Las Distopías Hipercapitalistas: De Hollywood a la Realidad

por Christian Nader
@ExoSapiens

CienciaFicción

Desde el surgimiento del cine de Ciencia Ficción, las distopías han sido llevadas de manera recurrente a la Pantalla Grande. Por lo general éstas son detonadas o se desarrollan durante guerras nucleares, catástrofes naturales o ataques alienígenas. Algunas otras presentan a sociedades oprimidas por gobiernos controlados o absorbidos por el sector privado, megacorporaciones globales que operan con total ilegalidad e impunidad. El ejemplo primigenio es, sin duda, Metropolis de Fritz Lang, cinta alemana de 1927 que exhibe las abismales diferencias entre las dos clases sociales en una Ciudad Estado del año 2026. Una minoría empoderada, indiferente y hedonista reside en la superficie repleta de monumentales rascacielos; mientras tanto, en el subsuelo de la urbe habita la mayoritaria clase obrera dedicada al mantenimiento de la ciudad, hasta que inesperados acontecimientos ponen en peligro el statu quo. Esta cinta ha sido uno de los más importantes acercamientos de la cinematografía al tema de la lucha de clases y la desigualdad social, y hasta la fecha, pocos largometrajes han logrado igualar los logros y el legado de Metropolis, que logró plasmar la desigualdad social y el fervor revolucionario de la primera mitad del siglo XX, un período dominado por los grandes monopolios industriales, financieros y mediáticos controlados por las burguesías nacionales. Desde la posguerra de la Segunda Guerra Mundial el cine de Ciencia Ficción entró en una crisis. La mayoría de las producciones de los años cincuenta y la primera mitad de los sesenta fueron cintas de bajo presupuesto producidas por pequeñas productoras. Las tramas eran repetitivas y predecibles: invasiones o ataques de extraterrestres o de monstruosas mutaciones por los “misteriosos” efectos de la radiación; obviamente estas amenazas reflejaban el pánico estadounidense por una invasión, infiltración o expansión ideológica del comunismo durante la Guerra Fría.

Fue hasta finales de los sesenta cuando la industria volvió a presentar antiutopías que cuestionaban el orden social vigente. Una de las más representativas de aquellos años fue Soylent Green (1973), dirigida por Richard Fleischer y protagonizada por Charlton Heston. La película nos presenta un planeta devastado por el calentamiento global y la sobrepoblación en el que sólo las clases acomodadas pueden acceder a los alimentos “tradicionales” como carne, frutas y verduras. Las masas empobrecidas deben conformarse con productos conocidos como Soylent, fabricados por la megacorporación homónima en sus tres variedades distintas: Rojo, Amarillo y el nuevo Soylent Verde, fabricado a partir de plancton. La alimentación del planeta depende de una compañía multinacional que guarda un oscuro secreto, ya que la materia prima de su nuevo producto no proviene de los microorganismos de los océanos moribundos. Soylent Green fue una de las primeras cintas estadounidenses en criticar abiertamente un modo de producción que ha provocado tanto una profunda desigualdad social como un desequilibrio ecológico sin precedentes, además de evidenciar que los paliativos ideados por las grandes empresas sólo han empeorado el caótico panorama.

