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Arriba las manos. Crónica del Hip Hop Sound Fest

- Por: helagone

Por Benjamín E. Morales
@tuministro
Fotos de Jetro Centeno
@Jetro_Tool
Todo comienza con un pase mágico, un conjuro bien masticado que todos podemos reconocer, al que todos tememos. Vengas de donde vengas, vistas como vistas, seas quien seas, esta orden es inapelable: arriba las manos. Pero hoy, en la Carpa Astros, la policía no nos está apuntando con rifles de asalto. Hoy venimos al Hip Hop Sound Fest, queremos ver de qué se trata, queremos sentirnos parte de algo que no termine en matanza.
El cielo está despejado a pesar de la amenaza constante de lluvia y el viento. Vamos llegando a eso de las dos pm y con un par de pasos dentro entendemos que estamos en otro lugar en la Ciudad de México. No una sala de concierto, no un hueco húmedo, no un bar más. Otro lugar. Donde se domaban bestias, ahora se doma a otro tipo de fauna. La Carpa Astros se presenta como la estación constante de nuestra infancia, esa de las fotos con el elefante y los suéteres tejidos a mano por la tía, que presumimos, los de cierta edad, en polaroids ya ajadas.
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Un carrusel, camiones de comida, mesas y bancas de madera, lugares para tus compritas de pánico y amor por los músicos a conocerse, y una pista de baile con todo y dj. Todo perfectamente ambientado para ser ese otro lugar cobijado por la inmensa carpa que parece un animal dormido en medio de la ciudad.
Ya estamos dentro de la barriga de la bestia y Forte Realta (que no pensó en lo dificil que sería encontrar el acento cotorrón con el que decidió ultimar su nombre, sobre todo para los teclados lejanos a la francofonía) trae unos lentes rojos y lucha contra un público que apenas entiende que ya no está en casa, sino en ese otro lugar. Vemos, yo en particular entiendo que no estoy preparado; que crecí en el sur, en esa ciudadela fortificada llena de escuelas activas, centros comerciales, universitarios y visiones de padres ex comunistas que ahora hacen yoga y manejan autos del años, y claro, en donde no hay barrio, ni una pizca, y desde luego, me hace falta mucha calle. Pero Forte trata como, podemos adivinar, la vida le ha enseñado. Dice: Soy un vato loco que salió de Azcapotzalco. Y qué nos queda más que creer. De eso trata, en gran medida, el Hip Hop, y lo iremos entendiendo a lo largo de la jornada. Y Forte lo logra, no nos enloquece, pero cumple, como un buen boxeador: calienta, mueve, seduce, anuncia lo que viene y se retira con dignidad.
De principio sabemos: tenemos nociones, no somos expertos. Ese día nos enfrentamos a algo completamente nuevo. Venimos de la burbuja del rock, donde murió el discurso, donde no quedan más que huesos y nadie sabe dónde vive. Y lo vamos comprendiendo. Nos enfrentamos a otra cosa, otro lugar: el del leguaje, en donde cada verso (nos enteramos les llaman barras) es una batalla personal, donde la música está en todos los asistentes y poco importa si es un botón o una banda de 17 elementos, donde no se aplaude (nos enteramos que se hace y se pide ruido). Este es otro mundo, uno que ha crecido como un hongo bajo nuestros pies y desconocíamos, y da vergüenza encontrarlo hasta ahora, tan vivo, tan vuelto indispensable. Y asumimos que no diremos nada para los puristas y conocedores, pero diremos de todo para todos los demás pues eso aprendimos esa tarde.
