#PecesSueltos presenta: Moondog

“A Loose-Fish is fair game for anybody who can soonest catch it.” Herman Melville, Moby Dick

Si la música se parece al mar, y lo habitamos todos, hay especies raras, que se ven poco y extraña vez son capturadas. Aquí surcamos las olas para hacerlos más evidentes.

Moondog

por Albert Weber – @AlberthusWeber

Durante la década de los sesenta, existió un particular personaje que recurrentemente podía ser encontrado en la esquina de la 6ta avenida con la calle 53, en Nueva York. De prominente barba y bigote al estilo medieval, era usual verlo con capa larga, portando un casco con cuernos y otros accesorios ajenos a la época contemporánea. La gente local lo conocía como el “Vikingo de la 6ta avenida”. Con un estilo excéntrico pasaba sus días en la calle, vendiendo discos raros y libros desconocidos. Pocos sabían que se trataba de Louis Thomas Hardin, mejor conocido posteriormente como “Moondog”, uno de los teóricos y compositores vanguardistas más interesantes de la música estadounidense. Esta es, a muy grandes rasgos, la historia del viejo perro de la luna.

Hardin nació en Marysville, Kansas, en 1932. A la tierna edad de seis años, su padre lo llevó a presenciar la Danza del Sol del pueblo arapaho. Sintió el retumbante poder de los tambores de cuero, la sincronía de los pasos y saltos con los cantos politeístas, y la sensación espiritual y penetrante de la música en vivo. Desde ese momento, el pequeño Louis empezó a mostrar cierta fascinación por todo tipo de instrumento percusivo, interés que posteriormente evolucionaría en una obsesión multiinstrumentalista y un rechazo al convencionalismo de la industria musical.

‘Moondog’, East 51st Street, New York (1970-1979). (Peter Martens/Nederlands Fotomuseum)

La música como refugio

A los dieciséis años Hardin perdió la vista en un accidente de granja que involucraba dinamita. Su ojo izquierdo fue enteramente pulverizado, el derecho sufrió lesiones irreparables, y su realidad no volvió jamás a tener representación visual alguna. Aislado en el mundo de sombras de la ceguera, Hardin encontró refugio en la música, acaso el único medio de expresión que todavía no se sentía del todo perdido.

Con el tiempo, Hardin tuvo la oportunidad de acceder a una beca estudiantil estatal, se mudó a Memphis y ahí formalizó su educación musical. Desde el accidente había perfeccionado su oído de manera autodidacta, pero ya en la universidad tuvo oportunidad de complementar su conocimiento con los libros de teoría musical disponibles en braille, así como maestros especializados en métodos de pedagogía musical para invidentes.

Moondog

Para 1943, Louis Hardin ya no existía. Ahora se le conocía más bien como Moondog, y se desempeñaba como poeta y músico en las calles de Nueva York. Rondaba por las esquinas del midtown de Manhattan, hablando con los transeúntes sobre filosofía y mitología. Su obsesión con las sagas medievales nórdicas lo hacían adoptar el look de un hechicero vikingo, y muy pronto se convirtió en un ícono referencial de la 6ta avenida. Lo que muy poca gente lograba ver, más allá de su excéntrica y sensacionalista apariencia, era su auténtico talento.  A través de ejecuciones callejeras, Moondog transgredía los límites tradicionales de composición multi-instrumental, exploraba ritmos altamente inusuales utilizando elementos de free jazz y contrapunto, además de que construía sus propios instrumentos. “No pienso vivir mi vida entera y morir en 4/4”, se le escuchaba decir.

Críticos, especialistas y conocedores no tardaron en darse cuenta del extraordinario espectro de posibilidades que representaba dicho personaje. Moondog se volvió parte activa de la escena musical neoyorquina. Se dice que compositores locales de la talla de Leonard Bernstein y Arturo Toscanini iban a visitarlo y a charlar con él. Incluso, mantuvo una larga amistad con el legendario Charlie Parker.

A principios de la década viajó en repetidas ocasiones a distintos lugares de Idaho para presenciar nuevamente la Danza del Sol, recordando que en su infancia fue su primera experiencia musical. Justo en estas expresiones encontraba la verdadera música nacional, llena de identidad e historia. Todas estas influencias –música nativa norteamericana, jazz contemporáneo y ambiente sonoro citadino– formaron la base en la que Moondog fundó su compleja filosofía musical.

A ritmo disonante

Sin embargo, con el tiempo llegó el hastío de la rápida, fluctuante y poco pacífica vida metropolitana. Moondog aspiraba a estados espirituales, a estar envuelto en una poesía natural y a un ambiente de inspiración verde, como contaban tantas de las sagas que amaba. Se mudó a Münster en 1974, donde conoció a Ilona Sommer, quien se convirtió en su principal colaboradora y lo hospedó hasta el final de sus días en 1999. Esta etapa fue de prolífica producción: se escribieron más de cien obras en braille, y fue Ilona quien transcribió su trabajo a notación estándar y complementó algunos de sus trabajos.

La música de Moondog, tanto en su excéntrica etapa neoyorquina como en su místico retiro en la Renania del Norte, contribuyó creativamente a impulsar nuevas formas de originalidad en la música de su tiempo. Compositores minimalistas y jazzistas como Philip Glass, Steve Reich o Kenny Graham han reconocido la importancia de su trabajo para la vanguardia del Siglo XX. Incluso artistas populares como Marc Bolan o Janis Joplin han realizado tributos e interpretaciones en nombre del gran viejo perro lunar. En todo sentido, su vida es un ejemplo de alguien que vivió y murió a un ritmo disonante e inarmónico, pero a su vez entrañable y profusamente único.

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