#YoAcuso. La estupidez no se cura con aspirinas

Por Diego Mejía
@diegmej

La sobredimensión de la cosas, gesto inequívoco de la estupidez y la maldad, es la manera que tienen las estructuras de poder para inocular el terrible virus del miedo en las sociedades.

Exageran desde su lectura sesgada, su lenguaje a medias, porque temen perder privilegios y su posición ante la ley. Redundan en los riesgos y las amenazas para sustentar sus perversiones: dicen defender el Estado de derecho, pero lo único que buscan es manipular los brazos punitivos del Estado para cuidar sus verdes parcelas en las que florecen la corrupción y la transa.

Dicen, además, que el orden y la seguridad (¿las de quiénes?), deben ser los pilares sobre los cuales se erija la nación. Pero engañan: les aterra la movilización, la organización y la conjugación de las quejas ciudadanas. Les aterra, aunque la disidencia sólo sea una palabra que flota entre la gris nata de la contaminación.

La modificación art. 29 de la Constitución Política es el desplante que corrobora la estupidez y el miedo. Pero también es la pieza que cierra el rompecabezas (no hacer alusión a granaderos con toletes conteniendo la movilización ciudadana) de la desilusión: Nada pasó en las calles mientras se legislaba y aprobaba la modificación (un abigarrado laberinto de palabras que nada definen y que mucho confunden); de fondo la idea de “estado de emergencia”, uno escucha y lee. Y nada en la calle pasó, y la queja se redujo, como tantas otras veces, a tuits, a estados de FB, a mentadas de madre por wassup, a conversaciones sobre el peligro de la modificación con tres capuchinos en la mesa, los camel y espera de una rebanada de pastel de frambuesa.

Pero luego uno piensa, a veces sí se piensa, a qué carajos se refieren con la emergencia, qué carajos se defiende con la pretensión de la emergencia. Para qué un escudo de protección para una sociedad que pega chato.

YoAcuso

Hace año y medio, después de la Noche de Iguala, retomamos las calles con una pretensión de justicia, un acto amoroso en medio del horror. Sucedieron después las acciones globales, y el #FueElEstado, y las canciones y los godínez y los chairos y los nacos y los fresas y las amas de casa y los niños y los homosexuales y los macholibrepensadores y las diferencias se articularon y los prejuicios se quedaron en la banqueta porque bajamos juntos a la calle. Ahí en ese lugar secuestrado por 5 millones de autos, caminamos como buscando los residuos de esa idea de la nación, y gritamos y cantamos, y algunos se pintaron las caras y hubo muchas lágrimas, y ojos de sorpresa y construimos otra ciudad, al menos una idea, y marchamos de noche, de día, de madrugada, de muchas maneras. Hasta que los pasos de fuerza se volvieron sonidos monótonos, y regresamos a las banquetas y los autos volvieron a imponer su neumática violencia, y volvimos a voltear la cara, y a no vernos, y buscar la oscuridad y los audífonos, a los escritorios y la terrible decadencia de los días. Y ese espacio público lo cedimos al miedo y la mediocridad, y mientras el país sucede en emergencia, mientras el terror llueve sobre las secas parcelas de la patria, nos convencimos que las cosas no cambiarían y la emergencia nos la quitamos con aspirinas.

Entonces regresa la pregunta, de qué se cuidan, a qué temen, si nosotros tememos a nosotros mismos, si nosotros tememos incluso a temer, por qué exageran su protección si no la hacemos de pedo siempre y cuando haya wifi, unos tacos y dos bacachos.

Por qué si reviven aquel vestigio del delito de “sedición”, nos hemos dejado vencer y nos desarticulamos. Basta con leer las reacciones por el Hoy no circula, el sencillo y el doble, y darnos cuenta de las prioridades y deseos. Defendemos el coche porque nos asegura una soledad aunque incluya horas de tráfico y estrés, pero sobre él, dentro de él, somos nosotros y no importa de los de afuera nada. Lo más terrible es que ni los automovilistas defendieron sus coches, ni su “derecho” de movilidad.

YoAcuso3

Estamos en emergencias desde hace mucho tiempo, desde hace muchos muertos. Si los legisladores hicieron su ley de terror, sólo nos queda tomar las calles y hacer sus pesadillas realidad: tomemos las calles en nombre de todos y lloremos y cantemos, y seamos uno en plural, un uno de diferencias y especificidades, un uno diverso y hermoso, terrible. Seamos emergencia, emerjamos de la inmundicia de nuestra mediocridad.

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