Los años setenta fueron una época dorada de la Ciencia Ficción en la cinematografía. Muchas de las cintas de dicha década lanzaron en menor o mayor medida una crítica contra la oligarquía que irónicamente controlaba a los estudios que produjeron aquellas películas, arriesgando su estatus al intentar conectar con un público más crítico e indiferente alejado del tradicional cine hollywoodense, al ser atraído por el cine de vanguardia europeo o bien por la televisión. The New Hollywood presentó las cintas de jóvenes e innovadores directores estadounidenses que cambiaron la forma de hacer y vender cine en Estados Unidos y las cintas de Ciencia Ficción no fueron la excepción. Sin embargo, los nuevos directores fueron rápidamente absorbidos por los estudios, que censuraron y penalizaron sus “excesos” e “intentos de subversión”. A mediados de la década de los setenta se inauguró en Estados Unidos la llamada “Era del Blockbuster” representada por cintas de gran presupuesto producidas por los grandes estudios que lograron recaudar millones de dólares en taquilla, no sólo por la exhibición de sus películas sino por artículos que promocionaban sus “productos” fílmicos, desde juguetes hasta ropa. Ya en los ochenta las salas de cine estaban atestadas por audiencias hambrientas de superproducciones de esta índole, predominantemente cintas de acción, fantasía, horror y Ciencia Ficción. Paralelamente, a comienzos de dicha década, Estados Unidos presenció el surgimiento de un nuevo sector dentro de la alta burguesía, el llamado yuppie (Young urban professional), jovencitos postuniversitarios que rápidamente se insertaron en las cúpulas del sector financiero-industrial-empresarial y en la meca del entretenimiento; personas ávidas de éxito y riqueza y con un miedo / desprecio patológico por el fracaso y los “fracasados”. La juventud reaganista (thatcherista en Gran Bretaña), neoliberal e individualista ocupó el lugar de los viejos magnates, aquellos retratados por la cinematografía estadounidense como fanáticos de los habanos, el coñac y el brandy. Los nuevos millonarios se habían enriquecido gracias a su repentino éxito en las bolsas o por haber posicionado a su empresa en la cima de los nuevos mercados globales. El relevo de la clase empoderada sería una juventud adicta a la cocaína y a los gimnasios, la cual también sería retratada por una nueva ola de directores, que a pesar de haber pertenecido a un gremio empleado por los conglomerados mediáticos de la industria del entretenimiento, lograron construir un discurso crítico oculto entre explosiones, romances y gore, dentro de cintas que podrían catalogarse como inofensivas e incluso partidarias del sistema económico y social vigente.

En 1979 el inglés Ridley Scott, quien había gozado de buenas críticas tras su Opera Prima The Duelists, fue contratado por 20th Century Fox para dirigir Alien, película que estaría basada en un guión escrito por el gran “Dan” O’Bannon. El estudio añoraba continuar con el colosal éxito de Star Wars (epítome del Blockbuster) por lo que buscó frenéticamente nuevas propuestas dentro del género. Sin embargo, Alien se alejó de la fantasiosa Space Opera de George Lucas estrenada dos años antes. La cinta de Scott presenta una asfixiante pesadilla industrial en el año 2122 desarrollada dentro de un universo oscuro y realista a bordo de un carguero interestelar, el USCSS Nostromo, cuya labor era transportar minerales de las colonias exteriores a la tierra. A medio camino en una de sus misiones, su itinerario se vio interrumpido cuando recibió una transmisión de rescate (o por lo menos así fue interpretada en un primer momento) procedente de LV-426 (“Aqueronte”), una luna a unos 39 años luz de la Tierra. Cuando la tripulación arribó a su nuevo destino se encontraron con una enorme y antigua nave extraterrestre, sin embargo no se halló a ningún tripulante con vida. Mientras la tripulación del Nostromo realizaba una inspección en el interior de la nave se encontraron con cientos o miles de “huevos” de extraña naturaleza. Al inspeccionar uno de estos “ovomorfos” el oficial ejecutivo Gilbert Kane (personificado por el recientemente fallecido John Hurt) fue víctima de un parásito que salió disparado del huevecillo. Para salvar su vida, el personal transportó a Kane a bordo del Nostromo, rompiendo diversos protocolos de seguridad. Pronto se descubrió que la Corporación Weyland-Yutani y su agente a bordo de la nave (un “sintético” de nombre Ash) conocían la existencia de la nave extraterrestre y el potencial de los “xenomorfos” para ser utilizados como un arma biológica por la división militar de la megacorporación.

