#YoAcuso. La progresía. Un texto rabioso de Diego Mejía sobre la hipocresía nacional

Por Diego Mejía
@diegmej

La moral de los progres, reinante en el mundo de la simulación y las medias tintas, busca imponerse como la única manera válida de articulación social o política; ellos definen el estilo y el tono, la frecuencia y los modos de la queja; una estética al fin. Ignoran que el mundo es más amplio que sus narices, que las cosas existen y fueron nombradas desde antes que sus impulsos democráticos les permitieran intuir la pared que tienen enfrente.

La manera del progre funciona como un Manual de Carreño de la disidencia: el orden ante todo, el orden y la proporción áurea como patrones de lucha: hay que quejarnos pero no hay que caer en provocaciones. No es extraño que sean los progres los que edificaron la terrible frase de promoción electoral: si no votas, ¡cállate! (la tilde y los signos como dramáticos gestos, melodrama en el país del maniqueísmo).

¿Por qué debo votar, por qué me debo callar?, uno tiene el derecho a pensar. Para el progre la imaginación es una imposibilidad.

La progresía, de sacos de pana y sombreros Tardán (al igual que los sombreros, los hay de Sonora a Yucatán), confunde sus berrinches con crisis institucionales; desdeña su entorno y el aparato institucional de la manera más institucionalizada; acaso esa palabra es su mantra: institución; como un andamiaje que construye nada. Como en un Escher, sus altos argumentos llevan a los sótanos de la pasividad, sus escaleras tienen multidirecciones que no dirigen a ninguna parte: miran al mundo con la familiaridad y reducción con la que se pican el ombligo, onanistas de ideas.

Se quejan en acequia: utilicemos las calles de manera civilizada, bien portada, como si no existieran millones de mexicanos que sufren de violencia sistemática y vertical, que les impide salir de sus círculos de miseria y hambre. Para el progre, voz cantante desde la lomita del privilegio del wi-fi, no hay mal que no pueda ser dirimido por los mecanismos legítimos del Estado: votemos, metamos controversias constitucionales; confunden su realidad, o buscan imponerla, con la de otros que sistemáticamente han sido callados.

Ven y no ven, buscan y no lo buscan; se hacen pendejos, dicho en correcto español.

Ante su vacío, enarbolan la corrección política. Dicen que sirve como pacto de civilidad pero sólo es una muestra más de su pretensión moralina: yo soy un buen ciudadano que se comporta. Hacen de la civilidad una tiranía; son bestias amaestradas y monotemáticas.

Los progres hacen fotos para explicar la realidad nacional, pero su imagen está fuera de foco. A falta de luz, en sus lecturas abundan las manchas, los errores, las distorsiones.

Escriben mensajes de 140 caracteres en los que se patenta su ignorancia: ay, qué mal están las cosas en México: escriben entre una cerveza y una raya. Luego, se van a mejorar el mundo con canciones ñoñas, edulcoradas por guitarras falsas y mentirosas; cantos rojos entre seda y oropel.

callate

Los progres, bipolares clínicos, se autoproclaman como ejemplos ciudadanos, como modelos de comportamiento. Son una forma vieja, anquilosada, asumida, institucionalizada (otra vez en menos de una página), de controlar la disidencia. Se quejan a gritos correctos porque temen perder sus privilegios. Tiene la boca llena de verdad, porque la saliva vital se les secó entre tanta cruda por sus borracheras de autocomplacencia.

Todo lo que sucede fuera de su entorno es malo: envidian el poder, y la pobreza les causa prurito que traducen en misericordia y paternalismo.

Son uno tremendos inmorales, que no dudan en utilizar la necesidad de los más miserables como estandarte de lucha contra las políticas gubernamentales, escriben y hablan sobre los 12 millones más miserables del país, pero les asquea tocarlos. Sus finos modos hacen arcadas y gestos: fuchi.

La progresía, ese pequeño lugar en el corazón de muchos, nos pone su agenda en la jeta. Se dicen mexicanos de mundo, y ponen, en las pláticas acompañadas de café y macadamias, el ejemplo escandinavo o alemán. Buscan referencias mundiales del orden, porque reproducen, muy a su pesar, todo por lo que fueron adoctrinados: orden y progreso.

Los hay quienes se dan golpes de pecho, y asumen cierta culpa cristiana, cierta concienciade privilegio de clase, pero da igual, buscan que la coralidad se funda en su voz, que la multiplicidad de mundos de reduzca a un mapa con calles definidas por el googlemaps.

Se perciben los dueños de la colectividad, y reparten silencios y menatdas de madre si no se piensa como ellos, si en uno atisban un poco de diferencia.

Temen a la violencia de la multitud iracunda y se pronuncian en contra de una estética y forma que no sea la suya, ignoran que las ofensas nacen mucho antes de ser pronunciadas, que responden a heridas lejanas y profundas, llagas con pus en el alma. Mucho tiempo antes de pensar en gritar la queja, se va gestando de a poco los tiempos es lo que será conjugada: callarla, argumentando buenas maneras, es la forma más efectiva de anularla.

Publican en sus diarios, en sus blogs y en redes sociales, reducen su talento en “me gusta” y retuits.

Sus gritos, lindos y bien colocados, sirven como desfogue emocional, como el chillido de una olla exprés, que lastima y desespera pero que es la mejor manera de que no exploten los frijoles.

Se quejan del control de los medios y los modos por parte de oligarcas y latifundistas de la tinta y la radio, vomitan Televisa pero a la menor provocación se revuelcan en el mismo desperdicio. Pero ellos controlan las tribunas conseguidas por años de lucha ciudadana, con sus lenguas bífidas, y el pesado tufo de sus entrañas. Los progres se manifiestan dentro de la ley porque defienden lo que les sustenta el privilegio, porque se sienten ungidos por las fuerzas morales como redentores ciudadanos.

Todos los padecemos porque todos somos, ser progre, parece, es un gesto colectivo, una moral hinchada como riñón de enfermo, atiborrado de orina amarilla: cargada de azúcar y grasa. Todos somos progres porque nos hemos creído, en un grado o en otro, ese discurso de manantial anegado, somos progres porque nos quedamos en la comodidad de lo correcto, de las formas, porque no nos provocamos la imaginación política ni la social, porque nos compramos el cuento de la comodidad y los meses sin intereses, el coche y la cenita rica, el desayuno nutritivo y el pan de granos de algún bosque mágico, somos progres desde que nos creímos el cuento de lo posible y lo probable, porque tenemos pánico al fracaso, porque nos dijeron que funcionábamos mejor solos, porque creemos que somos el puto centro del Universo.

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