Marcapasos XI: 1 década

Cuando me operaron no me cosieron la incisión, me pusieron un cierre de plástico. En lugar de hilos colgando, tuve una especie de plastinudo y pegamento que cerraba la herida. Los avances médicos son desconcertantes.

Con los meses, la cicatriz se ha negado a difuminarse y permanece de un color rosáceo. A veces me arde o me da comezón. El médico dice que son las terminales nerviosas que quedaron sensibles. No sé cuánto durará eso.

No sé por qué pensé que sería fácil identificar que estaba curada, si fue tan difícil aceptar que estaba enferma. Asumí que al sentirme mejor, regresaría a un estado anterior de las cosas: a cuando estaba bien. Es imposible. El cuerpo ha vivido lo que ha vivido: trauma, desgaste, contracción, atrofia.

El arreglo, además, tiene algo parecido a una fecha de caducidad. El marcapasos que ahora tengo funciona con pila. Ésta tiene una vida útil de una década en promedio, dependiendo del uso. Según la primera revisión, mi pila tenía quince años de vida. Una vez que se cumple, hay que abrir de nuevo para cambiar la pila. No sé si será como empezar todo de nuevo, o se va haciendo más fácil. No sé cómo ver diez años adelante, cuando me acostumbré a pensar a corto plazo.

También puede ser que, tras tres años, la evaluación diga que el marcapasos ya es innecesario, y lo retiren. No sé si será como perder algo de mi propio cuerpo. No sé de qué manera se encarne un aparato que te salva la vida.

Tengo más miedo ahora que en todo el año pasado. A no saber sentirme bien, a notar que de nuevo me estoy sintiendo mal, a apresurar el cuerpo, a compararme con la de antes. Hace poco me dijeron que ahora todo es paciencia y resistencia. Supongo que es lo necesario para volver a reconocerme a mí misma en este cuerpo y en esta voz.

Volver a reconocerme con una enfermedad crónica. Saber que la salud ha desaparecido. No hay salud, pero hay cuidado. Estaré mejor en tanto mejor me cuide. Mi bienestar es, más que nunca, colectivo.

Mi cicatriz es rosa. A veces arde y me da comezón. Quizá para recordarme que la cicatriz no mide ocho centímetros, sino mi cuerpo entero. Tal vez para confirmarme que algo se cerró, pero no ha acabado. Sigue vivo. En carne viva. No sé por cuánto tiempo. Y, espero, pronto eso no me importe.

Lo peor de la recuperación es el miedo a la permanencia. Si en la enfermedad la dinámica del cuerpo cambia, siempre está presente la posibilidad de que la cura cambie de nuevo el estado de las cosas. Pero no sé hacia dónde va ese cambio. Ahora que estoy arreglada, desconozco aún qué hacer con lo que sigue atrofiado en mi cuerpo. Mis brazos, piernas y espalda ya no están enfermos, nunca lo estuvieron. Sin embargo, no funcionan del todo, pero funcionan. El final de la enfermedad se parece mucho al inicio.

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