Este gigante empresarial fue creado y bautizado por el artista y diseñador Ron Cobb, influenciado por el nombre de dos grandes empresas: la inglesa Leyland (fabricante de los famosos autobuses urbanos de dos niveles) en decadencia durante los ochenta y la japonesa Toyota, gigante automotriz japonés que revolucionó la industria y el mercado dejando atrás el fordismo a finales de los setenta. Alien presentaba a una megacorporación fruto de la fusión de dos corporaciones, reflejo de la historia en la recta final del siglo veinte, época en que las empresas estadounidenses y europeas eran constantemente absorbidas por las poderosas Zaibatsu niponas o chaebol coreanas, representadas en Alien por la corporación Yutani. Al igual que las multinacionales reales, Weyland-Yutani estaba involucrada en multitud de sectores como la fabricación y operación de naves espaciales, armas y maquinaria de terraformación (Plantas de procesamiento atmosférico); minería y extracción, la administración y construcción de coloniales y prisiones extrasolares e incluso fabricación de bebidas alcohólicas (cerveza Aspen). Weyland-Yutani representa al típico gigante multinacional sin ética ni moral, dispuesto a sacrificar a poblaciones entras para lograr grandes ganancias, en este caso la tripulación del Nostromo. La mitología de Alien y de la megacorporación se extendió siete años después con el estreno de la Secuela Aliens (1986) dirigida por el canadiense James Cameron, quien saltó a la fama en 1984 con The Terminator (de la que hablaremos más tarde). Aquí volvemos a situarnos en la luna LV-426 ya colonizada por cientos de familias mientras Weyland-Yutani se encarga de la administración y la terraformación. La corporación es presentada como una “multiestelar” que prácticamente controla al aún existente gobierno estadounidense y a su ejército, cuyos marines del USS Sulaco deberán salvar a los colonos de la amenaza xenomorfa que prácticamente ha arrasado con la población. En esta cinta nos encontramos con Carter J. Burke (interpretado por Paul Reiser) un empleado de la empresa encargado de salvaguardar el interés primordial de la corporación vuelve a ser el uso de los alienígenas con fines bélicos, los cuales se han multiplicado por cientos; los seres humanos, al igual que en la primera entrega de la saga, son sacrificables. En esta nueva cinta volvemos a encontrarnos con un “humano sintético” fabricado por “La Compañía”, Bishop (interpretado por Lance Henriksen) que, a diferencia de Ash (el androide de la primera cinta), se muestra mucho más humano que el ejecutivo de Weyland-Yutani, máximo exponente de la avaricia y la inhumanidad corporativa. “Building Better Worlds” fue el lema de una empresa que retrató a las grandes multinacionales del último cuarto del siglo XX, corporaciones que históricamente han controlado a gobiernos enteros a través de Lobbies y de ejecutivos que saltan constantemente del sector privado al gubernamental. La idea de Weyland-Yutani provino, sin lugar a dudas, de las grandes compañías aeroespaciales y de defensa como Lockheed Martin, Northrop Grumman o Raytheon o de las multinacionales petroleras como Chevron y Exxon, que desde hace décadas han sido contratistas del gobierno estadounidense y cuyo personal ha formado parte de distintas administraciones estadounidenses.

Outland (1981) de Peter Hyams (Capricorn One, 2010) se desarrolla en una atmosfera similar a Alien de Scott. Esta vez el escenario es Io, una de las lunas de Júpiter con abundantes yacimientos de titanio donde el gigante minero Conglomerates Amalgamated es propietario de una claustrofóbica y tenebrosa colonia minera (Con-Am 27) en la que los trabajadores laboran y habitan en peligrosas y miserables condiciones; a pesar de esto los índices de productividad de la mina son excelentes. Pero pronto comienzan a registrarse extraños suicidios que llevarán a que un Marshall Federal (Sean Connery) realice una investigación en la que descubre que estos violentos sucesos son consecuencia del consumo de una superanfetamina distribuida por el personal con el beneplácito de los directivos ya que ésta le permite a los mineros trabajar sin parar durante días hasta que desarrollan un brote psicótico. Esta cinta denunció las políticas laborales de las grandes multinacionales que mantienen en deplorables condiciones a los trabajadores con tal de abaratar sueldos y costos de extracción y/o producción.

