“Concluyo, mientras se lame el culo”. El gato Pafni y el canto

Me doy cuenta que cuando estoy contento, canto. Le canto al perro, le canto al gato, me canto a mí mismo. Me gusta cantar porque nunca aprendí un instrumento y en este puedo ser autodidacta.

Además, I’ve got the blues.

Me decía una amiga que empezó a tomar clases de canto porque siempre había querido y por fin había vencido la pena. Y cantaba así, no porque quisiera ser buena sino como terapia. La maestra, chilena, le iba masajeando las vértebras mientras le explicaba que guardamos dolencias entre los músculos, que así con masajes se van liberando y que la voz le daba sentido al proceso. Las vocales que cantaba iban subiendo, detenidas, de la u a la i, mientras ella levantaba la barbilla hacia el cielo y sentía unos lagrimones correrle por las mejillas.

Luego está el canto cardenche, que cantan los arrieros de la Laguna y que no acompaña ningún instrumento. Me los imagino ahí, a la mitad del desierto, bajo un sol a plomo que se va haciendo un paisaje de atardeceres rosas y morados y una tierra azul; o quietos bajo la luz de la bóveda celeste, sin más tiempo que el que tarde en amanecer.

Y yo ya me voy a morir a los desiertos.

Lo que debe ser estar en medio de esa inmensidad bordeada por montañas lejanas. Lo que debe ser ese olvido de la distancia. Y por eso no me sorprende que canten a voces para no sentirse solos.

Pero a mí no me divierten los cigarros de la Dalia,
pero a mí no me entretienen esos tragos de aguardiente.
Sólo en pensar que dejé un amor pendiente,
nomás que me acuerdo,
me dan ganas de llorar.

También pienso que cantar te obliga a pensar en las armonías porque rápido uno se da cuenta que canta incompleto, y que las voces de una rola casi siempre están acompañadas de otras voces; de otros cuerpos; de armonías. Y aunque uno no es experto, también es cierto que se aprende con la práctica.

Esa estrella marinera…

Al poco tiempo le cantaba a mi gato Pafnuncio con su apodo de pafni, que da chance de hacer una tercera con la “pa” yendo para arriba y el “fni” como el descenso a los infiernos, uno muy ordenado. Era de noche y afuera llovía. Y sonaba muy lindo, la verdad, porque está el gatito negro con su morrito y sus calcetincitos blancos –gatitos de smoking, Elena Salamanca dixit– y uno del otro lado del sillón pos nomás cantándole en lo que ese güey perseguía algo. Y aunque al gato probablemente le valga madres, uno ya establece un vínculo:

le estás cantando al gato.

Pero me doy cuenta que le canto porque poco a poco se va haciendo mi gato, y al gato, además de nombre, hay que hacerle una canción. Que no será escrita y será transformada en cualquier canción, pero hay que cantarle una canción. Y por eso se la canto.

Y a mí que me embelesa lo de la cantada y soy el único que se maravilla con mi voz -vencí pronto la pena- pues empiezo a hacerle armonías al ingrato gato Pafni.

Paaaaa · fniiiii, le canto, del otro lado del sillón. Paaaaaa · fniiiiiiii, concluyo, mientras se lame el culo.

Las armonías, pienso mientras siento cómo me vibra el pecho con los cambios de la voz, son como un hilito que se va desmadejando y que luego vuelve en sí, para después agotarse en el tiempo.

Paaaaaaf · niiiiiiiiii, sigo; ya conmovido por la vibración. Paaaaaf · niiiiiiiiiii, termino.

Y de repente, entre el silencio sepulcral perforado por las gotas de lluvia, siento que mis agobios ya no son tan intensos. Y me llegan de golpe los efectos del masaje, y un poco de tensión se me va del pecho.

Y por un momento me siento contento.

(El gato ya se fue a perseguir una mosca).

A Sofía Ortíz

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Joaquín Diez-Canedo Novelo@joaquindcn

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