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Y ya con ese conocimiento vemos y comprendemos con mayor claridad a LNG/SHT (Long Shot, que no Long Shit, porque no le gusta que le digan así), porque viene de donde venimos y se enfrenta a las mismas cosas, incluyendo los parámetros de lo que se debe y no se debe hacer. Para empezar no usa gorra, su ropa es más bien ajustada, sabemos que le dio la espalda al sobrepeso, y si a nosotros nos hace falta calle, el amigo no tiene nada, y lo celebra. Comienza picando a la banda diciendo: somos Cártel de C kan. La gente le responde con insultos. Él sigue con el “culeeeeeero“. El público pierde el impulso. LNG SHT responde: ¿Ya se cansaron? Pinches tibios. Y comienza su set. Rola tras rola, surcidas con declamaciones (vengo de la Facultad de Letras, ustedes disculpen) que van ganando audiencia. Una presentación vertiginosa, donde todo es cuestionado y que nos comemos con ojos de otaku. No queremos olvidar ni un minuto de ella. Los tigres, su dj que salta como Pepe Grillo (y tiene sus medidas) para tomar las primeras líneas del escenario, y ese otro amigo maltrecho y esperpéntico que viene y va apoyando las rimas y que no sabemos qué hace ahí pero celebramos también, y las ganas del punk rocker de ser amado por el público y rechazado por todos los puristas y todos sus colegas. Hasta nos compramos una camiseta suya sólo porque dijo: Kanye West chúpamela.
Y ya comidos y con la cabeza más sintonizada, comienza Hispana o Mamba Negra (pues parece que en el mundo del Hip Hop todos tienen hasta tres apelativos). Si algo queríamos ver en el festival era a la única exponente femenina. Venimos de una racha difícil de tragar en términos de género, y si hay un ambiente machín ese es el del Hip Hop. Debe ser muy difícil entrar en la escena, ser respetada, ser tomada en cuenta, ser mujer pues, en un mundo donde la mayoría de las canciones van por la línea de “mis perras, mis joyas, mis armas“. Esperábamos agresión y leperadas, pero la Mamba es un monumento, y nadie se mete con la Mamba. La devoción es tal que pareciera que la gente la ve a la cara pidiendo permiso previamente, con temor, como si se tratase de Medusa. Uno la debe y uno la paga, dice Hispana, y no podemos más que preguntarnos todos de dónde venimos. De nuevo debemos apostar a la fe, pues de eso se trata: una persona sola frente a un micrófono repartiendo lo que ha aprendido. ¿Le creemos? ¿Dudamos? Pareciera que un buen MC tiene más de profeta que de músico, o por lo menos la gente así lo vive. Hispana habla y la gente estudia.
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Estamos mareados. El calor en la carpa es el único problema, pero no nos podemos quejar. El lugar es tan mágico que todo adentro sugiere estar ahí intencionadamente, incluyendo las incomodidades. Y lo cierto es que debemos entrar a los elogios. Nunca hemos asistido a nada tan bien organizado. Llegó a ser tan precisa la maquinaria de festival que en algún punto incluso iban adelantados con los horarios, algo que nunca nos había tocado presenciar. Y eran amables, y se sentía un ambiente de fraternidad, y no parecía que nadie quisiera robar a nadie. ¿Será porque OCESA andaba ausente? Tal vez. Ni siquiera debiera ser un elogio, simplemente estaban haciendo bien su trabajo todos los organizadores. Pero adelante, juguemos el juego nacional: felicidades a la organización por hacer las cosas bien.
Y vino el baile. ¿Quién sobre esta tierra se mueve como se mueve Simpson Ahuevo? No sabemos si se le considera una máquina de palabras, pero el hombre comprende el groove, y tal vez eso sea igual de importante. No dejamos de preguntarnos qué se sentirá estar ahí, solo en el escenario. Lo encontramos casi poético y no sabemos si mucha gente podría con ese juicio. Ahuevo puede y más, lo baila. Cada una de sus rolas desesperan a la gente, todo mundo quiere estar con él, tocarlo, ser parte de uno de esos video del rap de los noventas en donde todo mundo está sudando y tocándose en un bar de altos costos en cámara lenta. Impresiona Simpson, y su público. No sabíamos que era tan famoso, pero no es famoso, es una estrella; y lo que supimos es que no sabíamos nada. Con un Ruido para ustedes, se despide y camina fuera del escenario como si la fiesta lo siguiera. Es una estrella.