Tres años después del estreno de Alien, Ridley Scott fue reclutado para dirigir la adaptación cinematográfica (poco fiel) del cuento de Philip K. DickDo Androids Dream of Electric Sheep?” en el cual se presenta una visión pesimista y distópica (como es costumbre en Dick) de un futuro en el que la tierra ha sido arrasada por guerras y desastres ambientales provocando la extinción de muchas especies. La gente más adinerada puede adquirir los pocos animales sobrevivientes, mientras que la mayoría de la población debe conformarse con “animales” sintéticos conocidos como replicants (en el libro son presentados como Andies), fabricados por grandes corporaciones como Tyrell, que no se limita a crear animales artificiales ya que también conciben humanos sintéticos para varias tareas, entre ellas, la servidumbre, el placer y los combates; en pocas palabras, son esclavos del futuro. El fundador de esta corporación es Eldon Tyrell (Eldon Rosen en el cuento), un capitalista sui generis que habita en la cima de una gigantesca pirámide, un visionario y emprendedor que presenta rasgos y características de personajes como Henry Ford, Thomas Alva Edison o los actuales Bill Gates y Steve Jobs, sujetos cuya falta de moral y ética queda en segundo lugar al privilegiar su excentricidad, su vida privada y su supuesta filantropía, que, en el caso del ficticio Tyrell, se expresa a través de su afán por crear criaturas similares a los animales extintos y humanos sintéticos superiores a los orgánicos: “More human than human”.

En 1984, James Cameron dirigió la cinta que lo catapultó a la cúspide de la industria cinematográfica estadounidense, The Terminator. La historia comienza en los años posteriores a un holocausto nuclear global, en páramos repletos de escombros dominados por máquinas controladas por Skynet, una mente colectiva artificial causante de la tragedia que casi llevó a la extinción a la humanidad, cuyos remanentes son constantemente acechados por ejércitos de androides encubiertos que detrás de su “piel” esconden esqueletos de metal cromado. A 33 años de su estreno y tras cuatro secuelas y una serie de televisión, todo el mundo conoce a grandes rasgos la historia de la saga Terminator: un soldado de la resistencia humana es reclutado para viajar al pasado y salvar a la madre del futuro líder de las milicias humanas de las garras de un androide asesino que también proviene del futuro. Después de haber enfrentado a la máquina antropomorfa (encarnada por el ex fisicoculturista austriaco y ex gobernador de California con apellido impronunciable), el héroe muere, no sin antes salvar la vida de Sarah Connor y de su futuro hijo nonato, John. El concepto de Skynet se amplió en la secuela de 1991 Terminator 2: Judgement Day. En esta entrega se revela que una empresa llamada Cyberdyne Systems, contratista del ejército estadounidense fue la causante de la apocalíptica tragedia al haber desarrollado una red de supercomputadoras con inteligencia artificial que reemplazó al personal militar a cargo de aeronaves no tripuladas y el arsenal nuclear. Todo esto ocurre gracias al trabajo de ingeniería inversa, que tras el hallazgo en una prensa hidráulica de los restos (un brazo y un microprocesador) del cyborg de la primera cinta. Cyberdyne Systems se convirtió en la oscura y maligna compañía de tecnología de vanguardia por excelencia, la cual reflejaba lo que estaba ocurriendo fuera de la pantalla grande.

En la década de los ochenta el gobierno estadounidense financió a cientos de pequeñas y medianas firmas tecnológicas, universidades y Think Tanks para que desarrollaran tecnología de punta para las fuerzas armadas; muchas de estas empresas (futuros gigantes tecnológicos) se ubicaban en el centro y el Norte de California (Sillicon Valley), no es casual que una de la más celebres escenas de Terminator II fuese un asedio a la sede de Cyberdyne, cuya oficina central se encontraba en el condado de Santa Clara. Durante décadas, las viejas compañías como IBM o HP, o la joven Microsoft han trabajado junto al personal militar y los servicios de inteligencia para preparar a Estados Unidos ante una eventual guerra cibernética. Esto ya era conocido a principios de los noventa, cuando Jim Cameron creó a un personaje como Miles Dyson, el director de proyectos especiales de Cyberdyne, quien estudió a fondo el chip que sirvió para desarrollar Skynet. Dyson funge como el prototipo del genio ingenuo (valga la redundancia) y ambicioso, jóvenes millonarios como los que hoy en día dirigen empresas como Google o Facebook.

