“¿Y qué, por acá dónde se compra la mejor carne?” Me caen muy bien los norteños

por Joaquín Diez-Canedo Novelo
@joaquindcn

Me caen muy bien los norteños. Me cae bien que sean dicharacheros y desfachatados; me caen bien sus ciudades poco icónicas; me cae bien que hagan frijoles puercos a los que le echan, literalmente, de todo: desde salchichas+çf hasta manitas de gallinagbgpñg (el gato caminó por el teclado). Porque, por qué no. Además me gusta cómo hablan y cómo se dilatan algunas de sus vocales, y luego parece como que suben y se vuelven cortas y agudas y luego vuelven a bajar para terminar las frases, siempre muy asertivas.

Confieso que cuando sé que estoy leyendo algo que escribió alguien del Norte, mi cabeza inmediatamente lo lee con acento norteño; y que todo el mundo al que le leo en fuerte con este acento (que por obvias razones es solamente una persona), me festeja porque lo hago muy bien, aunque sepamos que hay muchos acentos norteños porque el Norte es bien pinche grande y seguro yo lo estoy haciendo mal y de forma muy reduccionista. Pero lo cierto, también, es que alguna vez oí a un torreonense del que nos burlábamos un montón hablar como chilango y quedé atónito porque nunca me había escuchado escuchado, y ahora pienso que tal vez mi mala imitación en realidad revela, per via negativa, la escencia de Lo Norteño.

Y me gustan, sobre todo, porque siempre ponen en jaque al centro, siempre más recatado y discreto. Porque hay algo de la an-estética norteña de la tarola y el trombón que rompe por su propia forma el discurso típico de la identidad mexa, y eso me cae muy bien.

Resulta que también me gustan los tacos -y más los de bistec- y en fechas recientes he tenido dos encuentros con gente del norte que ejemplifican mi gusto particular por esa banda -y por el bistec- y cuyo acontecer no me sorprende en lo más mínimo porque no sé bien si les dije que me encantan los norteños -y el bistec-. Éstos han sucedido, precisamente, en una taquería; que en teoría son comunes a toda la nación; y luego no.

(Por si fuera necesario advertir a alguna lectora, no soy un tipo que espíe conversaciones ajenas -me pasó que escuché el cantadito y mi oreja se paró solita-. Así de mucho me gustan.)

De los dos encuentros, el primero fue con una familia. Se notaba que estaban de paso por el de efe porque todos los miembros eran del norte y además eran un chingo (abuelitxs, primes, etcétera). Entre el desmadre que están echando –son norteños; al chilango promedio lo asustan– se acerca un mesero, tímido, a pedirles la orden.

Una de les primes voltea y dice:
Yo tres de asada.
Y el mesero –¿Qué?
Tres de asada.
¿De qué?
De carne asada.
Ah, dice el mesero. Y suelta, muy correcto y mexica -…un taco de bistec.
Y la chica dice –Ah, pos desa madre. Pero tres.

Y sigue echando desmadre. (O hablando con alguien, da igual.)

El segundo sucede en otra noche, en donde estoy sentado al lado de una pareja que claramente está en su primera cita, que no va nada bien. Ella es más bien pequeña, seria y feminista. Él; grandote, burdo y del Norte. De verlos es claro que están aquí porque se conocieron por Tinder, pues de haber hablado antes se hubieran aburrido en seguida. A menos que la chica, como yo, tenga un gusto particular por los norteños.

Después de un largo silencio:

¿Y qué, por acá dónde se compra la mejor carne?, le escucho.

Entonces pienso que debo escribirlo porque no puede ser.

Y luego la chica le responde cualquier cosa, y después de un silencio incómodo, él, queriendo ser afable, insiste:

Entonces tú eres de esas que busca la venganza de la mujer, ¿no? Nada de igualdad, ni qué madre. Pura venganza.

Sigue otro silencio, que culmina cuando la chica responde algo que claramente sobra porque cómo se contesta eso. Por mi parte yo pienso chale, mi chiste quedaba muy bien si terminaba en lo de la carne, ahora ya no sé qué hacer.

Y considerando mis opciones frente a esta intrigante y muy importante pregunta (si no no existiría este texto), yo pido otra cerveza y me distraigo con la tele. Y poco a poco, creo que porque ya acabó de jugar México -que, para acabarla de chingar, perdió contra los gringos- vuelvo a poner atención a la mesa de al lado, para entonces escuchar que el chavo, muy asertivo, le dice algo al mesero. Y en ese momento volteo para, sin demasiada sorpresa, escucharlo pedir factura.

En una primera cita.

Porque pues por qué no.

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