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Y si nos conocemos, sabemos que lo nuestro es lo denso, y por eso Tino el Pingüino se nos quedó en el corazón. A pesar de que el nombre del artista sugiere una caricatura para débiles mentales centro europeos, no lo es. Es un artista. Yo no sé si me interesa como músico, no sé si me interesa como MC o personaje de la escena, o lo que sea. Pero sí sé que me interesa, y mucho. Lo que yo vi (y pierdo el plural intencionadamente) lo prefiero bajo la lupa del performance. Un hombre en la exposición de su desgarre. Y digámoslo: Tino es un psicótico. Pero en el mejor sentido de la palabra. Una mente sin frenos, sin capacidad de distinguir su discurso con el del mundo, que ha perdido la contención y la represión, desde un punto de vista psicoanalítico. Es hasta angustiante escucharlo. Su rabia, su arrogancia, su violencia se conjugan en una sola voz. Quiero pensar que es tan sólo un personaje y detrás hay un carnal más o menos consciente de lo que está buscando. Si no es el caso, pues que alguien ayude a Tino. Estaba sin palabras viéndolo en el brote máximo y haciendo ruido, ahora sí, cada vez que decía cosas como ¿cómo está la ciudad más chingona del mundo? Y me daba cuenta, con bastantes reparos después, que aplaudía cosas como: aunque ya no seas mi puta te deseo lo mejor. Eso hace un artista, enseñarte lo peor en ti.
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Y arriba las manos. Qué duro que en donde estábamos eso fuera un llamado al regocijo y en Oaxaca fuera el primer aviso de una muerte cercana. Este país, o este mundo, nos regala estas paradojas. Si le entramos a nuestro juego favorito, ese de llevarlo todo al terreno de la pesadilla, nosotros, esos bajo la carpa que escuchábamos decir una y otra vez de manera bastante asistencialista “sigue tus sueños, por eso yo estoy en este escenario, tú puedes ser como yo“, también podíamos ser aquellos frente a un batallón de la policía en Nochixtlán. Nosotros escuchábamos música, aquellos balas. ¿Y hay diferencia? Claro, la que marcamos nosotros. Si asumiéramos que no hay distancia entre aquellos y nosotros, un concierto y una marcha son hermanos. Es desconsolador pensar que mientras me quejaba en Carpa Astros por mis pies planos, en Oaxaca estaban a punto de morir varios profesores. Debiera partirnos el corazón a todos.
Y de nuevo, las manos arriba, pongan las manos en el aire. Hoy no vamos a morir, no nosotros, sólo aquellos. Hoy escuchamos a Eptos Uno en el Hip Hop Sound Fest. Y más o menos esto yo esperaba ver, y por lo mismo no dejó de aburrirme un poco. A pesar de que el maestro Eptos no puede ser entendido más que como un virtuoso de la lírica, el juego de “qué malos somos, qué tenis tan grandotes llevamos, que gordotes y sensuales estamos“, no sé, me desencantó. Ya había visto cosas mucho más interesantes tal vez. No obstante, si tuviera que decir qué fue lo más “hiphopero” que vi, pues Eptos Uno es la respuesta sin duda, y la gente lo idolatra, lo celebra, lo mama. Debe ser que vengo de la burbujita.
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También debe ser que no entiendo demasiado, porque continuó Vieja Guardia. Y ya estaba yo diciendo “hueeeeeeeeva“, cuando sorpresa, nos estábamos divirtiendo muchísimo, como niños pelones, barbones, malandros y panzones. Bandota, bandotota, simplemente porque nos recuerda que lo más importante siempre ha sido acordarte de tu familia, de tu ciudad, de tu zona, de tu calle y de tu casa, ahí donde se mantiene la raspadura de lo cotidiano, donde se ríe fuerte y se ríe bien. La Vieja Guardia comparte la misma sangre y se puede ver en cómo se mueven en el escenario, en cómo juegan entre ellos, en cómo se miran y conversan. Lo que en un principio parecía un pandillita más de malosos, se nos convirtió en todo un referente de respeto y verdadera actitud.
