Postal 125. La vida crece por los poros de la piel

Tenía agruras, agruras y curiosidad.

“La acidez estomacal es señal de que va a nacer greñudita”, decía la abuela.

“Señora, lo que usted tiene que hacer es dejar de comer tanta salsa”, contradecía el médico.

Los ultrasonidos dan miedo. El embarazo, probablemente, también. Las primeras imágenes de un humano en potencia no son precisamente retratos, sino esquemas.

-¿Qué es esa bolita del lado derecho?
-En realidad no es una bola, sino una mano.

-¿Qué es eso que se ve como las rayas de una zebra?
-Eso, eso es hierba capilar.

Nació como todos, llorando, embadurnada de la viscosidad placentaria, conectada del ombligo al interior materno.

En efecto, greñuda, despeinada, como predijo quien había dado a luz a 8 chamacos. Con un remolino hipnotizante cargado del lado derecho, se dibujaba detrás de su cabeza un vórtex.

La espiral parecía moverse de tanto en tanto, el largo de su cabellera en ciernes daba cuenta del pasar de los días. Un poco más largo de un lado que del otro, un poco más enrollado en la nuca debido a las horas de sueño.

“Rápala y úntale jitomate”
“Shampoo de manzanilla”
“Aunque no tenga mucho, cepilla su cabello, eso estimulará su crecimiento”
“Dale masaje en el cuero cabelludo, verás cómo le crece”
“Agítala, ponla de cabeza, para que el flujo sanguíneo ayude”
Blah blah blah

Un centímetro, dos, tres, la vida crece por los poros de la piel y por las secreciones de las glándulas.

Como hierba en suelo fértil, uno a uno, brota cabello de la cabeza. Dorado, oscuro, lacio, ondulado, grueso, delgado, crece en nuestros jardines de azotea, impredecible, irremediable, imparable.

Los rizos se estiran volviéndose líneas rectas, fluyen insospechadamente por las cavidades diminutas de la piel que reviste el cráneo, nos baña, nos envuelve, nos ahoga.

Un puñado por aquí, un puñado por allá, en la cama, en el piso, en el cepillo, en la mano.

Se barre, se aspira, se pega al quitapelusas y flota en las sopas, el cabello vuelve una y otra vez. Le cortamos, le peinamos, ninguna labor de jardinería será jamás suficiente para parar la espiral de la que venimos.

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Erika Arroyo – @_earroyo

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