#YoAcuso: El riesgo del Civismo

Por Diego Mejía
@diegmej

No son raros los desplantes de Arne aus den Ruthen sobre la dictadura del civismo. No son raros porque las buenas maneras (la boca cerrada y los codos fuera de la mesa) son la estructura social de los legos. Todo en un orden, todos en colores primarios: nada puede salir de los establecido. Cuando una sociedad pondera la civilidad y educación del privilegio no es más que la perpetuación de lo establecido, además de una canalización de la protesta por la epidérmica: no te metas en el carril del metrobús.

No quiere decir que esté bien incumplir o cometer infracciones viales, ni tirar basura en cualquier lado, ni mucho menos permitir las agresiones de peatones-ciclistas-automovilistas, en ese orden, el revés y en cualquiera de sus direcciones. Pero promover la falta cívica utilizando métodos ilegales, como la propagación virtual de videos e imágenes que detonan el escarnio y la burla, no sólo es peligroso, es un atentado contra los derechos básicos y fundamentales de los ciudadanos, que no se pierden ni por infringir el reglamento de tránsito o cometer el más terrible de los delitos.

Los métodos del city manager de la Miguel Hidalgo, o Los Súper Cívicos, constituyen un atentado contra lo más básico que las sociedades contemporáneas han logrado: el piso judicial. Estos bien portados, que se mueven con la bandera ciudadana de a pie, pero no reniegan de sus privilegios mediáticos, criminalizan, enjuician y castigan según su propio criterio. Utilizan las tribunas digitales para señalar, sin tener en cuenta las posibles consecuencias que sus juicios moralinos y paralelos puedan tener en las personas que exhiben y denostan en sus publicaciones; contenidos en los que abundan los gestos clasistas.

Es grave porque en un país en el que las instituciones encargadas de procurar e impartir justicia son anémicas por obesidad, y en las que los debidos procesos no son respetados, la promoción del juicio llano del ciudadano atenta contra el Pacto. Es muy grave porque el imperio del orden, como cualquier imperio, se vuelve un edificio moralizante y totalitario. Porque se focaliza en las buenas maneras, en lugar de conjugar las quejas en lo que realmente constituya una afrenta al ciudadano. Porque son una acequia que intenta dirigir los ríos de protesta por el canal más laxo, el más estúpido.

Pero la gravedad no sólo radica en el escarnio público, acto contrario a la civilidad que dicen promover, sino en el empoderamiento (palabra ajena al idioma), sino en la distensión que significa la propaganda cívica, tierra estéril, como máximo aporte ciudadano; la terrible frase: el cambio comienza por ti mismo.

Ese mantra de la clase media ilustrada (más por dibujitos que por instrucción) es el antídoto de lo establecido contra la queja de las clases que la empujan. Lanzar la pedante arenga no hace otra cosa más que demostrar la terrible necesidad de que las cosas permanezcan como están; de fondo hay un “tú no te puedes quejar”, “tú no tienes nuestra categoría moral”.

Pero pierden de vista que miles ciudadanos no tienen sus mismos vehículos de desarrollo ni educación, para ellos no hay tribunas públicas, privadas ni digitales. Se asumen iguales de otros a los que vilipendian desde su tabique de privilegio; se burlan de los que son como ellos, ninguna diferencia existe entre ellos y el discurso ojete y facilón de los chistes de la televisión; no hay diferencia porque son del mismo origen.

Las estructuras de poder fomentan las buenas formas porque la disidencia es peligrosa, porque masticar con la boca abierta genera prurito, porque el orden debe imperar para que todo funcione dentro de esta derruida estructura que se llama capitalismo.

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