Terminator popularizó a los androides entre público estadounidense; tres años más tarde llegó el turno de los cyborgs cuando se estrenó Robocop, película dirigida por el holandés Paul Verhoeven. A diferencia de las anteriores cintas la trama se desarrolla en un futuro muy cercano, en una típica y famosa ciudad estadounidense, Detroit, sede histórica de los tres grandes fabricantes de automóviles: General Motors, Ford y Chrysler, una metrópoli que desde finales de los ochenta y hasta nuestros días ha vivido una crisis económica y social exponencial que se trasladó al cine en 1987. Este largometraje muestra a una ciudad asolada por el crimen, tanto callejero como corporativo. Este último se concentra en una megacorporación llamada Omni Consumer Products, que al igual que Weyland Yutani abarca todos los sectores imaginables: infraestructura, tecnología, armamento, etc. OCP prácticamente es dueña de Detroit, de sus funcionarios e incluso de una policía privatizada, que permite a la compañía utilizar a policías como mercenarios para “limpiar las calles”, pero no de criminales, sino de ciudadanos que se oponen a la edificación de Delta City, una nueva ciudad estado totalmente privatizada. Robocop presenta espacios urbanos gerentrificados por la misma corporación que alienta a la violencia, al desempleo y la pobreza urbana, justo como las grandes constructoras en inmobiliarias reales, que han deshecho el tejido social y destruido barrios tradicionales en grandes megalópolis como la Ciudad de México. Cualquier medida para edificar su nueva ciudad es válida, desde inundar al “Viejo Detroit” con drogas o bien militarizarla.

Tras el éxito de Robocop, Verhoeven optó por continuar en el género dirigiendo Total Recall, basada en otro cuento de Philip K. Dick titulado “We Can remember It for you Wholesale”, a pesar de que existen enormes diferencias entre el libro y la película. Esta vez la trama se centra en Douglas Quaid (también interpretado por el ex gobernador californiano), un trabajador de la construcción que tras soñar constantemente con el planeta Marte decide acudir a Rekall, una compañía especializada en implantar recuerdos en forma de “paquetes vacacionales” para la gente que jamás podría costear un viaje a otro planeta. Sin embargo, el personal que está punto de implantarle recuerdos marcianos descubre que su memoria ya contiene remembranzas de dicho planeta y peor aún, que dichos recuerdos lo comprometen con secretos e intereses marcianos, cuyas colonias son controladas por un magnate con el título de gobernador y sus tropas mercenarias. De manera similar al Detroit en Robocop, el Marte de Total Recall es administrado por los ricos y poderosos quienes mantienen a los humanos residentes en la más alta pobreza y opresión, al grado que pueden ser castigados con embargos de oxígeno si se atreven a no seguir las reglas de su gobierno monopolizador de aire puro.

La década pasada también trajo nuevas cintas que enriquecieron el género. 23 años después del estreno de Aliens, James Camerón volvió a narrar la oscura historia de una fuerza militar semiprivatizada cuando escribió y dirigió Avatar (2009), película que presenta la invasión humana de un planeta en un sistema en la cercana constelación de Alfa Centauri habitado por un especie extraterrestre humanoide e inteligente que ve amenazado su estilo de vida y el equilibrio ecológico de su planeta por la rapiña de los terrícolas ejemplificada a través de una voraz paraestatal multinacional llamada Resources Development Administration (RDA) la cual busca extraer un extraño y valioso mineral únicamente disponible en este planeta, sin importar si destruyen los sitios más sagrados de los nativos.

