Por Gabriela Astorga
Mucho hemos hablado en esta página de los riesgos de la nueva Ley de telecomunicaciones. Los peligros que implica esa ley aparecen como focos rojos constantes de una emergencia social. Lo extraño es que esas luces no son tan brillantes para la población en general, que parece que, una vez más, verá pasar sus derechos hacia una coladera profunda. Este sentimiento me golpeó el día de hoy. Le había dedicado las últimas semanas a informarme y a tratar de difundir la información sobre la ley de telecomunicaciones, hacer énfasis en lo que está en riesgo, que, en pocas palabras, es la libertad de todos. Usé los medios a mi alcance y creí que había puesto mi granito de arena; después salí a la calle, con gente que no tengo en el Facebook, para notar, oh sorpresa, que la mayoría
no sabía nada de la ley ni de la vigilancia ni de la invasión de la privacidad ni de la censura ni de… Con tristeza, pensé, como usualmente hacemos, ¿qué mierda estamos esperando? Después pensé en mi granito de arena, y encontré la clave: no todo se reduce a las redes.
La afirmación anterior se sustenta si pensamos que en México sólo el 30% de la población tiene acceso a internet. Pero debemos considerar que el uso de celulares se ha incrementado en un 40% anual desde el 2011. Esos aparatos que cargamos a todos lados, llamados teléfonos inteligentes, resultan ser también nuestros peores enemigos. Más allá de los problemas sociales y psicológicos por el excesivo uso de los celulares, debemos pensar en los smartphones como computadoras que tienen, en palabras del activista Jérémie Zimmermann, “el número más alto de sensores más avanzados que hemos visto: sensores de sonido, imagen, movimiento, proximidad, geolocalización, presión, aceleración, etcétera. No son ‘inteligentes’ porque son cajas negras que no podemos abrir, muchas veces ni siquiera podemos quitarles las baterías para garantizar que estén apagados. No son inteligentes porque no podemos saber cómo están hechos los chips de banda base, por los que pasan todos los datos y comunicación. No podemos saber cómo funcionan, por lo tanto, no podemos controlarlos. No son inteligentes pues la mayoría no te permiten utilizar privilegios de administrador, ni elegir la fuente de donde se obtiene el software que utilizan, dejando todo el control a una compañía de lo que se usa y cómo se usa. Si esto es inteligente, significa que nosotros ya no somos inteligentes. Significa que el dispositivo es inteligente por nosotros, que se está robando un poco de nuestra inteligencia”.
El trasfondo de lo mencionado por Zimmermann es que nuestra relación actual con la tecnología (celulares, computadoras e internet) se establece como un juego en el que los usuarios no hacen ni conocen del todo las reglas. Los escándalos de espionaje, los oscuros tratos entre las compañías más importantes de la red y la NSA, los tramposos contratos de confidencialidad, se unen a los gobiernos autoritarios, los intereses empresariales y la censura para construir un campo en que el territorio libre jamás creado por el hombre se convierte en una trampa en que todo lo que se diga puede ser usado en nuestra contra. Sí, aunque suene a teoría de la conspiración, alguien nos vigila y es para asustarse.
Las soluciones que propone este video nos parecen lejanas y, para la mayoría, imposibles de seguir. Palabras como comunicación encriptada o navegación anónima resuena en una sociedad como la nuestra (cuasi analfabeta en la producción y uso de la tecnología) como una respuesta desproporcionada y paranoica, sólo digna de ser utilizada en países que creemos verdaderamente autoritarios y lejanos como Turquía, Irán, Corea del Norte, Venezuela y Cuba. No pensamos que la desproporción es el control sobre las comunicaciones que pretende ejercerse sobre un país que ha probado su fracaso tecnológico, que no desarrolla tecnología propia, sino que sólo la ve en meros términos comerciales.
Plantear una ley que privilegia la competencia económica y el control sobre las telecomunicaciones es aumentar, al desconocimiento de las reglas del juego, un terreno desequilibrado. La oferta de servicios y productos, de por sí ya dominada por un duopolio, se cierra a la verdadera competencia, a las alternativas como el software libre. Además, reafirma la negativa absoluta a que el usuario tenga control sobre su privacidad. Empresas y órganos de gobierno se constituyen como vigilantes de una ciudadanía que recién empieza a utilizar herramientas como las redes sociales para la movilización social.
De eso se trata realmente, de concebir las telecomunicaciones como herramientas que se utilizan en el mundo tridimensional. Como dije al principio, se trata de algo más que las redes y algo más que el internet. Se trata de asumir que la vigilancia no es la seguridad, que repartirse el pastel de otro modo no es competencia, que elegir un software libre no es ser pirata, que manejar las llaves de cifrado propias no es paranoia, que querer privacidad no implica hacer algo malo, que se legisla para la ciudadanía y no para las empresas, que exigir derechos no es delinquir.
Esto va más allá de la internet, los celulares y las redes sociales, de la misma manera que va más allá de la pelea entre Slim y Televisa, y va más allá de la telebancada. Va más allá, y en eso consiste la mayor confrontación. Sí, la Ley de telecomunicaciones es inconstitucional, incongruente y favorece a los empresarios. Pero sobre todo, la ley viola derechos fundamentales, derechos humanos que esbozan una vida digna. Se trata de reapropiarnos de nuestra capacidad de pensar, de elegir, de decirlo todo, pero también de callar o esconder algo. Defender nuestra privacidad no significa protegernos de la vigilancia, ni mucho menos someternos a ella. Se trata de reasumir las telecomunicaciones como herramientas para cambiar el mundo que está más allá de nuestra computadora. No se trata de quedarse sólo defendiendo la libertad de expresión en nuestro muro cibernético, sino de planear en las redes lo que se hará en las calles. Defender las telecomunicaciones no es defender ese espacio hecho de unos y ceros, se trata de defender nuestra capacidad de comunicarnos unos con otros. Ahora no podemos encerrarnos a “protegernos” de la censura, pues eso significa algo peor: autocensurarnos, ya sea por dejar de decir o hacer algo, ya sea utilizando estas herramientas como meras formas de entretenimiento sinsentido que es a lo que se ha reducido la televisión. Se trata de defender ese espacio real, físico y metafórico que es nuestra mente.