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Consumir LSD puede cambiar al mundo, pero no lo hace

- Por: helagone

Por Jesús Arelle
@EpigmenioCross
La primera vez que experimenté con LSD pasé la noche entera viendo televisión. Cada vez que alguno de mis padres pasaba cerca, fingía estar dormido, no quería ser interrogado en medio de esa locura inducida. Pasaban muchas cosas por mi cabeza y mi cuerpo se sentía bastante extraño, demasiado sensible y ligero. En realidad, al principio no sabía que esperar, yo tenía 17 años y jamás había siquiera visto cómo era el LSD. Horas antes, un compañero de escuela me había regalado dos cuadritos de papel que había sacado debajo de la batería de su celular, no creí que fuera la gran cosa y como estaba en una faceta adolescente de rebeldía y me declaraba a mí mismo cómo un hippie nacido en una época equivocada no dudé en llevármelos a casa. Fue un viernes de verano por la tarde.
Llegué a mi casa emocionado, aunque, para mi sorpresa, había una reunión familiar; mis abuelos, tíos y primos llenaban la sala con ese aura que otorga a las casas su cualidad de hogar, todos reían y comentaban, otros sólo veían la televisión, pero yo más bien buscaba otra cosa.
Corrí a mi habitación y dejé las horas pasar, me preparaba para algo desconocido, algo que asustaba y emocionaba a la vez. Buscaba la promesa de liberación espiritual de los sesenta, quería estar en Woodstock, además de que por esta época estaba obsesionado con el 2 de octubre y Tlatelolco; era todo un chairo. Quizá mi ingenuo e infantil romanticismo por el pasado, más el hambre que sentía por entender la realidad de una manera diferente, me orillaron a cruzar esa línea que nuestros padres nos dibujaron hace mucho tiempo. No lo sé, existen demasiadas respuestas, todas potencialmente ciertas, aunque, en realidad eso ya no importa, al final lo hice.
Ya noche decidí tomar un baño, no sin antes poner el primer cuadro de papel filtro en mi lengua. Entré a la regadera y esperé a sentir los efectos, pensaba que sería algo parecido a fumar mariguana antes de bañarse, algo que siempre me ha parecido delicioso, sin embargo, nada pasó, cuando terminé, tomé mi toalla y salí a mi recámara, ingerí la otra dosis esperando a sentir los efectos, pero nada sucedía. Me sentí engañado, pensé que sólo había comido papel y que alguien allá por Coapa se reía de mi.
No obstante, después de una hora, comencé a sentir un nudo en mi estómago, de pronto me di cuenta que mi mandíbula estaba apretada y que mis pensamientos hacían eco en mi cabeza. Salté de la cama y entré a mi baño, alterado, me vi en el espejo y noté que mis pupilas estaban completamente dilatadas, una fuerte onda de sentimientos embistió mi columna hasta llegar a mi nuca, de pronto, mi cerebelo comenzó a cosquillear. Estaba, por primera vez, en medio de un viaje ácido, no sabía que esperar ni cómo reaccionar, sin mencionar que estaba completamente solo, sin nadie que me brindara apoyo anímico.
Ya noche todos se habían ido de mi casa, así que las únicas personas que podían descubrirme en mi locura eran mis padres. A pesar de eso, jamás entraron y jamás me descubrieron, se quedaron dormidos, lo que me dejó el camino libre para explotar la noche a mi gusto. Pasaron las horas y los efectos se intensificaban, no dejaba de prender y apagar un encendedor, la luz del fuego en la oscuridad era hermosa, cada respiración era cómo un pequeño orgasmo y mis pensamientos, por más estúpidos que fueran, se sentían como la verdad última. Y así paso toda la noche, vi el amanecer a través de mis cortinas y escuche a mis padres despertar, naturalmente fingí dormir. Los efectos no pasaban del todo y comenzaba a alterarme, había olvidado que iríamos al hipódromo al día siguiente.
