del CNI, lo tradujimos a lo que queríamos escuchar: una candidata diferente que jugara distinto el juego que creemos que sabemos jugar.

Desde el momento del anuncio, que erróneamente asumimos como el inicio de una forma de organización comunitaria y horizontal que lleva más de 20 años construyéndose, tomamos la primera desviación. Aunque nos dijeron que se trataba de trabajo colectivo, tomamos como bandera a #Marichuy, la voz, la cara, la líder que nos enseñaría el camino. Incluso, simplificamos la ecuación al tomar al EZLN como la organización política detrás de esta nueva candidata. Y la vivimos como cualquier otra candidatura: de manera irresponsable, sin informarnos, apenas con cierta empatía por una ideología que no analizamos. Nos apropiamos (curiosa palabra sobre todo si hablamos de pueblos originarios) de una candidata de la que ni siquiera nos aprendimos el nombre completo. Un apodíctico entre otros tantos que conocemos y reciclamos cada seis años en este país.

Tampoco era tan difícil confundir una campaña política con una campaña electoral. En una vida pública en que la participación en muchos espacios se ha reducido al voto, el hecho de que el CNI entrara por vez primera al juego electoral nos llevó de inmediato al viejo camino conocido de combatir al contrario y no poner atención a las bases. Buscamos apropiarnos del poder, en lugar de repensar la organización política; buscamos colocar a Nuestra candidata, en vez de trabajar la representatividad; buscamos votos y firmas, obviamos el diálogo. Logramos 243 mil 811 firmas, pero ¿a quién conocimos en realidad? ¿Qué redes se construyeron? ¿Qué organización, que no tuviera a la propia caravana del CNI como centro, permanece?

Diez días antes de que la campaña comenzara, el CNI obtuvo el registro como aspirante ante el INE. El registro era, y nunca dejó de ser, la manera de visibilizar un sistema hostil, clasista, violento, racista, patriarcal y capitalista. No nos engañemos, el discurso siempre fue claro: no se trataba de una persona sino de un colectivo, no se trataba de llegar al poder sino de organizarse, no se trataba de ser la cara sino de visibilizar a quienes se ha elegido no ver. El mensaje se repitió durante toda la gira, que tocó puntos a los que nadie va, incluso aquellos que dicen haber recorrido todo el país. Y mientras la gira sucedía, el llamado se traducía en reunir firmas, ganarle a la estadística, no al Estado.

El trabajo de los voluntarios no sólo fue bueno, fue único en este primer ejercicio de las candidaturas independientes. La campaña del CNI no sólo contó con la mayor cantidad de voluntarios activos, sino que recabó la mayor cantidad de firmas validadas por el INE. Sin embargo, conforme avanzaba la campaña, crecía la urgencia por cumplir con una meta urbana, criolla, privilegiada, partidocrática, impuesta por un organismo cuyo consejero presidente expuso su claro desprecio por los pueblos originarios. Una meta que el CNI siempre colocó en segundo plano.

La desesperación tuvo el mejor de sus ejemplos en la visita del CNI a Ciudad Universitaria. La llegada de la caravana estaba llena de expectativas: la juventud recibía a la candidata diferente que tanto buscaba, y un grupo político “abajo y a la izquerda” regresaba a la máxima casa de estudios desde la visita del Sub Comandante Marcos más de una década atrás.  Quizá la mejor manera de entender lo contrapuesto que estaba el discurso del CNI con el de sus voluntarios es ésta: mientras en la explanada de rectoría, cientos (no diríamos que miles) de personas escuchaban la “picardía mexicana” de la Botellita de Jerez y los ruegos de Rubén Albarrán para que la gente firmara antes de que se ocultara el sol, el acto político había comenzado en otro sitio: María de Jesús Patricio y dos concejalas más habían llegado al teléfono donde meses antes Lesvy Berlín Osorio fue encontrada muerta, se habían encontrado con la madre de la estudiante, habían exigido justicia a un estado feminicida. Después caminaron en silencio al evento que el resto de nosotros asumió como el definitorio: el llamado a la lucha, el encuentro con los estudiantes. El punto máximo del desfase llegó cuando un público ávido de gritos y consignas recibió el discurso de una mujer que hablaba casi a susurros, sin grandes ademanes, sin querer robarle la palabra a nadie, una mujer que esperaba escuchar y ser escuchada. Una petición que para una Ciudad de México llena de ruido (real, virtual y metafórico), acostumbrada a hacerse escuchar a gritos, era una tarea casi imposible de entender.

Así, CU, el punto de encuentro de la izquierda y hacia abajo, demandó una demostración de poder típicamente masculina y privilegiada. Esperábamos grandes gestos, regaños, llamados a la acción, una expresión violenta del poder que repudiamos. Las palabras nos quedaron cortas. No había instrucciones para vencer al odiado enemigo, sólo una petición: organícense.

Para la Ciudad de México, el acto en CU marcó el fin del entusiasmo y el incio de una lejana empatía. La pregunta empezó a surgir: y si no llega ¿por quién vamos? ¿Quién nos da menos miedo? Volvimos entonces a acomodarnos con el menos peor. Hacia final de año, volvieron los impulsos del “sí se puede“, pero más contrapuestos que nunca a la convocatoria del CNI. Surgieron las metas núméricas, si cada voluntario juntaba mil firmas, sí llegábamos.

Hace unos días, ya casi nadie mencionó que no llegamos, pero ¿quién no llegó? Tras el accidente en Baja California, los concejales y acompañantes del CNI decidieron hacer una pausa para sanar. Nada más sensato y coherente con lo que siempre dijeron: ante la realidad voraz que nos pintan, cuidarse es el más primigenio acto político. Más tarde, el EZLN lo dijo también en un comunicado: vamos despacio porque el camino es largo. Y aún ahora, bajo la reflexión, somos incapaces de no ser los protagonistas de la discusión. Nos atrevemos a decir que no llegamos, cuando el CNI llegó a todos los puntos a los que se propuso llegar, con su propia agenda, con una inversión diaria de menos de mil pesos, acompañada de una cobertura mediática mínima, sin ningún otro objetivo que el propuesto desde el principio: escuchar a los que nadie escucha. La meta en muchos sentidos se logró, la agenda del CNI entró a la agenda nacional, si seguimos pensando que eso es un fracaso, y que el fracaso es nuestro, estamos despreciando una posibilidad que hasta hace unos días decíamos desear.

Hoy, a casi cuatro meses de las elecciones, podemos recordar esa entrevista que Carlos Loret de Mola le hizo a Marichuy. 243,811 firmas y siete meses después, ese es nuestro espejo: un hombre privilegiado, paternalista, que interrumpe, que no escucha, pero que con sorna se regordea de haber abierto un espacio, de empatizar con la causa. Por más punks, ecologistas, anarcoterroristas, feministas, y demás parches que queramos colgarnos, hay que aceptar que esta Ciudad de México fue tan sorda y tan condescendiente como Loret de Mola lo fue con su invitada.

Viene la elección en la que creemos que nos jugamos el futuro del país. Pero lo que sucedió con el CNI es que mostró una vez más que no entendemos qué es el país, que no sabemos qué es la ciudadanía, qué es la organización, que aún necesitamos a un hombre altisonante e impositivo nos muestre la democracia (o lo lejos que estamos de ella), que a lo que le tenemos más miedo es lo que decimos buscar.

Esta vez no lo entendimos: vinieron, nos hablaron y lo hicimos imposible. ¿Cuál será nuestro siguiente pretexto? 

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