Postal 130. ¡Salud!

Una fumarola con aroma a tabaco mana de unos labios color carmín. Entre golpe y golpe, unos dientes tan blancos como cerámica china, se asoman dando al rostro alargado y elegante, un leve aire infantil. Los dedos índice y medio sostienen un delicado Benson que se consume junto a un anillo de compromiso que destella sin pasar desapercibido.

El mesero cambia el cenicero y pasa un trapo que arrasa con las cenizas que han caído sobre la mesa.

Esto es Postales.

Un old fashioned para la dama solitaria de la barra que hojea el periódico y continúa consumiendo su cajetilla de cigarros.

En la servilleta que acompaña el trago y que el bartender ha entregado como lo haría un cartero, puede leerse con tinta azul un no solicitado y para ella siempre risible “tu belleza me enmudece, salud” cuyo remitente se reconoce fácilmente. El hombre de traje oscuro cuyo rostro se ilumina al encender un puro y que mira nervioso entre la gente, en dirección a ella.

Una sonrisa forzada agradece el gesto que vuelve a cubrirse de noticias.

La barra es un buen sitio para esperar, los clientes orbitan alrededor del punto neurálgico del lugar. Órdenes de coctelería, bebidas en las rocas, derechas, aguas minerales.

Jacqueline, sin prisa, da sorbos discretos a la bebida cortesía del incógnito aspirante a acompañante mientras el segundero avanza. Con el caer de la tarde, el Bamer hospeda a oficinistas y parejas que esperan invertir lo que queda del día entre caricias y volteretas.

Los músicos del Bamerette entonan el ambiente con piezas irresistibles y poco a poco se va poblando la pista de tacones bajos y zapatos boleados por la mañana.

Las trompetas, perfectamente pulidas, son espejos del ritmo de la noche. Una pareja madura juguetea chocando las caderas en un ritual de seducción. Lulú levanta sus guantes desde la entrada mientras el hostess toma su abrigo. A Jacqueline le sudan las manos.

Los pretextos fabricados funcionaron. Jacqueline dijo a su prometido que iría de compras y luego a leer. Lulú inventó a su marido que tomaría una clase de crochet en casa de su prima Sandra, pagó el silencio de su chofer con una suma considerable, tomada de un ahorro personal que esconde entre estambres. El abrazo amoroso es tan fuerte que casi se rompen los huesos.

La felicidad es imposible de esconder.

Las risas, el llanto, y los estados intermedios entre la alegría y la tristeza, el momento es una burbuja donde lo imposible puede suceder. En el bar, la gente tan animada ignora a la pareja secreta que rememora al oído y se acaricia imperceptiblemente entre las periqueras.

Dos hombres de negocios encuentran oportuno unirse a la conversación que de lejos se mira divertida. Sin ser invitados, se sientan cada uno, en las esquinas, ordenan y ante un silencio incómodo son obligados a retirarse.

“Para ‘Little Lulu’ con todo cariño. Jacqueline. 7 de julio de 1953”

Este es el último intercambio de fotos, de anhelos. En medio de una canción con doble fondo, como una caja fuerte, Lulú y Jacqueline se despiden de sus encuentros entre una multitud siempre obtusa.

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Erika Arroyo – @_erroyo

Postal 129. Los sueños de la tercera dimensión

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