Postal 126. Ya se peinó María

Detrás de los grandes titulares del periódico que anuncian un esperado golpe al crimen, se asoman apenas los ojos de Antillas, se encogen entre golpes pausados a un pitillo a medio fumar perfumando su sombrero de lana gris. Son las seis con veinte, hace quince minutos debió pasar por la plaza el licenciado Bausen, rodeado de su cuadrilla de zalameros y achichincles. Aún hay tiempo para el reporte.

Diez en punto, suelta bastón y abrigo a su asistente, sostiene caja de cerillos y camina cinco pasos a la izquierda del local de tacos para perderse por tres minutos entre el vapor de la carne y canjear el diminuto paquete por un sospechoso paquete de comida para llevar. Once treinta, sin novedad, el mensajero entra a la oficina con un maletín y sale con una caja de pastel. Cuatro con diecinueve minutos, toma una larga llamada y se asoma por la ventana.

El pizarrón mental se escribe con un gis predeterminado. Con ocho meses de seguimiento, se puede conocer muy bien los vicios, perversiones y costumbres de un enlace del servicio secreto.

El objetivo pasa conforme lo previsto. Más silencioso que otras veces, pero al mismo ritmo y con la misma compañía. Dobla en la esquina, donde una pareja que simula besarse le espera para seguirle discretamente.

Antillas da vuelta a la hoja para leer la sección de noticias internacionales, fuma nuevamente y al instante, esta postal se torna blanco y negro. Bienvenidos.

No es muy difícil adivinar el destino de esa repentina urgencia médica. Bausen tiene un arsenal de excusas que siempre resultan muy convenientes a su esposa, quien tiene un amorío con Idalia, la mucama.

Siete con dos. Se despiden en la puerta. El chofer abre la puerta, Bausen sube al auto. Con un leve movimiento de cabeza definen el rumbo. Los amantes encubiertos han terminado su reporte.

De entre una cortina aterciopelada se escucha una potente voz femenina. La banda en vivo le acompaña suavemente. Brota una mano delicada, luego una pierna y al final un rostro resplandeciente bañado de un velo con diamantes. Las luces del lugar se atenúan dando protagonismo al corazón de la escena. El mesero toma el abrigo de Bausen, quien se une a una mesa con dos hombres más. El trío susurra entre cantos antes de ordenar.

A su mesa ha llegado una ronda no solicitada de negronis. Qué coincidente coctelería, el trago favorito de Bausen. El mesero señala con la mirada al remitente.

Bonet, con su vestido negro acinturado y su joyería cristalina, levanta su bebida sugiriendo un brindis a distancia con los tres misteriosos caballeros, quienes agradecen dando un sorbo al unísono.

Como si aquél gesto fuese una señal, el maestro de orquesta pide continuar con el programa musical.

Antillas ha ordenado un martini, con un leve muñequeo hace nadar a la deriva a la aceituna que, al chocar con el líquido entre las paredes de la copa, hace brotar ese aroma del vermut con la ginebra que se abrazan mutuamente hasta llegar a sus delicadas fosas nasales. No ha habido muchas novedades, Bausen aprovecha la música para hablar de sus negocios con Foster y Hess, dos jóvenes y adinerados empresarios que han amasado una fortuna, el primero en el terreno farmacéutico y el segundo, en el automotriz.

Para el intermedio, Bonet ha conseguido sentarse junto al trío. Antillas le observa desde una esquina, con un florero de intermediario entre él y el mundo, sus movimientos han sido apropiados, sin sospechas. El barullo es apagado estrepitosamente con el siguiente número. La mirada de Lulú, penetrante y oscura como la velada, se cruza entre lamentos con el rostro semi enmascarado de Antillas.

Su presencia en el lugar es una buena y una mala noticia. De los asuntos laborales de Antillas es preferible no enterarse, pero sin duda, sólo pensar en el atisbo derrite el hasta hace unos momentos, adolorido corazón de la cantante.

Lulú continúa deleitando con su preciosa voz. Bonet inmediatamente percibe el cruce de miradas y se disculpa para hacerse presente ante Antillas, quien se ubica cerca del tocador. Al pasar cerca, disminuye la velocidad del paso, sus tacones titubeantes se detienen por un momento imperceptible. Como una bomba, suelta una clave: “Ya se peinó María”.

Antillas ubica ipso facto la presencia de un comensal nuevo quien ha acudido a la reunión empresarial.

La orquesta entra en receso. El maestro de ceremonias aprovecha para presentar un espectáculo nuevo a cargo de un grupo de bailarines. Antillas pide otro martini, esta vez sucio.

Lulú, con su traje de descanso, sorprende a Antillas preguntando si le es permitido acompañarlo. Su asistente le recuerda que cuenta con diez minutos para volver al camerino, la estrella asiente. De su cajetilla de cigarros saca una carta del tarot acompañada de una foto. Un recuerdo florece.

El silencio es suficiente para ambos. Basta un intercambio de muecas muy parecidas a las sonrisas para regresar en paz tras bambalinas.

Bonet vuelve a pasar, esta vez con tres acompañantes que se acomodan la bisutería. De reojo lanza una ráfaga helada que rompe la calma. Lulú continúa su camino y el grupo femenino de espías hacen lo propio.

Medianoche. Bausen da el último sorbo y ayuda a Bonet a ponerse el abrigo de mink. Sus acompañantes replican. Lulú sale al escenario acercándose al director de orquesta, le pide un cambio. Fin del reporte.

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Erika Arroyo – @_earroyo

Postal 126

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