En contraste con una producción de la dimensiones de Avatar nos encontramos con Sleep Dealer (2008), una cinta más modesta en presupuesto desarrollada en un futuro cercano en el que las fronteras han sido cerradas evitando la migración de los países periféricos hacia las naciones industrializadas, concretamente de México hacia Estados Unidos. No obstante la explotación laboral fabril continúa, pero esta vez la precaria labor es realizada por Sleep Dealers, personas conectadas a redes neurales digitales de las empresas que les permite controlar la maquinaria a distancia. Al mismo tiempo se muestra que los recursos más básicos de los países pobres han sido privatizados, como el agua potable en el territorio mexicano la cual es custodiada en presas militarizadas, impidiendo que la población nativa acceda al preciado líquido y provocando el éxodo masivo de campesinos a las ciudades donde deberán convertirse en ese nuevo proletario “a distancia”. Un año después se estrenó la cinta sudafricana District 9, cuya historia también habla de los infortunios y penurias de migrantes y refugiados, aunque esta vez no se trata de latinoamericanos sino de una civilización extraterrestre que buscó asilo en la tierra, donde acabaron siendo encerrados en un campo de concentración en Sudáfrica, en clara alusión al régimen racista-segregacionista impuesto por los colonos de ascendencia europea que perduró hasta 1991. Nuevamente nos encontramos con mercenarios privados (al estilo de Blackwater – Academi) operados por una empresa llamada Multinational United, encargada de reprimir el gueto extraterrestre y de ser posible, explotar la tecnología que los “recién llegados” guardan con secretismo.

Después del impresionante éxito tanto crítico como monetario de District 9, el director Neill Blomkamp volvió a aventurarse en el género dirigiendo Elysium (2013) película influenciada por cintas como Metropolis o por el Manga-Anime japonés Battle Angel Alita. Aquí vuelven a abordarse temas como la migración, la lucha de clases y la sobrepoblación. La cinta cuenta la historia de una tierra devastada por la sobrepoblación, la guerra y la contaminación. Gran parte de la humanidad enfrenta una sequía, hambruna y desempleo constante, mientras que la minoritaria clase privilegiada ha escapado del planeta, residiendo en una enorme estación espacial orbital llamada Elysium, donde los ricos y poderosos viven rodeados de lujos y avances científicos que han acabado con las enfermedades y detenido el envejecimiento. Sobra decir que el ingreso a Elysium está estrictamente prohibido y muchos inmigrantes han sido asesinados en su intento por llegar al paraíso. La última cinta de Blomkamp fue Chappie (2015), que cuenta las andanzas de un robot con inteligencia artificial extraviado y “adoptado” por una pandilla sudafricana de criminales de poca monta que acaban educando e incluso humanizando a un androide cuyo comportamiento comienza siendo como el de un niño. El contexto vuelve a ser distópico y caótico. La tasa de criminalidad es tan alta como la de la pobreza, por lo que el gobierno ha optado por utilizar los servicios de un fabricante de armas llamado Tetravaal compañía que produce y opera legiones de androides de guerra y “pacificación” urbana.

Durante décadas, escritores y directores teorizaron sobre el lúgubre futuro que le auguraba a un mundo dominado por el incontrolable y criminal poder corporativo de multinacionales que no sólo controlan los recursos sino el destino de todas las naciones del orbe tras haberse adueñado de sus gobiernos y de su soberanía. A pesar de que la industria fílmica ha sido el tradicional emisor de propaganda estadounidense a menudo pueden encontrarse cintas que tímidamente han puesto en duda y reprobado las acciones de sus instituciones y los poderes fácticos que las manipulan, incluyendo las de los propios conglomerados mediáticos del cual los estudios forman parte. La banalidad y ridiculez del cine gringo es evidente y cotidiana, sin embargo entre las secuelas, remakes, refritos y demás esperpentos cinematográficos de la Cultura Pop estadounidense suelen aparecer esporádicamente cintas que le han mostrado a un público alienado y enajenado la terrorífica realidad camuflada entre futuristas y fantasiosas tramas de Ciencia Ficción, porque más allá de las fronteras de Occidente la distopía se vive a diario.

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