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Tomé otro baño para intentar disipar los efectos, pero fue inútil, el viaje seguía ahí. Cuando subí al auto temía que mis padres notaran algo raro en mi manera de hablar, mi mirada, mi incesante manía de ver mis manos y mis ojos en el espejo, pero nada, supongo que mi estado no se reflejaba en mi actuar después de todo. Eso hizo que por fin me relajara y comenzara a disfrutar el camino, aún así, intentaba hablar lo menos posible y actuar de manera natural. La luz matinal pintaba tornasol los árboles y los autos, la calle y el camino se dibujaban infinitos ante mis alucinaciones. El auto en el que íbamos mis padres y yo parecía flotar, ya no atemorizaba, ahora era una burbuja segura que me separaba del exterior, mis padres estaban de buen humor y por lo tanto yo también, aún cuando estuviéramos en lugares completamente distintos de nuestras consciencias. Al final pasé la mañana así, viendo los caballos pasar mientras los efectos del LSD disminuían paulatinamente. Hasta el día de hoy no sé cómo logré disimular mi inconveniente estado, no sé si es algo por lo qué sentirse orgulloso, pero lo estoy. Después de ese día todo cambió.
La experiencia que tuve fue tal que mi personalidad dio un giro drástico, si ya me creía un hippie perdido en el siglo XXI, ahora sentía que poseía una verdad de la que muchos se perdían, creía ingenuamente que había revolucionado mi conciencia. La verdad es que era un poser pedante. Aún así, me percibía como una persona nueva, pensaba haber dado un paso adelante en la liberación de mi mente, creía estar pensando fuera de la caja; tenía 17 años, que se podía esperar de mí. Mis ideas comenzaron a radicalizarse, todo me parecía mal, no lograba estar de acuerdo con nada de lo que dijeran mi familiares y amigos, de pronto sentía como si viviera en un mundo diferente al de antes, un mundo en el que ya no encajaban mis ideas ni mi forma de ser. A pesar de mi inherente esnobismo, había una revolución ideológica dentro de mí. Y creo que eso fue precisamente lo que le ocurrió a muchos individuos de la generación de los Babyboomers, aquella generación que experimentó con el LSD, esa generación de Hendrix y los Beatles, de Avándaro y la Guerra fría.
A pesar de que mi forma de vestir y pelo largo quisieran imitar de alguna forma aquella moda de los que estuvieron en la revolución psicodélica de los años sesenta, era sólo eso; una moda, realmente lo único que teníamos en común era ese sentimiento de revelación y epifanía. Como los jóvenes de aquella generación, compartía esa idea de que el mundo no podía seguir siendo como es, que las cosas tenían que cambiar drásticamente y que los psicotrópicos eran una herramienta para ello, para alimentar la mente y para poder abordar nuevas perspectivas del mundo y de la historia.
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Es por eso que no puedo culpar a Nick Sand o a Tim Scully, creadores de la variedad más famosa de LSD, llamada Orange Sunshine, cuya misión era “prender al mundo” con drogas psicodélicas. Ambos pensaban, en especial Nick Sand, que el LSD era lo que haría que el mundo se transformara en una utopía hippie, sin bombas y sin guerras, todos amándose y tomándose de las manos. Querían crear un mundo a imagen y semejanza de los ideales de esa generación, querían que todo el mundo viera la realidad con los mismos lentes caleidoscópicos con los que ellos veían el mundo, así como yo. Al final, nuestra guerra interna, aún en un contexto diferente y con décadas de separación, estaba motivada por la idea de que se podía cambiar el establishment, queríamos liberarnos de todas las imposiciones que el sistema construyó con el nombre de realidad. Si bien, el LSD fue un factor clave para la transformación del pensamiento de una generación, y el mío, la epidemia de idealismo que se dio entre los hippies de los sesenta y en mí, no fue suficiente para cambiar el mundo. En parte, por la persecución de los gobiernos a esta droga, que se ha ido transformando de un cruzada conservadora para proteger los cimientos de la sociedad, a una guerra abierta contra las drogas en general, más la satanización sistemática de todo lo que tuviera que ver con ellas. Pero también, porque en el fondo no podemos evitar cambiar lo que somos. Si bien, el consumir LSD sí es una experiencia transformadora y en muchos sentidos nos hace romper paradigmas propios, no cambia de fondo lo que nos ha determinado anteriormente.
