Carmín Tropical: tolerancia, orgullo y diversidad

La diversidad de género y la libre sexualidad no son temas exclusivos de nuestros tiempos; por mucho que parezca una problemática social en boga tras noticias recientes como el reconocimiento a los matrimonios homosexuales o la posibilidad de adopción para este tipo de familias.

Dentro del universo tan amplio que envuelve las temáticas de tipo genérico y sexual, hace cerca de dos años, el mundo volvió la atención a la categorización genérica cuando salió a la vista la noticia de que en Alemania sería reconocido jurídicamente el llamado ‘tercer sexo’ al permitir que la casilla referente al sexo en el registro civil de los recién nacidos no necesariamente tenía que señalar las opciones ‘femenino’ o ‘masculino’ y podía ser dejada en blanco.

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Las reflexiones, opiniones y comentarios no se hicieron esperar. Para muchos la posibilidad de una sociedad que no estuviera dicotómicamente divida en polos cambiaba radicalmente la manera de concebir el mundo. No obstante, este tema no es nuevo en absoluto. A lo largo de la Historia mundial existen numerosos ejemplos de culturas en las que el ‘tercer género’ ha sido reconocido por la sociedad, lo cual no significa obligatoriamente que haya sido aceptado en ella y que haya logrado transformar el paradigma social y universal del género.

El caso de las comunidades zapotecas de Oaxaca es una de las excepciones, al menos a simple vista. Un supuesto paraíso de la inclusión que remonta su historia a la era precolombina cuando las muxe de los pueblos zapoteca no sólo fueron reconocidas como un tercer género, sino que, además, fueron aceptadas e integrados a la vida social con naturalidad y desde aquel tiempo, las costumbres milenarias de los zapotecas edificaron una cultura basada en las tres posibilidades genéricas.

En la zona del Itsmo de Tehuantepec, las muxes desempeñan roles sociales y familiares como cualquier otro miembro de la comunidad, no son estigmatizadas ni juzgadas por su manera de vestir y comportarse, las actividades que realizan o sus preferencias sexuales.

En Juchitán, un pequeño pueblo en el estado de Oaxaca, la población de muxe es el orgullo de muchas familias en la comunidad. Aquí, incluso, la aceptación del tercer género ha transformado las creencias religiosas y ha generado historias como la de San Vicente, santo patrono de Juchitán, quien viajaba por todo el país con tres costales llenos de granos que iba repartiendo por el país, en uno portaba los granos masculinos, en otro los femeninos y en un tercero combinados. “En Juchitán se le rompió el tercer costal”.

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No obstante, la vida de las muxes en las sociedades zapotecas no se libra de las contradicciones morales, la marginación e, incluso, la violencia. La aceptación abierta al afeminamiento de la imagen y las actividades han relegado a las muxes al mismo tipo de machismo y discriminación hacia las mujeres que subyace en distintas estructuras de pensamiento en nuestro país desde hace siglos y, por supuesto, a la homofobia que condena la diversidad sexual.

La violencia que amenaza la vida de las muxes en comunidades como Juchitán es la misma que, durante toda la historia, ha amenazado a todo lo que no se ajusta al paradigma universal del género, al final se trata del mismo tema del odio por lo que es diferente lo que todavía no nos permite hablar de una verdadera tolerancia.

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