#BallenasBlancas. Misuzu Kaneko: «Las cosas invisibles siguen ahí»

Pensemos un momento en la suavidad del sonido de las olas en un mar que se aquieta. Aunque la ola no sea la misma, la sensación que nos llena si cerramos los ojos puede ser la de estar escuchando la voz del mar. Una voz que no habla, o al menos no nos habla a nosotros, pero que nos asombra en su cadencia. Propongo esta imagen por dos razones: la primera es que nos abre a leer la sonoridad de las palabras en el texto, la segunda es que, así como podríamos pensar la voz del mar en el sonido de las olas, hay una suerte de eco en cierta poesía que, al mismo tiempo que es efímera en el nombre de alguien, permanece y resuena en la voz de todas.

Las palabras necesarias

Misuzu Kaneko nació el 11 de abril de 1903, en una pequeña aldea de pescadores en Japón. Su padre murió cuando ella tenía tres años, así que fue educada por su madre, quien era la encargada de una pequeña librería. A diferencia de la mayoría de las niñas japonesas, que solamente estudiaban hasta sexto de primaria, Kaneko continuó su educación hasta los 17 años, apoyada por su madre que promovía activamente la lectura.

En sus tempranos veintes comenzó a escribir poemas para niños, basados en sus propios recuerdos y sensaciones de infancia. En esa época era la encargada de una librería, tal como lo había sido su madre, así que tenía acceso a todos los libros y revistas que pudiera desear. Mandó algunos de sus poemas a cinco revistas que abrían competencias para jóvenes escritores. Para su sorpresa, cuatro de ellas aceptaron sus textos y los publicaron el mismo mes del año 1923. A partir de ahí, y por los siguientes cinco años, su obra fue publicada en distintos medios impresos nacionales, brindándole fama y reconocimiento. En ese tiempo, se publicaron más de cincuenta textos de su autoría.

El pajarillo, la campanilla y yo

Aunque estire mis brazos
definitivamente no puedo volar,
pero a diferencia de mí, un pajarillo
no puede correr rápido sobre la tierra.

Aunque balancee mi cuerpo adelante y hacia atrás
no producirá sonidos bellos,
aunque a diferencia de mí, una campana
no conoce tantas canciones

Una campanilla, un pajarito y también yo,
Todos somos diferentes, todos somos buenos.

Sus poemas tienen una dulce lucidez, que no excluye a la ternura de la melancolía, o de la apreciación de una fuerza mayor a ella misma. Los textos de Kaneko visitan imágenes de la naturaleza que la retratan sin necesidad de usar más palabras que las necesarias; después de leer el breve poema, queda una sensación de silencio en el paisaje.

¡Gran Pesca!

Al amanecer, glorioso amanecer
¡Hay una gran pesca!
¡Una gran pesca de sardinas!

En la playa, es como un festival
pero en el mar, celebrarán
funerales
para las decenas de miles de muertos

Corazón debilitado

La casaron con un hombre de carácter difícil, lo que hizo de la vida marital una suerte de martirio para Misuzu. Dio a luz a una hija, a quien amaba profundamente y cuidaba con dedicación. Desafortunadamente las acciones de su marido tuvieron una consecuencia terrible, pues la contagió con una enfermedad que la debilitaba todos los días. Ella solicitó el divorcio y por un tiempo logró vivir tranquilamente con su hija. Por desgracia, las leyes japonesas de ese momento apoyaban a los hombres para que tuvieran la custodia total de sus hijos en caso de separación, así que cuando el esposo de Kaneko decidió tomar esa ventaja, el corazón debilitado de Misuzu terminó de romperse.

Una noche, después de bañar a su hija y compartir con ella su postre favorito –arroz dulce envuelto en hojas de cerezo–, Kaneko le escribió una carta a su marido, pidiéndole que dejara a su madre hacerse cargo de la niña. En su estudio, un mes antes de cumplir 27 años, se quitó la vida.

Estrellas y dientes de león

Profundamente en el cielo azul,
como guijarros en el fondo del mar,
yacen las estrellas invisibles a la luz del día
hasta que llegue la noche.
No puedes verlas, pero están ahí.
Las cosas invisibles siguen ahí.
Los dientes de león marchitos y sin semillas
escondidos en las grietas de la teja
esperan silenciosamente la primavera,
sus raíces fuertes no se ven.
No puedes verlos, pero están ahí.
Las cosas invisibles siguen ahí.

Al final, la madre de Misuzu sí se hizo cargo de la pequeña. Tras los bombardeos a Tokio en la Segunda Guerra Mundial, la obra de Misuzu se evaporó. Las copias de sus escritos conocidos se perdieron y su nombre pasó al olvido. Medio siglo después, el escritor Setsuo Yazaki se dio a la tarea de rastrear su obra, que parecía sepultada con los restos de la guerra. En 1982 contactó al hermano menor de Kaneko, quien conservaba tres cuadernos gastados, propiedad de Misuzu. En ellos había 512 poemas, la mayoría desconocidos.

¿Eres un eco?

La obra de Kaneko fue publicada y se convirtió en lectura básica para la juventud japonesa. En 2011, tras el devastador tsunami que azotó las costas de Japón, los medios de comunicación hicieron un llamado a la acción de la sociedad civil con el poema de Misuzu “¿Eres un eco?”. Más de un millón de ciudadanos fueron voluntarios y las palabras de Kaneko se transformaron en movimiento.

¿Eres un eco?

Si digo, «¿Vamos a jugar?»
tú dices, «¡Vamos a jugar!»

Si digo, «Estúpido!»
tú dices, «¡Estúpido!»

Si digo, «No quiero jugar más»,
tú dices, «No quiero jugar más.»

Y luego, después de un tiempo,
volverme solitaria

Digo “Lo siento».
tú dices: «Lo siento».

¿Eres sólo un eco?
No, tú eres todos.

A pesar de esta popularidad tardía en Japón, su obra ha sido muy poco traducida a otros idiomas, por lo que permanece desconocida en la mayoría de los países. Hace poco una editorial independiente de Seattle, la Chin Music Press, se dio a la tarea de comenzar a traducir su poesía al inglés, en un bello libro ilustrado.

Se le compara con Christina Rossetti y Sylvia Plath, y en su historia y dolor tiene varias semejanzas con Forugh Farrokhzad. De nuevo viene a la mente el sonido de las olas, pues más que comparaciones estilísticas entre ellas, podemos pensarlas como una misma voz que acarició de forma particular la costa donde nos detuvimos a escucharlas.

Amar todo

Desearía poder amarlos,
a cualquier cosa y a todo.

Cebollas, tomates y pescados,
desearía poder amarlos a todos.

Guarniciones y todo.
Porque mamá los hizo.

Desearía poder amarlos,
a cualquiera y a todos.

Doctores y cuervos,
desearía poder amarlos a todos.

Todo en todo el mundo,
porque Dios los hizo.


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Ana Martínez de Buen – @Anamdb

#BallenasBlancas. Andonella, encontrar el trazo

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