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Los fanáticos del LSD, sobre todo los que la descubrieron durante el caldo de cultivo en ebullición que fueron los años sesenta, afirman que por medio de esta sustancia se puede llegar a ser mejor persona, que abre tu mente y que tiene el potencial de transformar, literalmente, la realidad, a demás de que te acerca con Dios o lo que se quiera entender por eso. Sea cierto o falso lo anterior, la realidad y la experiencia me han enseñado, en retrospectiva, que la verdad detrás de la revolución psicodélica está en que el mundo que rodeaba a todos esos jóvenes no satisfacía su expectativas, no podían estar conformes con lo que la historia había dejado para ellos, cosa con la que aún ahora me identifico. Guerras, propaganda, persecución y conservadurismo orillaron a toda una generación a adoptar un nuevo sentido de realidad, una nueva verdad que cuadrara con sus ideales, así como yo lo hice años atrás.

El año pasado, en el Imperial College de Londres, el profesor de Neuropsicofarmacología David Nutt, escribió un artículo sobre los resultados que arrojaron sus experimentos con el LSD, en ellos, describe cómo es que dicha sustancia afectó el cerebro de los individuos que tomaron la sustancia a comparación de los que se les dio un placebo. El experimento demostró que las secciones cerebrales de los que habían ingerido ácido se diluían, es decir, las conexiones que integran las regiones del cerebro se intensificaban, provocando que el cerebro funcionara de manera más completa y unificada. El profesor explica, que a medida que pasamos de la etapa de la niñez a la vida adulta, nuestro cerebro y su funcionamiento se va haciendo cada vez más compartimentalizado, esto es, que nuestro pensamiento se vuelve cada vez más rígido. Lo que se descubrió mediante este estudio fue, que el cerebro, bajo los efectos del LSD, parece volver a estimular las conexiones que estaban activas cuando éramos niños, lo que explica la disolución del ego, la estimulación de la corteza visual y la imaginación. Dicho estudio se realizó con la intención de saber si esta sustancia sirve para tratar la depresión y las adicciones, algo parecido a lo que Albert Hofmann tenía en mente cuando descubrió accidentalmente la dietilamida del acido lisérgico en 1943, en el sentido de que se dejó fuera cualquier implicación ética o moral. Es decir, lo único que cambia en nosotros cuando consumimos ácido, es cómo percibimos el mundo, no despierta en nosotros un tercer ojo cósmico que nos permita ver la realidad tal y como es, o por lo menos, ese no fue mi caso.

Es cierto que el LSD es una sustancia poderosa, que puede hacernos pasar de un estado eufórico de éxtasis, al pánico total, pero también, sus efectos son tan impactantes para quienes lo consumen, que logró crear en toda una generación un sentimiento de esperanza, de que el futuro podría cambiar para bien. No sólo el ácido ha logrado trascender el paso de las décadas, sino también esos sentimientos e ideas que evoca en nuestro cerebro. Cuando lo probé por primera vez en 2009, no me daba cuenta del peso histórico que conllevaba, experimenté lo mismo que experimentaron muchos hace cuarenta años, se produjeron en mi las mismas consignas y las mismas inconformidades, pero eso nunca me fue suficiente. Creo que cualquier cambio en la personalidad de quienes lo consumen es resultado del mundo en el que viven, no necesariamente de qué sustancias entran en su cuerpo. A veces, por más mística que sea nuestra experiencia bajo los efectos del LSD y por más convencidos que estemos de que hemos abierto algo en nuestras mentes que no estaba ahí antes, tan sólo es un paseo en auto hacia el hipódromo y nada más.