Y nos acercamos al final de la rima. Las últimas tres bandas siempre son las más nostálgicas porque, como los buenos besos, ya se van terminando cuando van comenzando. Gera MXM nos asustó un poco, debemos ser honestos. Tal vez sea el personaje y nosotros somos unos lánguidos carentes de valor, pero se nos ocurría que compartir celda con el MC podía ser o lo mejor o peor que te podía pasar en la vida. Siempre apoyado por su banda y su público, la tocada se volvió una reivindicación de su idea del Hip Hop, cosa que fue algo recurrente; cada uno que se subió al escenario y tomó el micrófono se definió así mismo y al género destruyendo la siguiente definición, desacreditando la pasada, y esto nos parece hermoso, el pensar que los géneros no son fijos, más bien nacen y desaparecen como alguna flor, con cada canción, con cada intérprete. Gera MXM celebró la unidad, y como todos, habló de la generosidad que se deben los gremios, pero a diferencia del resto, dejó a su gente tomar el foco de atención, que también fue bonito de ver y aplaudir, esperando que esos carnales que el MC ha arropado también estén en ese escenario proximamente.
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Charles Ans y Gordo Fu me hicieron sentir viejo. Saltaron al escenario con tal personalidad, y tan pocos lustros encima, me pregunté en qué he gastado mi tiempo. Sin duda, musicalmente, Ans es lo más cercano a mis afectos más personales. Todas sus bases están fincadas en el soul más acérrimo, la trinchera del sentimiento parece ser la suya, tal vez por eso la atmósfera que produjo la encontramos embriagante y cachondona, pero no en el sentido de tachas con Ahuevo o te agarro a latigazos con Pingüino o soy feo pero tengo corazón como con LNG SHT; más bien con ese rollo tan afroamericano de los setentas con velas, pianos blancos y mucho terciopelo. El talento del par está completo y bien entregado y cómo dijo don Charles: y suena bien.
Y listo. ¿Qué más decir? Pues evidentemente: brindemos satisfechos de mentiras, salud a todos por el país de las maravillas, somos felices habitantes del planeta fantasía, en este cuento de hadas nunca gana la justicia. Pensar que esta rola ya tiene más de 10 años es abrumador. Si no lo hemos aceptado pues nos estamos tardando: La Banda Bastön es uno de los proyectos más importantes de México. Tuvieron, evidentemente, la responsabilidad de cerrar el festival. Y de qué manera. ¿Cómo hace este batallón para dar estos shows y rapear al mismo tiempo, de dónde sacan el aire? ¿Natación, atletismo, un toque divino, simplemente un toque? Qué vergüenza nosotros que no podemos correr cien metros sin dar un espectáculo penoso. Los de Baja California Sur cerraron como los grandes, y si la gente no hubiera estado ya en franca persecución del transporte público, nuestra obligación hubiera sido sacarlos en hombros.
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Terminaron las rimas, el flow se ciñó al que todos ya llevábamos en el pecho. La Carpa Astros se vuelve tenue y melancólica de noche, con sus focos y los fantasmas de malabaristas y payasos que no son más pero espían desde las sombras. Al final entendimos que debemos recuperar los plurales. Y por qué en el Hip Hop, como en el mundo drag, lo más importante es la fe. Porque sin REALNESS o CALLE, nadie te cree, nadie te escucha; la falsedad y la deshonestidad no tiene espacio en el arte, y es castigado con la muerte en el terreno del beat y la barra, como en el del tacón y la peluca.
Entonces arriba las manos, por la vida, por la música, porque en este país debemos comenzar a hacerlo por las buenas razones: hay artistas que aún están viviendo su realidad, que aún quieren discutir, denunciar y compartir su dolor.
Hace muchos años Bruce Springsteen escribió: And the poets down here don’t write nothing at all, they just stand back and let it all be. Y nosotros pensábamos que ese era el caso ahora mismo en México. Ahora entendemos: a Bruce le faltaba escuchar Hip Hop y a nosotros calle.
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